Publicado el
Gracias a la expansión de las comunicaciones interpersonales, la humanidad dispone hoy de las tecnologías capaces de organizar sus maravillosas habilidades con la finalidad de desplegar una sociedad más próspera, una sociedad más evolucionada, y de facilitar las condiciones de posibilidad para alcanzar la sostenibilidad de su desarrollo. Sin embargo, por momentos pareciera que nos movemos en la dirección contraria. Si bien se han alcanzado muchísimos logros y se puede afirmar que la sociedad está mejor hoy de lo que lo estuvo en el pasado, nos atraviesa una sensación de insatisfacción y angustia que tiende a tornarse endémica.
Ante la incertidumbre y la sostenibilidad

A pesar de que no se ha demostrado una correspondencia biunívoca entre la felicidad y la tenencia de bienes materiales, poseer riqueza material y poder de compra se ha convertido en un sinónimo aparente de felicidad y plenitud. Por otro lado, la búsqueda desenfrenada por alcanzar logros materiales encuentra su umbral en la situación económica de cada persona, aunque los deseos no, en nuestras fantasías estos son ilimitados. Cuando nos esforzamos por alcanzar un cierto nivel de opulencia bajo la creencia de que la riqueza nos traerá dicha, si lo logramos, nos embarcamos en la obcecación por escalar al siguiente nivel y así sucesivamente. Podemos reflexionar introspectivamente y darnos cuenta que ni somos nuestro empleo, ni somos el auto que tengamos, ni somos los viajes que hacemos, ni el dinero atesorado en nuestras cuentas, pero nos obsesionamos y desvivimos por todo ello porque percibimos y somos conscientes de toda la incertidumbre que nos atraviesa tanto en nuestra burbuja personal, como en el tablero social. Esa incertidumbre nos sumerge en un nivel de vértigo y perplejidad que nos deja extenuados al punto de provocarnos un creciente estado de inseguridad psicológica que se pone de manifiesto en trastornos como la ansiedad, la depresión o la fatiga crónica.

Hoy podemos darnos cuenta de que los sistemas sociales tienen una inercia que los lleva a cambiar de modo relativamente incremental, mientras que la tecnología ha venido evolucionando de manera exponencial. A esto se suma el hecho de que hoy, gracias a ella y los algoritmos que engendra, es posible saber cada vez más y con más lujo de detalle sobre cada árbol, pero también se ha vuelto cada vez más difícil y enrevesado entender el bosque.

La mayoría de los jóvenes de hoy padecen la incapacidad para hacer cualquier cosa que no sea buscar placer a la vez que sienten que “algo más les falta”, que no es posible ir más allá del principio del placer. Estar aburridos es sinónimo de quedar privados de la matriz comunicacional de sensaciones y estímulos que forman los mensajes instantáneos; es carecer de la posibilidad de gratificación instantánea a la carta de un click. Demasiado conectados como para concentrarse no encuentran espacio para la motivación y se entregan a la narcosis del olvido con una dieta a base de videos cortos en plataformas, consolas de videojuegos y servicios de streaming.

Y como corolario, nos volcamos a la velocidad y el vértigo de la interactividad para volcarnos al olvido como forma de bloquear el horror y la desolación del mundo moderno. Como lo decía Milan Kundera, “nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el ritmo para mostrarnos que ya no desea ser recordada, que está cansada de sí misma, que quiere apagar la minúscula y temblorosa llama de la memoria”.

Toda la historia está hecha de crisis, pero nunca como hoy, la crisis y la incertidumbre alcanzaron dimensiones tan universales y se extendieron a tantos aspectos de la vida social e individual. Nunca como hoy el hombre ha tenido a su disposición medios materiales tan eficaces para resolver los problemas que acucian a la sociedad, pero nunca como hoy el ser humano se ha visto a sí mismo tan desprovisto de valores, certidumbres y aspiraciones para resolverlos y conferir sentido a la existencia.

Es así como terminamos siendo testigos de una paradoja consubstancial a los tiempos actuales: la creciente inseguridad e incertidumbre que experimentamos en el presente de cara al futuro, es percibida como una consecuencia del desarrollo económico que es, precisamente, del esfuerzo colectivo cuyo sentido y orientación no deberían ser otros que proporcionarnos dicha seguridad y certidumbre.

Si definimos a la cultura como significado compartido, tal vez sea hora de comenzar a indagar acerca de cómo abordar la complejidad cultural imperante para facilitar soluciones efectivas y sostenibles a los problemas tan complejos que nos toca emprender. Existen modelos que nos brindan alguna posible comprensión al respecto. Sería cuestión de evaluar si podemos aprovecharlos.

Dr. Andrés Schuschny - Doctor en Economía. Docente del Máster de Energías Renovables de la Universidad Internacional de Valencia - VIU

Artículos relacionados: 

- Mario Alfonso Inclán- "El cierre de las playas por contaminación". 

- María José García Rubio -"Neurociencia al servicio del cambio social"  

En este artículo se habla de:
OpiniónODS

¡Comparte este contenido en redes!

Este sitio utiliza cookies de terceros para medir y mejorar su experiencia.
Tu decides si las aceptas o rechazas:
Más información sobre Cookies