Hace muy pocos días he tenido la fortuna de vivir una de aquellas experiencias que en los países desarrollados podemos catalogar como “experiencia vital” y que en los menos desarrollados lo llaman simplemente vivir. He estado junto a un grupo de voluntarios en Koro Island (República de Fiyi), conviviendo con las familias de Navaga Village e impulsando el desarrollo de los niños que asisten a las escuelas de las aldeas contiguas.
La vulnerabilidad de Fiyi en un mundo insostenible

Koro es una pequeña isla situada en el corazón de Fiyi en la que viven cerca de 5.000 habitantes, los cuáles fueron los más afectados hace dos años por el Ciclón Tropical Winston de categoría 5 (la más alta), que dejó 44 víctimas mortales en todo el país, arrasó más de 40.000 casas y afectó a aproximadamente 350.000 fiyianos (40% de la población). Lamentablemente, una de las víctimas era el jefe de Navaga, el cuál falleció a escasos cinco metros de la casa que me ha dado cobijo.

Realmente conocemos bastante poco de Fiyi. Por ello, este artículo tiene el objeto de arrojar luz sobre la situación actual de Fiyi, país presidente de la última conferencia de las Naciones Unidas sobre cambio climático -la COP 23- por los grandes desafíos y amenazas que presenta el cambio climático para el país. Asimismo, este artículo pretende recordar la criticidad de que se dé un desarrollo sostenible a nivel global en un mundo en el que utilizamos los recursos equivalentes a 1,7 planetas Tierra y dónde en 2030, si no hacemos nada para cambiarlo, estaremos utilizando el doble de recursos de los que la Tierra puede regenerar, según los cálculos de Global Footprint Network.

Para ponernos en situación, se podría decir que Fiyi es un país compuesto por un archipiélago de más de 300 islas situado en el Océano Sur Pacífico entre el país que muchos pensamos que es el más alejado de España (Australia) y el que realmente lo está (Nueva Zelanda), que desde la Península Ibérica se encuentra a unas 30 horas en avión comercial con escalas, o que es un paraíso vacacional visitado anualmente por aproximadamente el mismo número de turistas como población tiene, unas 900.000 personas. Nada de lo anteriormente dicho es falso, pero a continuación veremos que Fiyi es mucho más que eso.

Respecto a su situación, podemos añadir que se encuentra en un océano cuya segunda isla más grande no es continental ni volcánica sino de plástico. Más en concreto, esta isla acumula 87.000 toneladas de basura flotante (99,9% plástico), que repercute directamente en un gran impacto en la fauna oceánica y aviar, y tiene una superficie similar a tres veces España. Es decir, si fuera un país, sería el vigésimo más grande del mundo, por delante de cualquiera de los países miembros de la Unión Europea. Al respecto, expertos han estimado que, si no se pone remedio, en 20 años habrá el doble de basura en los océanos que en la actualidad y que en 2050 habrá más plásticos que peces.

En cuanto a que Fiyi es un paraíso turístico, no cabe duda; aunque como se explica con mayor profundidad más adelante, esto será mientras el cambio climático lo permita. Como muchos conocen, 2017 ha sido el Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo. En 2018, Nature Climate Change ha publicado un artículo en el que indica que los turistas emiten el 8% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero, lo que equivale a las emisiones totales procedentes de los coches. A nivel mundial, uno de los mayores anuncios al respecto ha sido el relacionado con la industria de la aviación, que supone el 20% de las emisiones derivadas del turismo y que duplicará el número de pasajeros en los próximos 20 años. En concreto, la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA) ha anunciado el objetivo para 2050 de reducción a la mitad de las emisiones netas de dióxido de carbono producidas respecto a los niveles de 2005.

Con relación a su situación política, Fiyi, desde que fue descolonizada de los británicos en 1970, ha sufrido varios golpes de estado. El último en 2006, que provocó importantes pérdidas en el crecimiento del PIB, empleo, inversión y exportaciones, así como negativos impactos en cooperación internacional para el desarrollo. En la actualidad la situación ha mejorado notablemente -de hecho, en 2018 se celebran nuevas elecciones- pero todavía no se le considera un país democrático como tal. Desde 2014, The Economist Intelligence Unit, ha pasado de considerar el país autoritario a régimen híbrido. Esta mejora democrática ha permitido que Fiyi y la Unión Europea hayan mejorado también sus relaciones desde 2015, acordando buscar posiciones comunes para abordar los principales desafíos internacionales como -y cito textualmente- el cambio climático, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y las respuestas a crisis internacionales.

El cambio climático es, sin duda, el mayor desafío para Fiyi y, seamos más conscientes o no, junto a la pobreza -que a su vez se ve incrementada por el cambio climático- también lo es para el resto de los países. Por alguna razón, en 2018 World Economic Forum ha identificado que tres de los cinco riesgos globales con mayor probabilidad y cuatro de los cinco con mayor impacto están estrechamente relacionados con el cambio climático; siendo además la tendencia mundial que tiene mayores conexiones con otros riesgos. Estos otros riesgos a los que el cambio climático está conectado no son solo ambientales, sino también económicos, geopolíticos, sociales y tecnológicos a nivel global. El actual Secretario-General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, ha declarado que “el cambio climático continua aun moviéndose más rápido de lo que nosotros lo hacemos”.

En concreto, Fiyi es uno de los países más vulnerables frente al cambio climático a la vez que es uno de los más sostenibles y que menos emisiones de dióxido de carbono emite a la atmosfera per cápita, lo que le sitúa en una situación injusta y de dependencia de un comportamiento responsable del resto de los países. Por esto, en las últimas semanas he escuchado más de una vez que Fiyi es como el resto del mundo debería ser y, aunque con alguna que otra salvedad, no les falta razón.

