Hay distintas formas de pasar el rato y muy diversas maneras de matar el tiempo. Pongámosle, pues, sordina al despropósito y dejémoslo simplemente en la constatación de que hay una vasta gama de actividades en las que podemos emplear las horas del confinamiento forzoso al que los hados procedentes de la China tiene recluida a media humanidad desde hace semanas.
Pandemia y reclusión: maneras de vivir

Hay distintas formas de pasar el rato y muy diversas maneras de matar el tiempo… ¡qué horror!... ¡Si me oyera don Miguel de Unamuno, me daría un bastonazo!... ¡Matar el tiempo!... ¡Qué barbaridad! ¡Menudo dislate! Pongámosle, pues, sordina al despropósito y dejémoslo simplemente en la constatación de que hay una vasta gama de actividades en las que podemos emplear las horas del confinamiento forzoso al que los hados procedentes de la China tiene recluida a media humanidad desde hace semanas.

Hay quien toca la guitarra o aprovecha la ocasión para estudiar francés; están aquellos a los que les da por la repostería -¡benditos sean!- o por la cocina de autor. Tenemos el rubro de los que, al paso que sacan a la perrita a la calle, aprovechan para ir a la compra y recoger en la farmacia la receta de Metformina o el Atorvastatín. Hay los que están enganchados a la play-station; topamos también con los súper activos en las redes sociales. Y por supuesto, en lugar preeminente tenemos que incluir a los despotricantes de las tres especies conocidas de los expertos en el animado pasatiempo de mirar la televisión con ojos críticos.

Como digo, son aquellos despotricadores de tres tipos; a saber: los que hablan sin consideración ni reparo de la clase política en general y del gobierno, muy especialmente; los que no pasan ni media a locutores ignaros ni a periodistas dizque venales; y, finalmente, los sedicentes expertos en la identificación de discursos edulcorados, proferidos por parte de los que ellos denominan cantamañanas con pedigrí, rayando en el virtuosismo.

Los primeros están especializados en dos tareas: una, en subrayar a compás y en tiempo real las memeces que propale cualquier versión autóctona del caraqueño Aló, presidente; y dos, en pillar a bote pronto las incoherencias de la portacoz -vale también portavoza- de turno, al punto de que incide con la gamba hasta el corvejón y luego la retuerce como hacía doña Lina, cuando se marcaba un tango, aunque con mucha menos gracia: ¡dónde va a parar!

Los segundos son ya maestros en  arte de sacar pañuelo verde para tratar de devolver al busto parlante a la clase de secundaria, donde refrescar lo que ahora dicen competencia de lectura comprensiva en la lengua de Cervantes.

Por su parte, los de la clase tercera, dícense duchos en decodificar las estomagantes bobadas implícitas en el quehacer de relatores a sueldo, que habiendo asegurado -¡por mis muertos!- que aquí no iba a pasar nada, ahora pretenden convenceros de que, en efecto, nada nos ha pasado, de que, según ellos, así es… cuando a todos nos parece lo contrario: que lo que ellos nos cuentan es lo que no es…

Y bueno: al margen de las maneras que van dichas, para entretenerse durante la reclusión, hay también muchas otras iniciativas en marcha, de sobra conocidas: el teletrabajo, para los que tienen la suerte de conservarlo; los cursos y seminarios en línea a los que ahora se les llama Webinars; el salir a los balcones a tocar las palmas y a desfogarse, haciendo sonar pitos, fanfarrias, bocinas y cacerolas…

Con todo, aún quedan posibilidades inéditas y muchas otras, abiertas a la innovación. Una de ellas, poco explotada todavía, pero con mucho futuro, es la de tratar de callarse, la de guardar silencio meditativo, buscando no decir nada y dedicarse a pensar. Ni más ni menos, que disparar el pensamiento, darle yesca a la chispa de la razón.

Cierto que esta tarea es, con mucho, la más difícil de entre todas las que van enunciadas. Pero, sin duda, constituye una manera de vivir más en la  línea con lo esencialmente humano; y de la que cabría esperar, a fin de cuentas, el mayor provecho y el mejor consuelo para este cuarto de luna que nos toca vivir, plagado de incertidumbres y lleno de inseguridades.

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