
Durante décadas, el llamado coste social del carbono ha servido como referencia para diseñar políticas climáticas, fijar precios al carbono y evaluar los costes y beneficios de reducir emisiones. Sin embargo, este indicador —que pone precio al daño causado por cada tonelada adicional de CO₂ emitida— arrastraba un importante punto ciego: el impacto del calentamiento global sobre los océanos.
Así lo señala una investigación internacional en la que han participado científicos del Centro Euro-Mediterráneo sobre el Cambio Climático (CMCC), que demuestra que, al incluir de forma sistemática los efectos del cambio climático en los ecosistemas marinos y en las infraestructuras dependientes del océano, el coste social del carbono aumenta de forma muy significativa.
El estudio introduce un nuevo concepto: el coste social del carbono basado en el océano, también conocido como blue social cost of carbon. Este indicador recoge los daños climáticos sobre arrecifes de coral, manglares, pesquerías y grandes puertos marítimos, entre otros elementos clave para la economía y el bienestar humano.
Según las estimaciones del equipo investigador, este coste azul asciende a 48 dólares por tonelada de CO₂, una cifra que debería sumarse a los valores que actualmente utilizan los gobiernos y los mercados de carbono. El cálculo se basa en un escenario de business as usual, es decir, sin nuevas políticas climáticas y con la trayectoria actual de emisiones.
Cuando se comparan estos resultados con las cifras que manejan hoy los marcos regulatorios internacionales, la conclusión es clara: tener en cuenta el océano casi duplica el coste social del carbono. “El coste social del carbono es una herramienta práctica para orientar decisiones públicas, pero hasta ahora ha dejado fuera al océano”, explica Johannes Emmerling, uno de los autores del estudio, según recoge el CMCC. Aunque los modelos ya incorporaban impactos sobre la salud, la mortalidad, la biodiversidad o la economía, el papel del océano había quedado relegado, a pesar de cubrir más del 70 % de la superficie del planeta.
La investigación integra los avances más recientes de la ciencia oceánica con modelos económicos para traducir los impactos físicos del cambio climático en pérdidas de bienestar medibles en términos monetarios. Esto incluye tanto efectos de mercado —como la caída de la productividad pesquera o las interrupciones en los puertos— como valores no mercantiles, entre ellos la nutrición, la salud, la biodiversidad o el valor recreativo y cultural del mar.
Uno de los hallazgos más relevantes es que casi la mitad de los daños climáticos vinculados al océano están relacionados con la salud derivada de la pesca. En muchos países, especialmente en economías de renta baja y en los pequeños Estados insulares, el pescado es una fuente esencial de proteínas y micronutrientes. La disminución de las poblaciones marinas, impulsada por el calentamiento y la acidificación, se traduce directamente en un aumento de la mortalidad y en peores resultados sanitarios.
Los arrecifes de coral aparecen también como un foco crítico de pérdidas. Extremadamente sensibles al aumento de la temperatura del mar, estos ecosistemas aportan servicios valorados en cientos de miles —e incluso millones— de dólares por hectárea, desde el turismo y la pesca hasta la protección de las costas frente a temporales.
El estudio subraya que los daños oceánicos no se reparten de forma homogénea. Las regiones con mayor dependencia de los recursos marinos para su alimentación, transporte o actividad turística —muchas de ellas países empobrecidos o islas— afrontan pérdidas de bienestar desproporcionadas. En algunas economías, los impactos vinculados al océano representan entre el 20 % y el 30 % del daño climático total, lo que agrava desigualdades ya existentes. Al ignorar estos efectos, los precios actuales del carbono resultan sistemáticamente bajos. Como referencia, en la Unión Europea el precio del CO₂ ronda hoy los 70–80 euros por tonelada, muy por debajo de lo que justificaría una valoración completa que incluya los daños sobre el océano.
Para Francesco Granella, coautor del estudio, “la naturaleza sostiene el bienestar humano de formas muy diversas, muchas de las cuales no aparecen en los mercados”. El océano no solo aporta alimentos o rutas comerciales, sino también servicios esenciales como la protección costera de los manglares, nutrientes clave para la salud o el valor intrínseco de conservar ecosistemas para las generaciones futuras.
En la misma línea, Massimo Tavoni, científico principal del CMCC, recuerda que la contabilidad clásica de los costes del cambio climático “ha ignorado sistemáticamente a la naturaleza”. Incorporar la fragilidad de los ecosistemas marinos permite, según señala, entender mejor el verdadero alcance del daño climático sobre la humanidad.
Las conclusiones del estudio refuerzan el argumento económico a favor de endurecer las políticas climáticas y acelerar la reducción de emisiones, incorporando de una vez por todas el valor —hasta ahora oculto— de los océanos en la toma de decisiones públicas.