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En el ámbito empresarial hablamos con frecuencia de éxito, crecimiento e innovación. Sin embargo, existe una realidad menos visible que también forma parte del tejido productivo: el fracaso.
La segunda oportunidad como compromiso: responsabilidad social también para quienes emprenden

Empresas que cierran, proyectos que no prosperan y personas que, tras haberlo intentado, se encuentran en una situación de vulnerabilidad económica y emocional. Asumir esta realidad es, también, una cuestión de responsabilidad social.

Desde la Fundación Pimec trabajamos desde hace años con una convicción clara: una economía comprometida no puede permitirse dejar atrás a las personas empresarias y autónomas cuando su proyecto falla. Por ello impulsamos el programa Emppersona – Segunda Oportunidad, una iniciativa que no solo acompaña procesos de recuperación profesional, sino que también reivindica un cambio cultural imprescindible.

Los datos de 2025 reflejan el alcance de este compromiso. 343 personas iniciaron el programa y más de 200 lo completaron. De ellas, más de un centenar han logrado una segunda oportunidad real. Pero más allá de las cifras, lo que estos datos evidencian es una necesidad estructural: la de ofrecer mecanismos efectivos para volver a empezar.

Porque el fracaso empresarial no es únicamente una cuestión económica. Es, con frecuencia, una experiencia personal profunda, marcada por la incertidumbre, el estrés y, en demasiadas ocasiones, por el estigma. En este contexto, acompañar significa mucho más que asesorar: significa escuchar, orientar y reconstruir la confianza. Estamos hablando de personas empresarias o autónomas con experiencia que, en muchos casos, superan los 45 años y que se enfrentan a dificultades añadidas para reengancharse al mercado laboral o volver a emprender.

Algunos optan por iniciar un nuevo proyecto. Otros redefinen su modelo de negocio o se incorporan al mercado laboral por cuenta ajena. Y también hay quienes necesitan, simplemente, cerrar una etapa de manera ordenada para poder avanzar. Todas estas opciones son legítimas y forman parte de un mismo proceso: el de reconstruirse. Es aquí donde la responsabilidad social corporativa (RSC) adquiere una nueva dimensión.

Tradicionalmente, la RSC se ha asociado al impacto de la empresa hacia el exterior: el medio ambiente, la comunidad o las condiciones laborales. Pero también debemos entenderla desde una perspectiva sistémica. Esto implica asumir que el tejido empresarial tiene la responsabilidad de cuidar a las personas que lo conforman, especialmente en momentos de dificultad.

Generar segundas oportunidades no es solo una acción solidaria. Es una inversión en cohesión social, en talento y en sostenibilidad económica. Cada persona empresaria o autónoma que puede volver a empezar representa una oportunidad recuperada para el conjunto de la sociedad.

Desde la Fundación Pimec, contando con el soporte de organizaciones como el Consorcio de la Zona Franca de Barcelona y de una red de voluntarios y voluntarias con experiencia que se involucran en los proyectos de acompañamiento, entendemos este compromiso como una parte esencial de nuestra misión. No se trata únicamente de ayudar a crear empresas, sino también de acompañar a las personas cuando estas no funcionan. Porque es en esos momentos cuando la responsabilidad social deja de ser un concepto y se convierte en una acción concreta.

Necesitamos avanzar hacia una cultura que normalice el fracaso como parte del proceso emprendedor, que elimine estigmas y que facilite itinerarios de retorno. Y, sobre todo, que entienda que detrás de cada cierre no hay solo un proyecto que termina, sino una persona que merece una nueva oportunidad.

Esa es, en definitiva, la responsabilidad que queremos asumir. Y ese es el compromiso que seguiremos defendiendo.

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