
La actual inestabilidad en Oriente Medio ha puesto de relieve hasta qué punto la dependencia global del petróleo y el gas condiciona la seguridad energética. Tal y como informa Naciones Unidas, una parte significativa del suministro mundial de estos combustibles atraviesa zonas estratégicas especialmente vulnerables a conflictos, como el Estrecho de Ormuz, un enclave clave entre Irán y Omán por el que circula alrededor del 20% del petróleo y gas del planeta.
El recrudecimiento de tensiones en esta región ha derivado en interrupciones del tráfico marítimo y ha reavivado la preocupación por posibles desabastecimientos y subidas de precios. Este escenario, marcado por la incertidumbre, expone especialmente a los países más dependientes de las importaciones energéticas.
En este contexto, el secretario general de la Naciones Unidas, António Guterres, ha alertado de que el actual modelo energético global, altamente concentrado en unas pocas regiones productoras de combustibles fósiles, amplifica el impacto de los conflictos. Según sus palabras, cada crisis puede desencadenar “ondas de choque” con efectos directos sobre la economía mundial y, en particular, sobre las poblaciones más vulnerables.
Frente a este escenario, las energías renovables ganan protagonismo no solo por su contribución a la lucha contra el cambio climático, sino también por su capacidad para ofrecer un suministro más seguro y predecible. Fuentes como la solar, la eólica o la hidroeléctrica no están sujetas a sanciones, bloqueos comerciales ni fluctuaciones geopolíticas, lo que refuerza su papel en la seguridad energética.
De acuerdo con Naciones Unidas, estas tecnologías están acercándose rápidamente a los combustibles fósiles en términos de capacidad instalada global. En palabras de Guterres, “no hay subidas de precios por la luz solar ni embargos al viento”, lo que las convierte en un pilar cada vez más sólido para los sistemas energéticos contemporáneos.
Además de reducir emisiones y contaminación, las renovables contribuyen a generar empleo y abaratar costes a medio y largo plazo, factores que están acelerando su adopción en distintos países.
El avance de las energías limpias ya es una realidad en diversas regiones del mundo, con ejemplos que muestran distintas estrategias de transición energética.
En Noruega, pese a su papel como exportador de petróleo y gas, el sistema eléctrico nacional se sustenta casi por completo en fuentes renovables. La hidroeléctrica representa entre el 90% y el 95% de su mix energético, complementada por un creciente desarrollo de la energía eólica. Ciudades como Oslo operan mayoritariamente con electricidad limpia, mientras el país avanza en la electrificación del transporte y en la expansión de parques eólicos marinos.
Por su parte, Paraguay destaca por generar prácticamente toda su electricidad a partir de fuentes renovables, principalmente hidroeléctricas. La central de Itaipú, compartida con Brasil, es clave en este modelo, que ha permitido al país alcanzar independencia energética, reducir costes y exportar excedentes.
En Nepal, cerca del 98% de la capacidad energética proviene de fuentes renovables, con la hidroeléctrica como principal motor. Este desarrollo ha permitido reducir la dependencia de combustibles importados y mejorar la estabilidad del suministro, aunque persisten retos en sectores como el transporte. El país también impulsa la electrificación rural y alternativas a la biomasa tradicional para cocinar, con impactos positivos en la salud, especialmente de mujeres y niños.
Finalmente, Etiopía se consolida como uno de los referentes africanos en energías limpias, con más del 98% de su capacidad energética basada en fuentes renovables como la hidroeléctrica, la solar y la eólica. Estas tecnologías son clave para ampliar el acceso a la electricidad en zonas rurales y reducir la dependencia de combustibles fósiles importados.
A pesar de los avances, la transición energética no sigue un ritmo uniforme. Persisten barreras vinculadas a la financiación, la infraestructura y la capacidad tecnológica, especialmente en economías en desarrollo. Sin embargo, el patrón es claro: las energías renovables fortalecen la autonomía energética, estabilizan los costes y reducen la exposición a crisis globales.
Según subraya Naciones Unidas, el cambio de modelo energético ya está en marcha y resulta difícil de revertir. Como concluye Guterres, la transición hacia energías limpias no solo es necesaria desde el punto de vista climático, sino que también puede situar el control de la energía —tanto en sentido literal como estratégico— en manos de los países y sus ciudadanos.