La teoría de los stakeholders, que Ed Freeman introdujo en 1984, ha dado mucho juego, pero no se ha convertido en “la” teoría de la empresa que se esperaba
La empresa, vista desde la teoría de los stakeholders (I)

Esto no es un fracaso, pero merece, probablemente, alguna reflexión. Aquí aporto algunas ideas, mal hilvanadas, para provocar el diálogo. Es un poco largo, de modo que me ocupará más de un día. Y recuerdo al lector un chiste gráfico que leí hace años: una telefonista contesta a alguien que llama: “La paciencia es una virtud. No se retire”. Pues eso, paciencia.

A mediados del siglo pasado, y al menos en Europa, las teorías sobre la empresa incluían objetivos relacionados con el servicio a la sociedad, la producción de bienes y servicios útiles para los consumidores, la creación de empleo, la contribución al desarrollo de las comunidades locales y un largo etcétera. Desde el punto de vista de la responsabilidad social o de la ética, esos enfoques “humanistas” eran atractivos, porque combinaban objetivos económicos y sociales (el medioambiente no era entonces una prioridad: quizás porque no se veía como una amenaza clara, o porque se trata de lo que los economistas llamamos un “bien de lujo”, cuya demanda se dispara a partir de ciertos niveles de vida). Por eso podemos decir que la Responsabilidad Social viene de antiguo, aunque no con los caracteres que muestra en la actualidad. Pero para los economistas y los teóricos del management, esas formulaciones “humanistas” resultaban poco atractivas por su ambigüedad, su difícil cuantificación, su no siempre clara fundamentación teórica y el problema (más teórico que práctico) de que el directivo tenía que perseguir varios objetivos, no siempre bien definidos y no siempre compatibles.

De todos modos, esas concepciones “humanistas” coincidían con la práctica de muchas empresas, cuya gestión tenía más de arte que de ciencia, porque, en definitiva, se trataba de alcanzar objetivos variados, a menudo poco compatibles, en términos de mercado (clientes, productos), accionistas (beneficios, crecimiento), financiación (estabilidad, seguridad, riesgo), empleados (remuneración, carrera, seguridad), proveedores (regularidad en los pagos, confianza en las relaciones), sociedad (impuestos, crecimiento, creación de empleo, inversiones locales), entre otros. Su aceptación social era buena, aunque condicionada por la coyuntura: si se creaba empleo y los salarios eran suficientes, las empresas estaban bien valoradas; si no, las críticas arreciaban. En todo caso, la eficiencia “económica” del modelo no estaba demostrada.

Frente a estas teorías, la tesis de que la empresa debía ser gestionada para maximizar el beneficio o, con más precisión, el valor para el accionista tenía un sólido apoyo en la economía neoclásica, porque, bajo ciertas condiciones, esa maximización lleva a un óptimo social. Esas condiciones no se cumplen nunca, pero la teoría conservaba su atractivo por su sencillez, la comodidad (teórica, ya lo he dicho) de un único objetivo y la facilidad para formalizar teorías financieras, de marketing, de estrategia, etc. alrededor de ella.

Y combinada con la teoría de la agencia, la propuesta de maximización del valor para el accionista ofrecía criterios que parecían útiles para la gestión, como la ventaja de tener un solo objetivo, la necesidad de alinear los intereses de los directivos (los agentes) con los accionistas (los principales), la atribución de la decisión final a los propietarios (a través del consejo de administración), sin necesidad de escuchar a muchos grupos de interés, y la posibilidad de olvidar los intereses de esas otras partes implicadas, si estos estaban amparados por contratos explícitos y completos, con precios y salarios fijados en mercados competitivos y dentro de un marco institucional y legal adecuado.

Además, en la práctica, la propuesta de maximización del valor para el accionista resultaba atractiva para los mercados financieros, simplificaba mucho la función de los reguladores, ofrecía excelentes expectativas a los inversores y permitía también buenas remuneraciones a los directivos si, como hemos dicho, sus intereses se alineaban con los de los accionistas mediante esquemas de remuneración ligados a los beneficios. El hecho de que algunos supuestos (fundamentales, por otro lado) no se cumpliesen no significó un problema importante: la tesis fue ampliamente aceptada por casi todos los académicos y muchos directivos, aunque no todos se adhirieron calurosamente a ella. Pero continuaré con este argumento en otra ocasión.

 

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