
Quizás por su uso histórico, donde los bosques almacenan un producto visiblemente mercantilizado como la madera. Quizás por su extensión, donde el 31 % de la superficie terrestre está cubierta por bosques frente a apenas un 3 % de humedales. O quizás por una preferencia evolutiva, donde los bosques se asocian a la seguridad, a la certeza y a una estética agradable. Todo ello ha hecho que los bosques hayan sido gobernados, estudiados y legislados de forma mucho más temprana que las zonas húmedas.
Si bien las comparaciones son odiosas, incluso nuestro modo de expresarnos refleja este sesgo: las zonas húmedas se asocian a metáforas desagradables. En inglés, to be bogged down (“quedarse atascado en el barro”) o to be mired in a problem (“estar hundido en el fango de un problema”) evocan bloqueo, dificultad, algo de lo que cuesta salir. La realidad es que durante siglos los humedales han sido percibidos como espacios improductivos, propensos a enfermedades (malaria, la teoría de los miasmas) o como un obstáculo para determinados usos agrícolas. En el imaginario colectivo, más allá de observadores de aves, fotógrafos o ecólogos, rara vez se ve la utilidad de mantener estos ecosistemas en buen estado
El ecologismo ha entrado de lleno en nuestra forma de pensar y de actuar. En nuestras vidas. No hay duda. Por necesidad. Cuando han ardido más de 1,5 millones de hectáreas en España en la última década, cuando las lluvias extremas se repiten con mayor frecuencia en el Mediterráneo occidental, y cuando decenas de millones de personas cada año se ven desplazadas en el mundo por causas climáticas, en definitiva, cuando las anomalías climáticas dejan de ser excepciones; la conciencia ecológica (la conciencia de cuidar los ecosistemas) se obtiene urgentemente como solución al problema.
Cuando la crítica ecológica se suma a la ecuación, el relato cambia. El cuidado de los humedales emerge como una pieza clave en la regulación climática del planeta. A pesar de que el siglo XX fue el periodo en el que los humanos ejercieron un mayor impacto sobre estos sistemas, también fue cuando empezamos a comprenderlos mejor como paisajes profundamente transformados por la acción humana y, quizá de forma paradójica, a reconocer los beneficios que se derivan de su buen estado ecológico. Los humedales, a igualdad de superficie, pueden almacenar más carbono que muchos bosques, especialmente en el caso de las turberas, donde la materia orgánica se acumula durante siglos. Actúan además como esponjas naturales, regulando inundaciones y sequías, así como filtrando contaminantes. Si los bosques han sido históricamente el símbolo del cuidado del planeta, los humedales representan su funcionamiento silencioso pero esencial: menos visibles, menos intuitivos, pero absolutamente críticos para la estabilidad climática y ecológica.
El reto ahora es ser capaces de articular una respuesta colectiva donde ciencia, administración e inversión privada se unan para devolver la vitalidad a estos ecosistemas. Solo así, protegiendo ese modesto 3 % de la superficie terrestre, podremos avanzar con garantías hacia la seguridad del 100 % de nuestro futuro.