Desde la intempestiva llegada del coronavirus la palabra crisis ha teñido todos los discursos. Las administraciones, los organismos internacionales y el sector académico hablan de una gran crisis sistémica: crisis sanitaria, económica y financiera, una crisis climática y una crisis de la naturaleza. La Agencia Europea del Medioambiente (AEMA) ha publicado un informe en el cual sostiene que, en última instancia, todas las crisis de las que hablamos cotidianamente son síntomas del mismo problema: la insostenibilidad de nuestro modo de producción y consumo. En un mundo ya desigual, la pandemia no ha hecho más que poner de manifiesto la fragilidad sistémica de nuestra sociedad y economía mundiales con todas sus falencias.
Para alcanzar la Agenda 2030 será necesario abordar las desigualdades sociales

Cuando hablamos del anhelo de volver a la “normalidad” pareciera que todo era perfecto en los tiempos “pre covid”. Si bien es cierto que se echan de menos los abrazos y los encuentros masivos, no debemos olvidar que muchos de los males que hoy nos aquejan ya existían mucho antes de la llegada del coronavirus. La desigualdad, la emergencia climática, la pobreza y el hambre no son fenómenos de los últimos meses. Más bien todo lo contrario, se trata de cuestiones que no hemos podido resolver como humanidad desde tiempos inmemoriales.

Un informe publicado a mediados de julio por la Agencia Europea de Medioambiente analiza la crisis sistémica en la cual estamos inmersos actualmente y sostiene que, aunque la pandemia ha exacerbado algunos aspectos, se trata de problemas de larga data que responden principalmente a un sistema socio- económico insostenible e inconducente que es preciso transformar.

La investigación afirma que desde 1950, la población mundial se ha incrementado en más del triple, hasta alcanzar casi 8.000 millones, y el rendimiento económico se ha multiplicado por doce. Este crecimiento ha sido propiciado por un enorme aumento de nuestro uso de los recursos naturales como la tierra, el agua, la madera y otros materiales, en particular los minerales y los recursos energéticos.  El estudio explica que a escala mundial, el 75 % del medio ambiente terrestre y el 40 % del medio ambiente marino se han visto gravemente alterados. La combustión continuada de combustibles fósiles, los cambios en el uso de la tierra y la deforestación liberan a la atmósfera gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático.

Además, las y los expertos de la AEMA advierten que se prevé que la demanda de recursos materiales se duplique de aquí a 2060, y ya estamos consumiendo lo que tres planetas Tierra pueden proporcionar. Asimismo, en la actualidad somos incapaces de evitar que grandes cantidades de residuos acaben en el medio ambiente y se espera que la generación anual de residuos aumente en un 70 % de aquí a 2050. Los objetivos de neutralidad en carbono o los equipos de TIC pueden ejercer aún más presión en los suministros de tierras raras y minerales, ya muy explotados.

Todo esto es lo que nos ha llevado a encontrarnos en la tan mencionada “crisis sistémica”. Es verdad que la Covid-19 ha perjudicado en gran medida a las sociedades contemporáneas, pero los mayores responsables somos nosotros. Nuestro modo de vivir, en base a un sistema capitalista basado en una lógica de expolio de los recursos naturales nos ha hecho llegar a donde hoy estamos. Así, la investigación demuestra que la pandemia puso de manifiesto que entre nuestra economía y nuestras sociedades existe una estrecha conexión y una relación de interdependencia. Ya sea de carácter sanitario o económico, una crisis puede expandirse fácilmente y sus repercusiones pueden sentirse en todo el mundo, salvo que se lleve a cabo una actuación común coordinada y decisiva en sus inicios.

Hoy, a casi dos años de la llegada del virus que nos cambió la vida para siempre, la COVID-19 continúa representando diferentes crisis en función del país. Los países con índices de vacunación altos están empezando a levantar las restricciones una por una y están cada vez más cerca de una sensación de normalidad. Ahora que ya se han alcanzado más de setenta dosis administradas por cada cien habitantes, los Estados miembros de la UE están centrándose en la crisis económica y los planes de recuperación. Las actividades económicas y el consumo están remontando de nuevo. Al mismo tiempo, la crisis sanitaria sigue propagándose con rapidez en países con un acceso muy limitado a las vacunas, lo que pone de manifiesto las desigualdades a escala mundial que existen en un mundo muy conectado.

La desigualdad no llegó de la mano del virus. Aunque es innegable que los índices de pobreza han aumentado a nivel global y las brechas entre países pobres y ricos se han hecho más grandes desde el comienzo de la pandemia, sería ingenuo afirmar que antes de marzo de 2019 el mundo era un lugar justo y equitativo. El sistema capitalista tal y como lo conocemos ha dado muestra de ser obsoleto. Un modo de producción que no respeta al planeta ni a las personas no puede ser más considerado la única ni la mejor opción.

Al respecto, el documento sostiene que el nuevo Plan de Acción de la UE para la Economía Circular de marzo de 2020 es la piedra angular de los esfuerzos de la Unión Europea en relación con el uso de los recursos. El plan incluye una amplia gama de acciones que abordan el diseño de los productos, los procesos de la economía circular, el consumo más sostenible y la prevención de residuos. Reclama y especifica acciones en cadenas de valor de productos clave, en particular, equipos electrónicos y de TIC, baterías, envases, plásticos, textiles, edificios y construcción, y alimentación, agua y nutrientes. Constituye, como tal, uno de los principales componentes del Pacto Verde Europeo (la respuesta global de la Unión Europea a los retos medioambientales, climáticos y socioeconómicos) y reviste una gran importancia para orientar las inversiones tanto para la recuperación tras la COVID como para una transición sostenible de nuestro modelo económico.

De este modo, no será posible hablar de desarrollo sostenible si no se abordan ante todo las desigualdades, la dimensión social y la gobernanza como pilares fundamentales para la reconstrucción.  La AEMA explica que avanzar hacia la circularidad y encontrar opciones de políticas y modelos de negocio circular en torno a esas cadenas de valor de productos clave. Y se pregunta: ¿ahora que la economía empieza a recuperarse, seremos capaces de reconstruir a mejor? La respuesta depende de nosotros.

El informe concluye que no hay soluciones mágicas. Conseguir un uso sostenible de los recursos en Europa y así garantizar un desarrollo que priorice a las personas y al planeta sin dejar a nadie atrás, exige cambios fundamentales en nuestros sistemas de consumo y producción. El auténtico reto va mucho más allá de desarrollar procesos de producción más eficientes. Lograr una sostenibilidad auténtica y duradera exigirá abordar también las desigualdades sociales ante todo.  

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