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La pandemia de la COVID-19 que de manera inesperada paralizó a la humanidad entera aún no ha terminado y sus efectos perdurarán por un largo tiempo. Si bien la llegada de la vacuna es un gran alivio, esto no significa que no puedan ocurrir nuevas pandemias en un futuro. Un reciente estudio publicado por la revista Science, afirma que, si evitamos la deforestación de los bosques tropicales y el comercio de la vida silvestre, limitaremos la transmisión de enfermedades de animales a humanos y por consiguiente podremos prevenir otras pandemias.

Aunque muchos pensarán que no existe un vínculo directo entre deforestación y pandemias, lo cierto es que la relación es mucho más estrecha de lo que pensamos. El accionar destructivo del hombre sobre la naturaleza no tiene límites y muchas veces ni siquiera mide las terribles consecuencias para las personas.  Las pandemias siempre han formado parte de la historia de la humanidad, y muchas han sido producto de nuestras propias negligencias. Un reciente estudio de la revista Science Economía y ecología para la prevención de pandemias asegura que la deforestación y la especulación de la vida silvestre están relacionados con una mayor transmisión de los virus zoonóticos, es decir, aquellos que se transmiten entre animales y personas, como es el caso del COVID-19. 

El cuidado medioambiental debería estar entre nuestras prioridades siempre. Pero en este contexto de crisis generada por la pandemia de coronavirus más aún. El estudio afirma que, si limitamos la deforestación y el comercio de la vida silvestre, reduciremos las probabilidades de expandir los contagios por este tipo de virus. Lo que sucede cuando construimos carreteras en pleno bosque o talamos árboles para la producción de madera, es que perdemos una gran parte de la cubierta forestal y abrimos la puerta al mundo silvestre. El mercado de vida silvestre es otro factor importante. El contacto de animales vivos y muertos con cazadores, comerciantes y consumidores incrementa el riesgo por contagio de enfermedades entre animales y humanos.

La investigación explica que los virus zoonóticos infectan a las personas directamente, con mayor frecuencia cuando manipulan primates vivos, murciélagos y otros animales salvajes (o su carne) o indirectamente a partir de animales de granja como pollos y cerdos. Los riesgos son mayores que nunca, ya que los vínculos cada vez más estrechos entre los seres humanos y los reservorios de enfermedades de la fauna silvestre aceleran la posibilidad de que los virus se propaguen a nivel mundial.

No se trata de una cuestión económica sino de consciencia y compromiso. Las acciones de prevención y cuidado de los bosques y la vida silvestre costarían entre 20.000 y 30.000 millones de dólares al año afirma el informe. Mientras que sólo por citar un país, Estados Unidos asume actualmente 5 billones de dólares en el producto interior bruto por la epidemia del COVID-19, sin incluir los costes por el recuento de la morbilidad, las muertes por otras causas debido a la interrupción de los sistemas médicos y la pérdida por las actividades abandonadas debido al distanciamiento social.

Actualmente, afirma la investigación, invertimos relativamente poco en la prevención de la deforestación y la regulación del comercio de fauna silvestre, a pesar los números estudios que demuestran un alto rendimiento de su inversión en la limitación de las zoonosis y la concesión de muchos otros beneficios. A medida que la financiación pública en respuesta a COVID-19 continúa aumentando, el análisis de los expertos de la revista Science, sugiere que los costos asociados a estos esfuerzos preventivos serían sustancialmente menores que los costos económicos y de mortalidad de la respuesta a estos patógenos una vez que han surgido.

Reducción de la deforestación

Los bordes de los bosques tropicales son una importante plataforma de lanzamiento de nuevos virus humanos. Los bordes surgen a medida que los humanos construyen carreteras o talan bosques para la producción de madera y la agricultura. De este modo, los seres humanos y su ganado tienen más probabilidades de entrar en contacto con la vida silvestre cuando se pierde más del 25% de la cubierta forestal original y esos contactos determinan el riesgo de transmisión de enfermedades. La transmisión de los patógenos depende de la tasa de contacto, de la cantidad de personas y ganado susceptibles y de la cantidad de huéspedes silvestres infectados. Las tasas de contacto varían según el perímetro (la longitud del borde del bosque) entre el bosque y lo no forestal. La deforestación tiende a crear tableros de control, con lo que vemos un perímetro máximo a un nivel de conversión del bosque del 50%. A partir de entonces, la cantidad de animales domésticos y humanos excede rápidamente la de los animales salvajes, de modo que, aunque esperamos que la transmisión disminuya, la magnitud de cualquier brote resultante es mayor.

La investigación afirma que la construcción de carreteras, los campamentos mineros y madereros, la expansión de los centros y asentamientos urbanos, la migración y la guerra, y los monocultivos de ganado y de cultivos han provocado un aumento de los contagios de diversos virus a personas. También la caza, el transporte, la agricultura y el comercio de vida silvestre por alimentos, mascotas y medicina tradicional agravan estas rutas de transmisión y tienen también estrecha vinculación con la deforestación. La investigación cita algunos ejemplos, tales como los murciélagos que son los probables reservorios del Ébola, el Nipah, el SARS y el virus que está detrás de COVID-19. Los murciélagos frugívoros tienen más probabilidades de alimentarse cerca de los asentamientos humanos cuando sus hábitats forestales están perturbados; éste ha sido un factor clave en la aparición de virus en el África occidental, Malasia, Bangladesh y Australia.

La investigación concluye que entonces el claro vínculo entre la deforestación y la aparición de virus sugiere que un esfuerzo importante por mantener una cubierta forestal intacta tendría un gran rendimiento de la inversión, incluso si su único beneficio fuera reducir los eventos de aparición de virus. El ejemplo de mayor escala de reducción de la deforestación dirigida proviene del Brasil entre 2005 y 2012. La deforestación en el Amazonas disminuyó en un 70%, pero la producción del cultivo de soja dominante en la región siguió aumentando. Las contribuciones internacionales, complementadas por un Fondo Amazónico, de alrededor de 1.000 millones de dólares, apoyaron la zonificación del uso de la tierra, las restricciones de mercado y de crédito y la vigilancia por satélite del estado de la ciencia. El programa del Brasil redujo la fragmentación y el borde de los bosques a un costo inferior al que podría haberse logrado con los enfoques de fijación de precios del carbono.

De este modo, sostienen los expertos que proteger los bosques y evitar la deforestación puede ayudar a prevenir futuras pandemias zoonóticas antes de que empiecen. La vigilancia por sí sola permitiría salvar miles de vidas y al mismo tiempo realizar ahorros sustanciales en los costos, incluso en el contexto de brotes pandémicos mucho menos graves que los de COVID-19.

Si bien es real que a medida que el mundo poco a poco va saliendo al menos de la peor fase de la pandemia de COVID-19, las prioridades económicas pueden cambiar para hacer frente a las crecientes demandas del desempleo, las enfermedades crónicas, las quiebras y las graves dificultades financieras de las instituciones públicas. No obstante, hay pruebas sustanciales de que la tasa de aparición de nuevas enfermedades está aumentando y que sus repercusiones económicas también están aumentando. Es por esto que, el aplazamiento de una estrategia mundial para reducir el riesgo de pandemia daría lugar a un continuo aumento de los costos.

La pandemia de la COVID-19 se ha cobrado miles de vidas y ha dejado poblaciones enteras sumidas en fuertes crisis. Que la experiencia nos sirva para no cometer los mismos errores en el futuro, y poder entonces prevenir en lugar de curar.

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