Quizás me gane algunos enemigos con este post en el que comparto una reflexión que vengo haciendo desde hace algunos años. Los que vean en él un conflicto posiblemente sean los que piensen que los indicadores son una especie piedra filosofal del management por aquello de que “no se puede gestionar lo que no se mide”.
La ideología de los indicadores

En parte estoy de acuerdo, pero como profesora de ética organizacional que soy, tengo necesariamente que reflexionar acerca de si las herramientas que tenemos a nuestro servicio realmente nos están ayudando a hacer el bien que nos proponemos (si es que nos proponemos realmente hacer algún bien).

Ahí va mi frase lapidaria: Estamos viviendo una dictadura de los indicadores, donde lo que no se mide según unos parámetros dados, se controla y se comunica, no existe ni merece existir.

Algunos diréis: La frase de que lo que no se comunica no existe ya la hemos oído... pero esto de los indicadores no está tan claro.

Estando inmersa en un proyecto de creación de la primera memoria de sostenibilidad de una organización (y digo creación, porque realmente ha sido un ejercicio de pura creatividad); con un equipo, hemos analizado prácticamente todos los estándares aplicables a la elaboración de este tipo de informes, así como los principales rankings, redes de sostenibilidad y sistemas de gestión asociados, para ver qué tipos de indicadores se esperaba que reportáramos. Seguro que muchos de vosotros habéis hecho algo parecido, o lo habéis encargado a alguna consultora externa para que lo haga por vosotros.

Y ¿cuál es el resultado? Difícil comentarlo en un post tan corto, pero en lo que se refiere a la cuestión de los indicadores, lo que ocurre es que todos estos estándares te obligan a reportar muchísima información que posiblemente no tenga mucho que ver con aquello que realmente estás (como organización) haciendo bien, con aquello que es tu verdadero propósito y en el cual estás inmerso con total pasión. Evidentemente, podrás hablar de lo que te parezca realmente importante, pero las energías que gastas en intentar satisfacer la “dictadura de los indicadores” no te las ahorra nadie.

Y ¿por qué es una ideología? Porque tienes que ceñirte al esquema, tienes que entrar en estos parámetros para que tú también puedas ser medido, comparado, valorado, etc. Y naturalmente, si no estás ahí no serás considerado como suficientemente bueno, ni digno de ser valorado, ni creíble, ni serás recomendado, etc. Las métricas son, de cierto modo, una forma de posverdad.

Algunos diréis que la labor de quienes han elaborado estos indicadores es muy valiosa y que son expertos en determinar qué cosas son las más importantes, qué quieren saber tus grupos de interés, cuáles son las claves del éxito... Es decir, que estos indicadores nos ayudan, nos permiten reflexionar, aprender de otros, ver si estamos mejorando y alcanzando nuestras metas, etc. También estoy de acuerdo, pero necesariamente tenemos que cuestionarlos, exigirles también a ellos una mejora continua que sea capaz de valorar la creatividad de cada organización, los aspectos diferenciales que no siempre pueden ni deben ser imitados y homogeneizados. Es posible que muchos de vosotros lo hagáis en vuestras organizaciones (tener vuestros propios indicadores medibles o no) y lo más probable es que, lo exclusivo y no lo estándar, sea precisamente lo que más valoráis.

Quizás, como hemos visto, los indicadores tengan sus puntos positivos, pero al menos deberíamos preguntarnos si no hay vida más allá de los rankings e indicadores estandarizados, si no deberíamos ser más creativos y ver la realidad bajo otros prismas. Os animo a que cada uno lo piense para su caso particular.

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