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El próximo viernes, 14 de octubre, se celebra el Día Internacional de los Residuos Electrónicos con el objetivo de promover la eliminación de basura electrónica a nivel mundial. Sin embargo, aún queda mucho por hacer, en especial al concienciar a la sociedad sobre el consumo actual de productos tecnológicos y por qué esto debe cambiar inmediatamente para reducir el impacto ambiental.

Los dispositivos tecnológicos cada vez están más presentes en nuestras vidas, brindándonos infinitas posibilidades que en ningún futuro cercano podríamos haber imaginado. Pero, en paralelo, el ciclo de vida de cada uno de estos productos se ha ido acortando (conocido como obsolescencia programada) por decisión de algunas empresas y fabricantes. Esto impacta de manera directa en los hábitos de consumo y fomenta la cultura de “usar y tirar” electrónica.

De esta forma, el tiempo de vida de un smartphone es de dos años y medio, lo que se traduce en la venta de 1,4 mil millones de móviles al año. Entonces ¿hacía donde nos dirigimos? Pues no tiene muy buena pinta. De hecho, según el informe Global E-waste Monitor de las Naciones Unidas, los residuos electrónicos mundiales (e-waste) crecerán hasta alcanzar casi 75 millones de toneladas métricas en 2030.

Aquí es donde la economía circular juega un papel fundamental, sistema que tiene como fin aprovechar los recursos y cuyos pilares se basan en las cuatro “R”: reutilizar, reducir, reciclar y reparar. Todo esto es clave para modificar la forma en que consumimos, pues pone al medioambiente en el centro del abordaje de la problemática.

Por ejemplo, muchos de los productos que descartamos podrían ser reutilizados, reduciendo la necesidad de producir y evitar que las sustancias químicas nocivas puedan filtrarse en el entorno. Los residuos electrónicos son uno de los flujos de residuos sólidos que más rápido crecen y contaminan. De hecho, se calcula que el 82,6% de los residuos electrónicos no se reciclan adecuadamente porque las infraestructuras actuales no pueden seguir el ritmo de la sobre fabricación.

Muchas veces, la mejor forma de tomar conciencia ante esta situación es a través de cifras que cuantifiquen y ayuden a comprender, en este caso, el proceso de fabricación de los dispositivos tecnológicos. Por ejemplo, en el caso de un smartphone, el 78 % de la huella de carbono de uno nuevo se encuentra solamente en la producción.

Ante este panorama, prolongar la vida útil de los dispositivos y repararlo en caso de que sea necesario resulta clave. De esta manera, minimizamos la necesidad de comprar nuevos dispositivos y alargamos su vida útil.

La economía circular debería ser la norma en el sector tecnológico y adquirir productos reacondicionados debería ser la primera opción de los consumidores, pero también de las empresas que los fabrican. En este sentido, los resultados están a la vista, según Agencia Francesa para la Transición Ecológica (ADEME), un móvil reacondicionado permite ahorrar el CO2 equivalente a 492km en coche, una tablet el equivalente a 338km, y un portátil y un ordenador a 773km y 1.193km, respectivamente. A nivel de ahorro de agua, al comprar productos reacondicionados se puede evitar el consumo recomendado para un adulto durante 103 años, por cada móvil; por 151 años, en el caso de la tablet; durante 255 años para el portátil, y 216 años para el ordenador de sobremesa.

Pero por otro lado no estamos solos, pues se han logrado algunos avances en materia legal como la Directiva de la Unión Europea sobre Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE) o la Directiva sobre Diseño Ecológico, para reducir el consumo de recursos y el impacto ambiental. En el ámbito local, destaca la modificación de la ley de consumidores para ampliar los plazos de garantía (tres años) y el compromiso de los fabricantes a poder repararlos durante 10 años.

Debemos repensar el modelo actual de producción y consumo de dispositivos tecnológicos de manera integral. Comprender que la constante compra y cambio de dispositivo a un ritmo poco sostenible tiene un enorme coste medioambiental. En este sentido, necesitamos la involucración de todos los actores del ecosistema para repensar el modelo de producción y consumo actual.

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