Deberían enseñarnos desde pequeños que trabajar y tener un sueldo digno es un objetivo a cumplir y una suerte. Pero deberían enseñarnos que la línea entre el éxito en el trabajo y el éxito en la vida personal/familiar es muy fina y que andar por esa especie de cuerda floja sin caerse requiere mucho entrenamiento, no sólo físico, sino emocional. Para todos, es cierto. Pero en algunos entornos y para las mujeres, supone  mayor esfuerzo. Y aún más si eligen incluir la maternidad en su plan de vida.
El éxito de trabajar con un sueldo digno

Con 26 años yo elegí. Fue una elección consciente. Elegí una fuerte implicación en la maternidad y renuncié a una carrera profesional iniciada en el mundo empresarial y con muy buenas perspectivas. Elegí una carrera profesional “menos relumbrona”, muy lenta e incierta y sin duda peor pagada… pero más compatible con mi plan de vida de aquel momento. No me arrepiento, aunque intuyo que por el otro camino habría “brillado” mucho más.

Trabajo en un sector privilegiado: la docencia universitaria con contrato digno y estable. Hay muchos excelentes docentes con contratos indignos e inestables y por tanto no privilegiados. Nuestro trabajo nos permite aprender permanentemente, nos proporciona igualdad salarial y, teóricamente, mismas posibilidades de promoción y desarrollo. Pero para alcanzar una estabilidad laboral el camino es largo y duro: hay que desarrollar un currículo investigador importante, hay que realizar estancias en instituciones extranjeras, dedicar muchas horas fuera de horario laboral a la investigación, conseguir participar en proyectos de investigación, publicar los resultados de la investigación... Y la mujer tiene que hacer el doble mortal sobre la fina línea para desarrollar esa carrera en paralelo con el plan de vida personal. Yo lo conseguí en parte gracias al apoyo de mi marido, pero también a costa de mucho sacrificio personal por el hecho de ser madre y mujer. Siento que todas las mujeres de mi entorno han vivido algo parecido. Una vez alcanzado el trabajo digno y estable, llegar a la cumbre de la carrera académica (ser Catedrático), supone en todo caso un esfuerzo adicional que invade el espacio personal. Supone, especialmente para las mujeres, elegir un lado de la cuerda. Por eso muchas elegimos hacer piruetas y seguimos andando sobre la cuerda floja aunque no lleguemos a coronar la cumbre.

Veintiocho años en la Universidad me han permitido participar de proyectos de investigación internacionales, viajar, visitar muchos laboratorios extranjeros y constatar que en España y en mi sector (acústica) hay muchas mujeres muy bien preparadas por comparación con otros países de nuestro entorno.  Y también me ha permitido observar que la Universidad está siendo conquistada por las mujeres. Actualmente, aproximadamente el 43% del personal docente en la Universidad Española somos mujeres. Poco a poco vamos ocupando puestos de gestión que antes sólo ocupaban hombres, aunque la cifra de Catedráticas de momento sólo ronda el 20%. Queda mucho camino por recorrer. No es una cuestión de género. Es una cuestión de capacidades, personalidades y gustos. Y de oportunidades.

Ojalá que las mujeres del siglo XXI no tengan que elegir lado de la cuerda, sino que el camino sea ancho y se puedan desarrollar plenamente sin perjuicio de su faceta personal/familiar. 

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