
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha presentado la última edición de su informe El estado de los recursos de tierras y aguas del mundo para la alimentación y la agricultura (SOLAW 2025), un análisis que actúa como termómetro de la salud del sistema agroalimentario mundial. Según detalla la FAO, asumir que estos recursos son infinitos ya no es una opción: su degradación avanza y la demanda de alimentos se incrementa de forma acelerada.
Bajo el lema “El potencial para producir más y mejor”, el informe pone el foco en las grandes oportunidades —a menudo desaprovechadas— para impulsar una producción agrícola más sostenible y resiliente. El diagnóstico es claro: para alimentar a una población que en 2050 superará los 9.700 millones de personas, será necesario producir un 50 % más de alimentos que en 2012 y emplear un 25 % más de agua dulce. Todo ello en un contexto en el que 673 millones de personas ya sufren hambre, según los datos de 2024.
El informe subraya que la productividad agrícola mundial se ha triplicado en seis décadas, pero este avance ha venido acompañado de un elevado coste ambiental. Más del 60 % de la degradación de tierras atribuida a la actividad humana ocurre en áreas agrícolas, según la FAO. Ampliar la superficie cultivada ya no es viable: deforestar o intervenir ecosistemas frágiles aceleraría la pérdida de biodiversidad y socavaría los procesos naturales que alimentan a la propia agricultura.
Por ello, el SOLAW 2025 defiende que el crecimiento futuro de la producción debe basarse en una agricultura más eficiente, diversa y adaptada al contexto local. La reducción de brechas de rendimiento —la distancia entre lo que se produce y lo que podría producirse—, el uso de variedades más resilientes y la adopción de prácticas que optimicen el uso de recursos serán pasos imprescindibles.
El informe destaca especialmente el potencial de la agricultura de secano, de la que dependen millones de pequeños agricultores. Escalar técnicas como la agricultura de conservación, el uso de cultivos tolerantes a la sequía o la gestión de la humedad del suelo podría mejorar notablemente la productividad y, al mismo tiempo, reforzar la salud de los suelos y la biodiversidad.
Otros sistemas integrados —como la agroforestería, el pastoreo rotativo, la mejora del forraje o la piscicultura en arrozales— también se presentan como vías eficaces para avanzar hacia una intensificación sostenible. Las oportunidades son particularmente relevantes en regiones en desarrollo. En el África subsahariana, por ejemplo, los cultivos de secano operan actualmente al 24 % de su potencial productivo.
Según la FAO, alcanzar sistemas agroalimentarios resilientes requiere una combinación de políticas públicas coherentes, gobernanza sólida, acceso a datos y tecnologías, innovación, mecanismos de gestión del riesgo y financiación sostenible. El informe enfatiza que no hay un modelo único aplicable a todos los territorios, pero sí una urgencia compartida: actuar con rapidez.
En palabras del Director General de la FAO, QU Dongyu, “las decisiones que tomemos hoy sobre la gestión de los recursos de tierras y aguas definirán nuestra capacidad para responder a las demandas actuales y futuras, mientras protegemos el planeta para las generaciones venideras”.
El informe recuerda que en 2026 convergerán tres grandes citas internacionales vinculadas a los convenios de Río: biodiversidad, lucha contra la desertificación y cambio climático. El SOLAW 2025 ofrece un marco común para abordar simultáneamente estas agendas mediante una gestión integrada de tierra, agua y suelo. La FAO insiste en que estas soluciones no solo son ambientales, sino esenciales para garantizar la seguridad alimentaria, la nutrición y el bienestar humano en un escenario global marcado por la crisis climática.