crecimiento económico

Desde la transición a una economía de mercado hace tres décadas, Europa Central y Oriental ha disfrutado de lo que muchos han llamado “una época dorada de crecimiento”. Sin embargo, los factores que impulsaron ese crecimiento están perdiendo impulso, y la región necesita encontrar nuevas fuentes de competitividad. Un pilar fundamental para motorizar la economía en la región será disminuir las desigualdades de género. Así lo afirma un estudio recientemente publicado por la Consultora McKinsey, el cual explora una prometedora fuente de crecimiento: cerrar la brecha de género en el lugar de trabajo. La investigación examina los beneficios potenciales de una mayor igualdad de género para las empresas y la sociedad.
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Esta fue una de las conclusiones que se desprendió de la última edición del Ciclo de Encuentros Ageingnomics, organizado por la Fundación MAPFRE y Deusto Business School. Durante el encuentro se abordó el papel de las administraciones públicas en la mejora de la economía sénior y en el bienestar de los mayores.
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Desde hace años diferentes corrientes teóricas están poniendo en cuestión el concepto de desarrollo. En esta puesta en duda de categorías muy arraigadas entra también el crecimiento económico. Este se encuentra estrechamente vinculado al aumento de la producción, el consumo y la utilización de recursos y, por consiguiente, tiene efectos perjudiciales para el medio ambiente y la salud humana. Es poco probable que se pueda lograr a escala mundial una desvinculación duradera y absoluta entre el crecimiento económico a gran escala y las presiones y repercusiones ambientales; por lo tanto, será nuestro desafío replantear lo que se entiende por crecimiento y progreso y su significado para la sostenibilidad y la vida.
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