Le pregunte a mi amigo Luis, el consultor (que es, por cierto, sabio), qué hacía exactamente un consultor, y me recordó el viejo chiste: es una persona que cuando el cliente le pregunta la hora, mira descaradamente el reloj del propio cliente, le dice la hora que es y, si puede, se queda con el reloj o pasa una minuta que suma tanto como el precio del reloj, generalmente caro. La contestación de mi amigo parecía un esperpento, una exageración sin límites, una forma de caricaturizar la tarea de los consultores/auditores, la imagen de una realidad reformada y grotesca de la importante tarea que compete a las consultoras y auditoras que en el mundo son. Es decir, consultoría, auditoría y, a mi juicio y no menos importante, lobby.
Empanada mental

Solo así se explica la rapidez con la que algunos consultores han alabado y justificado (como si fuera lo más importante de la reforma) que el nuevo Código de Buen Gobierno de la CNMV (de 20 de junio de 2020) sustituya el termino Responsabilidad Social Corporativa por “el más amplio y utilizado actualmente de Sostenibilidad en relación con aspectos medioambientales, sociales y de gobierno corporativo (ESG)”, según se recoge en la nota de prensa de la propia CNMV donde se da cuenta de la Reforma del Código de Buen Gobierno de las Sociedades Cotizadas. Lo ejes de la reforma, por cierto, son cuatro: fomento de la presencia de mujeres en los consejos de administración; mayor relevancia de la información no financiera y la sostenibilidad; más atención a los riesgos reputacionales y en general no financieros y clarificación de aspectos relativos a la remuneración de consejeros.

Dice la nota citada que en fase de consulta se han recibido más de cuarenta escritos de entidades e interesados que se han tenido muy en cuenta para determinar el alcance final de las modificaciones introducidas en el Código. Muy bien. A muchos nos gustaría saber cuántos de esos cuarenta escritos provienen de consultoras/auditoras, y cuantas de esas propuestas se han plasmado en el texto definitivo del Código, por ejemplo, en lo tocante a la corrupción sobre la que tan duramente se pronunció el presidente de la CNMV, Sebastián Albella, a finales del pasado año; o en el retraso hasta 2022 para que los consejos cuenten con, al menos, un 40 por ciento de consejeras; o en la ampliación de competencias de los Comités de Auditoría, o las recomendaciones sobre los derechos de asistencia y participación de los accionistas en la Junta General o en cambiar la RS por Sostenibilidad (ESG, dice la nota de prensa) que es el empeño que tienen los anglosajones y algunos consultores. En el Código no se habla de ESG, por cierto, sino de “prácticas de comunicación responsable que eviten la manipulación informativa y protejan la integridad y el honor”.

Pero, a fuer de rigurosos, para comentar el nuevo Código -voluntario, con sujeción al principio de “cumplir o explicar”- no es solo la nota de prensa lo que hay que leerse; debemos conocer el texto íntegro del renovado código que, curiosamente, no prescinde de la Responsabilidad Social. Al contrario, señala que “la importancia de la Responsabilidad Social Corporativa de la Empresa es una realidad cada vez más asentada, tanto en España como en los países de nuestro entorno, que exige una adecuada atención por parte de los sistemas de gobierno corporativo de las sociedades y, por lo  tanto, que no puede quedar al margen de un código de recomendaciones de buen gobierno corporativo”. Y, dicho eso, el Código habla de la política adecuada de sostenibilidad en materias medioambientales y sociales, como facultad indelegable del Consejo de Administración; una facultad indelegable que, por cierto, la Ley de Sociedades de Capital atribuye al consejo de administración en materia de Responsabilidad Social. Y en la recomendación 12, segundo párrafo, sin mencionar la RS, el nuevo Código se refiere a la conciliación del interés social con los legítimos intereses de los ´stakeholders´, así como en los impactos de las actividades de la compañía en la “comunidad en su conjunto y en el medio ambiente”. A mayor abundamiento, las recomendaciones 53, 54 y 55 mezclan sin rubor conceptos de RS con Sostenibilidad, incluso identificándolos, y no es lo mismo, claro. La sostenibilidad (según la famosa definición que estableció el Informe Brundtland en 1987, titulado ´Nuestro Futuro Común´), o el termino desarrollo sostenible, que tiene un marcado carácter ecológico y socio medioambiental, se definía como aquel que “satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”. Según la definición de la Comisión Europea, la Responsabilidad Social es la “responsabilidad de las empresas por sus impactos en la Sociedad”. Parece que no es lo mismo: la responsabilidad supone cumplimiento de derechos y deberes, y es exigente; la sostenibilidad es un desideratum, un quiero y no puedo, o un quiero, pero si no lo hago nada me pasará porque lo que importa es la apariencia.

La cuestión es si los mandamases nos van a seguir enredando a los humanos con la ayuda de los consultores. Ahora manejamos, sin que se estorben, conceptos derivados de Responsabilidad Social, principios del Pacto Mundial, Sostenibilidad y Objetivos de Desarrollo Sostenible. Digo yo que podríamos ponernos de acuerdo y saber de qué estamos hablando, más que nada para que el personal no se vuelva loco, y los que comentamos estos asuntos idiotas. Sería fácil o no, depende de los intereses de cada quien, pero es esencial que la gente nos entienda.

Hay que escuchar a los consultores, claro, pero no deberían ser los únicos (ni los más influyentes) a la hora de aportar. Deberíamos escuchar a la Academia que, aunque los tenga, atesora menos intereses, pero más sabiduría y “tempo” que los consultores. Tengo la impresión de que, como nuestros dirigentes, muchos consultores, seguramente los más grandes, tienen siempre presentes los cinco preceptos con los que el Cardenal Mazarino resumía su obra “Breviario de los políticos”: simula, disimula, no confíes en nadie, habla bien de todo el mundo y prevé lo que has de hacer. Y aquí paz y, después, gloria. Y minutas, claro.

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