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El ritmo al que cambia el foco de atención de la opinión pública está poniendo en peligro, un siglo después, la demostración einsteniana de que nada en el Universo supera la velocidad de la luz. En un instante, el olvido colectivo más denso sepulta elementos, que llegaron incluso a pugnar por un sitio propio en los diccionarios, como “la prima de riesgo” o “los hombres de negro”, para ser sustituidos por otros que, a su vez, acaban evaporándose hasta tal punto que puede uno llegar a dudar que hayan existido, como la crisis de los refugiados sirios o la represión en Hong Kong. Sin embargo, existen también protagonistas permanentes que, lejos de desaparecer de los titulares y las conversaciones, avanzan y se extienden hasta que resulta casi imposible encontrar textos o discursos en los que no aparezcan. Creo no equivocarme si estimo que esa persistencia está estrechamente ligada a una profunda y real importancia para la humanidad. Es el caso de la sostenibilidad.
Sostenibilidad humana

Si pecase de ingenuo, podría afirmar que la íntima convicción de que cada cual tiene su propia cuota de responsabilidad en que el mundo que dejemos sea mejor que el que encontramos es la razón de que la sostenibilidad sea uno de esos protagonistas que antes mencionaba. Mucho me temo que no es así, y que la sobreexposición a la que se somete a esta palabra es la cal con la que blanquear el comportamiento egoísta, indolente e insensato que campa por todo el mundo desarrollado, un mundo que pide desde el sofá que le traigan sushi a casa -eso sí, en envase reciclable- o tres tallas de la misma camisa para acabar devolviendo dos de ellas, sin pararse a valorar el impacto sociolaboral ni energético que ese comportamiento pueda conllevar.  

La simplificación y el fingimiento, amenazan con convertirla en un mantra hueco, una máscara que oculta que la verdadera sostenibilidad tiene las famosas tres facetas inseparables: medioambiental, económica y social. Si una cualquiera se elimina, el resultado es inviable, como un triángulo de dos lados.

Salvo que lo que se pretenda “sostener” sea un planeta sin seres humanos, debemos tener presente que nuestra difícil responsabilidad en aras de la sostenibilidad es conjugar el equilibrio ecológico con nuestra propia existencia como seres integrados en un sistema económico y laboral. Un sistema que tiene entre sus cimientos más importantes, el intercambio de productos y servicios derivados de nuestro trabajo.

Lograr ser relevante en los mass media -y, por tanto, en las mentes de las personas- en estos tiempos es, como antes decía, harto difícil, especialmente si se carece de perfil amenazante o peligroso. Tal es el caso del transporte de mercancías en general y, más concretamente, del que se realiza por carretera (TMC). Una labor a la que se dedican sólo en Europa más de cinco millones de personas y que, pese a ser esencial para nuestro bienestar, pasa generalmente desapercibida por completo; como el aire que nos rodea, sólo recordamos su existencia cuando nos puede llegar a faltar.

Si no la única, sí quizá la más significativa de las figuras en el TMC sea el conductor profesional. Personas que siguen dando vida a la más de doscientos millones anuales de operaciones de TMC en nuestro país. Personas imprescindibles para que funcione y florezca el comercio, la industria, el sector agropecuario, etc. y para la pujanza del sector exterior (que cuenta ya por casi un tercio del PIB español). Profesionales que hacen frente con éxito, hasta ahora, a la creciente demanda de movilidad de nuestras sociedades y además con mayor exigencia de puntualidad, eficacia y reducción de impacto -debe señalarse aquí que menos del 5% de las emisiones europeas de GEI es atribuíble a la actividad de los camiones pesados-.

Sin embargo, nuestro chófer es una especie en riesgo de extinción. Sólo uno de cada cuatro conductores de camión en España tiene menos de 50 años y pese a liderar como país la tasa de paro juvenil (con cerca del 40%) no hay apenas relevo generacional desde hace dos décadas. Por no mencionar que sólo tres de cada cien son mujeres.

Si de veras queremos construir sociedades sostenibles, este es uno de los problemas más acuciantes a los que debemos dar solución. Empezando por retomar el prestigio y consideración que tuvieron hace tiempo; tomemos conciencia de todo el esfuerzo, preparación y dedicación que se necesita para que cada día los lineales estén repletos, las fábricas reciban componentes y envíen su producción, los animales sean alimentados en las granjas, el e-commerce cumpla o los exportadores sigan satisfaciendo puntualmente los pedidos de sus clientes en toda la UE incluso bajo el imperio del #QuedateEnCasa vivido el pasado año. Con todo ello en mente, seguramente ya no se tachará de retrógrado a quien equipare en importancia las inversiones en puntos de recarga para vehículos eléctricos con las necesarias (y siempre olvidadas) para dotar a la red viaria de plazas de aparcamiento de camiones seguras y confortables -de las existentes apenas el 7% merecen esa consideración- y será más fácil impulsar la regulación para que el equipamiento y el comportamiento permitan un trato digno a estos profesionales en las zonas de carga y descarga.

Si no es humana, la sostenibilidad pierde su sentido.

* Este artículo forma parte de la Alianza entre la plataforma Empresas por la Movilidad Sostenible y Diario Responsable. Artículos relacionados:

- May López. Cuidando lo esencial

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