Los principales impactos derivados del cambio climático en Fiyi y otros países insulares del Pacífico son obvios. Por un lado, se encuentra el incremento en intensidad y periodicidad de los desastres naturales. Sin ir más lejos, además del anteriormente mencionado Ciclón Winston, el Ciclón Josie ha dejado otras cuatro víctimas mortales en Fiyi e innumerables daños el pasado mes de abril. Por otro lado, el aumento del nivel del mar está provocando y provocará desplazamientos de poblaciones enteras. Un ejemplo de ello es que en 2014 se tuvieron que desplazar todos los habitantes de Vunidogoloa (Fiyi) por los efectos del cambio climático (yo mismo he podido observar casas totalmente destruidas y antiguos postes de electricidad rodeados varios metros por el mar). Al respecto, el Banco Mundial, a través del informe Pacific Possible, ha propuesto que Australia y Nueva Zelanda permitan el libre acceso al mercado laboral de personas residentes en los países del pacífico más afectados por el cambio climático.

Según el último informe de Desplazamientos Internos de ACNUR, 76.000 personas se tuvieron que desplazar en 2016 en Fiyi debido a desastres naturales, lo que equivale a casi el 10% de la población total. Además, este mismo informe muestra que en 2016 en el mundo se tuvieron que desplazar 24,2 millones de personas por desastres y 6,9 millones lo tuvieron que hacer por conflictos y violencia. El total de desplazados en el mundo supera la suma de las poblaciones de Australia, Fiyi y Nueva Zelanda juntas, y la Universidad de las Naciones Unidas ha estimado que lo más probable es que en 2050 el número de desplazados por el cambio climático ascienda a 200 millones de personas, pudiéndose elevar esta cifra hasta los 1.000 millones. Asimismo, dos de los principales atractivos turísticos del país, los arrecifes de coral y las tortugas marinas, también se están viendo afectados por el cambio climático.

Respecto al cumplimiento de los ODS u Objetivos Globales, es importante mencionar que en Fiyi es extremadamente difícil realizar un seguimiento de los indicadores que miden la consecución de cada una de las 169 metas incluidas en los Objetivos Globales debido a que su población se encuentra distribuida en más de 200 islas. Por ello, Fiyi hasta 2019 no presentará su estado de avance en el Foro Político de Alto Nivel sobre Desarrollo Sostenible (España lo presentará el próximo mes julio de 2018) y es uno de los 36 países que no han sido incluidos en el informe SDG Index and Dashboards Report 2017 al estar solamente disponibles el 23% de los indicadores analizados.

Asimismo, se hace imprescindible discernir entre la Fiyi urbana y rural. La Fiyi urbana tiene un nivel de ingresos aceptable, gracias principalmente al turismo (25% del PIB), mientras que la Fiyi rural vive aislada y principalmente de los cultivos. En Navaga Village, en concreto, se vive del cultivo de kava, tarro y cassava. Además, tras el Ciclón Winston se derrumbaron el 95% de las viviendas de la aldea, por lo que la primera semana de cada mes se continúa trabajando en la construcción de nuevas casas y en la limpieza de los restos que dejó el ciclón hace ya más de dos años.

En la actualidad, ninguna casa de Navaga dispone de electricidad corriente, sino que algunas cuentan con una o dos lamparas que se recargan por energía solar; el hospital más cercano se encuentra a doce horas en un ferry que sale una vez a la semana, que es el mismo que trae los escasos recursos que hay en la aldea; muchos niños asisten a clase descalzos; y los pocos que estudian secundaria tienen que ir al único centro de Koro Island que se encuentra en el otro extremo de la isla.

En Fiyi no es difícil ver a niños trabajando, escuelas en pobres condiciones y niños sin acceso a servicios sanitarios. A pesar de todo, Fiyi es el país más feliz del mundo según la última encuesta realizada a finales de 2017 por Gallup International sobre felicidad, esperanza y optimismo económico. Esto, a mi parecer, resume perfectamente el carácter optimista de los fiyianos para superar los desafíos a los que se enfrentan, pero no debemos confundirlo con su nivel objetivo o real de bienestar. Como me comentó un fiyiano: “nosotros no vemos los problemas como un problema, sino que nos enfocamos directamente en la solución”. Además, otra de las razones de su felicidad se debe a su modo de convivencia comunitario, en el que, al menos en las aldeas, comparten los pocos recursos que tienen y viven como una gran familia.

Todos y cada uno de nosotros, desde donde estamos ahora mismo, tenemos la capacidad y el deber moral de cambiar la situación actual de Fiyi en particular y del mundo en general. Stephen Hawking ya alentó sobre la necesidad de buscar otro planeta en el que vivir (por el cambio climático, las epidemias y el crecimiento de la población, entre otros), y Elon Musk, mientras parece que intenta salvar el mundo, está manos a la obra en la búsqueda de otro (esto supondría escalar el problema de los desplazamientos por el cambio climático a un nivel interplanetario). Pero sinceramente, no creo que ni los fiyianos ni tantos otros pudiesen permitirse pagar ese viaje, y probablemente tú y yo tampoco. Dejemos la ciencia ficción a un lado y trabajemos todos juntos en el cumplimiento de los Objetivos Globales, que no solo harán de Fiyi un país menos vulnerable sino la Tierra un mundo más próspero y sostenible.

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