Un claro ejemplo de esta dinámica es China. El país puede no ser el primer caso que nos viene a la mente en cuanto a virtudes medioambientales. En redes sociales se comparten con frecuencia imágenes de megalópolis altamente contaminadas, así como los sentimientos de ira y frustración de sus habitantes. Sin embargo, el Partido Comunista se está tomando en serio esta amenaza: se calcula que el 40% de todas las fábricas del país han echado el cierre en los últimos años, al menos temporalmente, para ser inspeccionadas, lo que ha derivado en acciones judiciales o sanciones a 80.000 fábricas a manos de la oficina de medio ambiente.
ISR.- Sociedad y reguladores fuerzan a las compañías a aplicar criterios ASG

Aun así, el logro más prometedor hasta la fecha ha sido la promesa del Gobierno de reducir sus emisiones de partículas peligrosas en un 25% de cara a 2035 en lugar de 2016 y la creación de un Sistema de comercialización de emisiones para las empresas del sector energético.

Por tanto, China representa un buen ejemplo del cambio tectónico que se está fraguando: en tan solo unos años, la contaminación ha pasado de verse como una consecuencia asumida del crecimiento y el desarrollo económico a un grave problema que ha de abordarse con urgencia.

La última década ha estado plagada de polémicas empresariales vinculadas a inquietudes en el plano ASG. El caso Volkswagen es un notable ejemplo de cuestiones tanto medioambientales como de gobierno corporativo, aunque se vio superado por el desastre de BP en el Golfo de México en 2010, que costó a la empresa un importe récord de USD 65.000 millones solo en indemnizaciones.

Los posibles peligros a los que se enfrentan las empresas varían en función del tipo de actividad. Un riesgo intangible evidente radica en el gobierno corporativo, puesto que el fraude puede llevar a una empresa a la quiebra o, como mínimo, a una pérdida transitoria de confianza. Enron protagonizó un ejemplo extremo: sus ejecutivos ocultaron miles de millones de dólares en deuda deliberadamente en los registros contables y, finalmente, llevaron a la firma a la quiebra. Independientemente de la naturaleza del riesgo, tanto la sociedad como los reguladores están cada vez más concienciados respecto de las cuestiones ASG, lo que obliga a los inversores a incrementar su sensibilidad independientemente de sus propias posturas. Ya no se trata de una cuestión de conciencia, sino de una necesidad de preservar el valor de las inversiones ante el aumento acelerado de los posibles pasivos.

Aquí es donde cobra relevancia el carbono. Tal y como se desprende de una encuesta realizada a más de setecientos especialistas patrocinada por el Foro Económico Mundial (FEM), los acontecimientos meteorológicos extremos y los desastres naturales fueron clasificados entre los cinco riesgos más destacados en cuanto a probabilidad e impacto en las empresas.

En el caso de la contaminación y del carbono en particular, los costes pueden ser directos —vinculados a la normativa, por ejemplo— o indirectos, a causa de la pérdida de valor de los activos. El mecanismo del sistema de comercialización de emisiones pertenece a la primera categoría, dado que trata de reflejar el coste de los factores externos del carbono y dejar que la dinámica del mercado establezca un precio razonable. Se basa en el principio de "tope y trueque": se define un volumen total de gases de efecto invernadero y las empresas pueden comercializar derechos de emisión sobre la base de sus propias emisiones. Habitualmente las empresas deben presentar un permiso de emisiones por tonelada métrica de carbono descargada o pagar una sanción. La actual sequía de Ciudad del Cabo pertenece a la segunda categoría. Los embalses de la ciudad están casi vacíos, lo que incide directamente en la producción de vino, una parte relativamente importante de las exportaciones del país, que han caído un 20%. Michael Bloomberg, el enviado especial de Naciones Unidas para la Acción Climática, advirtió de que este hecho debería servir de llamada de atención sobre el cambio climático.

Los criterios ASG pueden ser clave para reflejar la sostenibilidad de las empresas, pero su inclusión en un proceso de inversión no resulta tan sencilla como puede parecer. Pese a la creciente divulgación por parte de las empresas de datos no financieros, todavía existe una gran parte del universo donde esta información apenas está disponible. Y lo que es peor, aun cuando la información está disponible, esta no suele ser de calidad y es propensa a la subjetividad de los equipos directivos, cuando no a la manipulación.

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