No se confundan. Su vida -sí la de ustedes- nunca les perteneció. Les fue dada. La poseen gracias a la madre Naturaleza. Ella goza en su haber de cuatro mil quinientos millones de años, que son veintidós mil veces más que la existencia de los individuos. Y se nos olvida que ella ha subsistido sin nosotros alimentando a especies más grandes que la nuestra y ha dejado morir a otras menores que nunca conocerán. Imagínense su dimensión. 
Tan solo somos agua y huesos...

Así que recuerden. No es sino simplemente un maravilloso préstamo que le hicieron durante un breve espacio de tiempo.

¡¡¡Tan solo somos agua y huesos!!!

A veces observo ensimismado las raíces de los árboles. Su profundidad, su fuerza y su consistencia. Son capaces de atravesar el cemento, de penetrar en el hormigón o de traspasar el granito, como si de una hoja caída de la rama se tratara.

En otras ocasiones atiendo al fuego. Impertérrito, su luz. Ahí radica su belleza. La gente se pierde en su deslumbrante destello y se olvida, sí, de que detrás de ese brillo hay infinidad de minúsculas partículas, moléculas y cuerpos celestes que son los que hacen de él algo atemporal.

La mayor parte del tiempo sueño con olas. Y en cómo éstas golpean imponentes sobre las rocas, zarandeando y volteando la mar. Llegando con su reciedumbre a lo más hondo de las profundidades del océano. 

No está de moda el pensar en la naturaleza, en cambio, sí, el abandonar lo ya usado. Pero se nos olvidó entre medias el cuidar, el proteger, el ayudar, el sostener y el amar, que utilizamos anteriormente. Estamos cometiendo una de las aberraciones más flagrantes en nuestra historia moderna maltratando, vejando y humillando el medio ambiente.

Tienen razón. No se lo voy a negar. Esta sociedad consumista, impaciente y despilfarradora no ayuda en absoluto. Pero no deben caer en la auto compasión, ese es el estímulo de los mediocres. 

Ahora toca recomponer todo que estamos rompiendo y nos está deshumanizando, de aprender a cuidar los frutos que dan los árboles, el agua que baña las tierras o la llama que calienta nuestros cuerpos. De ordenar el ciclo vital y, sobre todo, de empatizar con el ecosistema del que procedemos.

Todo aquello que se destruyó no siempre vuelve a tener la forma de antes, pero no quiere decir que sea peor, o menos atractivo o carente de belleza, al revés, depende de nosotros que sea aún más único y mágico. Radica en nuestra forma de tratarlo, protegerlo y regenerarlo. 

Cuando la naturaleza vuelve a su ser no pregunta, no duda, no daña, no muerde, no abandona, solo inicia un viaje hacia la esencia. Y no entiende de palabras, de vocablos, de definiciones o de significados. Renacer es germinar, salir, aflorar, desarrollar y brotar. Ojalá que seamos capaces de devolverla todas las cosas buenas que nos da y valorarla como ella merece. 

Ese es el ejercicio de humildad que deben hacer. Subir a la cima de una montaña e intentar describir todo lo que ven. Fuego, tierra, metal, agua y madera. Y caerán en la cuenta de que cada día las perspectivas serán únicas. 

Hasta que uno no ame la naturaleza no habrá conocido el amor. El peso de los abusos y el abandono de su propia familia, que somos los habitantes que en ella vivimos. Es una carga demasiado pesada, dolorosa y constante para que nuestra madre tierra se enamore de nosotros. 

Los desastres naturales que acontecen de forma continuada son como los surcos de un cuerpo reflejo de las mutilaciones de su corazón. Aunque su luz prevalezca, sus ojos reflejan esa inocencia interrumpida. Me admira cómo su valentía la permitía amar a alguien más que así misma. Emprender una nueva batalla, aunque su cuerpo cicatrizado este lleno de odio, sin razón y genocidio humano. 

Por favor, no dejen de aprender de los sucesos que ocurrieron en el pasado. Anclase en ellos no va a solucionar los problemas existentes en el presente, con el denominado cambio climático, al revés, los agudizará llevándolos a extremos cuyas consecuencias no atisbamos a comprender. Por ello, el presente tendría que ser suficiente para sensibilizarles y tomar conciencia de lo sucedido, para así rehacer lo cercenado. Tomen conciencia como lo hace el niño al abandonar el gateo y se yergue iniciando paso a paso su andadura hasta lograr correr encontrando finalmente su equilibrio personal. 

Amar a la naturaleza hará que sean personas más generosas, realistas, honestas, leales, fieles, luchadoras, solidarias, responsables y auto críticas. Aprenderán a admirar las pequeñas cosas de su existencia y conectarse intensamente con el mundo. A cambio, les devolverá entrega, renacimiento, constancia, reconstrucción, tiempo, pureza, energía, oxígeno y vida. Porque ella es el principio donde curar el alma, no por su belleza y espectacularidad, ni tan siquiera por su esplendor. Simplemente, por esa armonía, serenidad, paz y tranquilidad que lo acompañan. 

¡¡¡Necesitamos tiempo de esperanza!!!

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