A veces las empresas por sí mismas no pueden cambiar la sociedad, necesitan refuerzos de la Administración Pública. Y otras veces pueden ser un modelo para la Administración Pública
Las mejores prácticas generan los mejores éxitos

Veamos a la  Administración Pública como referente:

A partir de 2015 la ley está siguiendo de cerca las actividades de las empresas  para detectar y corregir irregularidades antaño socialmente admitidas,  como fraude fiscal, estafa, delito medioambiental, corrupción entre particulares, … y así hasta 30 figuras delictivas. Una empresa que cometa un delito tipificado  puede ser multada, inhabilitada o disuelta.  Y como se está viendo desafortunadamente en los medios un día sí y otro también, los directivos desfilan por los juzgados para hacer frente a sus responsabilidades penales.

Los abogados especialistas en Derecho Penal están explicando a los directivos de las empresas qué se entiende por delito, y les están formando en protocolos anticorrupción, blanqueo y políticas de confidencialidad. 

Todo ello redunda en que las empresas estén esforzándose cada día más en diseñar sus políticas de compliance y en hacer que todos los empleados las conozcan y las cumplan.

Otro ejemplo:

El ayuntamiento de Barcelona acaba de decretar qué se entiende por contratación sostenible: el apartado económico reducirá una parte de su peso en los pliegos de condiciones para dejar sitio a otros análisis de las empresas que se presenten; por ejemplo, se valorará la política de Gestión del Capital Humano que apliquen (salarios iguales o superiores a lo que marque su convenio colectivo, contratos indefinidos, planes de igualdad, de conciliación de la vida personal y profesional, contratación de personas con capacidades diferentes, etc.).

Además, el ayuntamiento quiere que entre sus proveedores haya pymes, cooperativas y empresas de economía social contratadas por el proveedor principal, y para ello el ayuntamiento se compromete - en caso de que el proveedor principal resulte moroso - a hacer frente a los pagos a realizar a dichas empresas. Según estimaciones del ayuntamiento, el grupo municipal mueve unos 1.000 millones de presupuesto en contratación de bienes y servicios.

El primer ejemplo es reactivo (si lo haces mal te castigo para que en el futuro lo hagas mejor), y el segundo es proactivo (mira cómo lo hago yo, esfuérzate para lograrlo), pero en ambos casos la forma en que se definen las actuaciones de los poderes públicos tiene fuerza suficiente como para modificar los comportamientos de las empresas.

Ahora bien, nos movemos en una sociedad en la que todavía el factor económico marca las pautas para decidir el modelo de negocio, y pongo también dos ejemplos:

Ejemplo 1:

España  (junto con Portugal) es el país con menos inversión pública de la Unión Europea, alrededor del 2% del PIB, lo que significa entre otras cosas que difícilmente se podrán conservar las infraestructuras ya construidas, que podríamos perder muchos fondos europeos y que se prevé una significativa reducción en la inversión del sector público empresarial.  Si a eso añadimos que  la secretaria de Estado de I+D ha admitido que el 40% de lo que presupuesta el Estado a estos efectos no se gasta, tenemos por delante un panorama preocupante que lógicamente ha de afectar en gran medida a las empresas.

Ejemplo 2:

La aviación comercial de bajo coste está cada vez más arraigada, hasta el punto de que en Europa gestiona más del 50% del tráfico aéreo. Prácticamente todo el mundo ha viajado alguna vez con Rynair, Vueling, Eurowings, Air Asia,  Norwegian…  Parece que el sector está acercándose al modelo de negocio low cost como anteriormente ocurrió en el sector textil: del mismo modo que muchísimos ciudadanos desean disponer de ropa barata y accesible para variar a menudo, se está propagando el deseo social de viajar a menudo por poco dinero;  ya no nos conformamos con estar  "guapos", ahora también queremos ir a muchos lugares desconocidos en vacaciones, fines de semana y escapadas varias, cuantas más y más lejanas mejor.

En ambos casos, el enfoque económico que se aplique genera situaciones sociales que afectan muy directamente a las empresas, y no es para bien precisamente.

Estos mensajes contradictorios no ayudan a que las empresas afiancen su modelo de gestión basado en la RSE. ¿Qué puede hacer una empresa que observa cómo por un lado los poderes públicos presionan para aplicar buenas prácticas, y por otro está viendo que la actividad pública - generadora de tanta actividad privada - tiene malos augurios y el mercado, por otra parte, parece exigir cada vez más por menos dinero?

Según el Reputation Institute España, 8 de cada 10 empresas españolas ponen en marcha estrategias de RSC y el 68% crean un código de conducta porque, según dicha organización, las empresas deben de trabajar más en evaluar y mitigar los riesgos de la reputación y su vinculación con la misión de la compañía.

Parece, pues, que las empresas optan por ponerse a salvo de posibles peligros relacionados con malas prácticas.

Por otro lado, también tenemos organizaciones de diferentes ámbitos que ofrecen ejemplos de buenas prácticas, como el Índice DJSI World,  el Pacto Mundial Red Española,  Corporate Excelence, Fundación Crana, el Ayuntamiento de Cádiz y tantas otras que optan por poner de relieve los logros conseguidos en materia de RSC por parte de diferentes entidades.

Estos ejemplos, salvo excepciones, se refieren a algún ámbito concreto en el que la organización ha centrado sus esfuerzos de mejora (desde voluntariado corporativo hasta gestión medioambiental), pero en raras ocasiones se pone de manifiesto el buen hacer integral como resultado de una concepción estratégica y holística. 

De hecho, empresas que tengan una RSE integral no suelen aparecer normalmente en este tipo de relaciones, aunque empresas "atípicas" como Patagonia y Zappos suelen aparecer en los medios con cierta  regularidad.

Así, a pesar de todas esas contradicciones que hemos nombrado, las empresas que enfocan su negocio basándose en una RSE verdaderamente estratégica consiguen alcanzar el éxito, de modo que generan una espiral virtuosa por la que las mejores prácticas generan los mejores éxitos y viceversa.

De modo que parece plausible desear que las empresas, a pesar de moverse en un entorno tan mudable e inquietante como hemos visto, se hagan este tipo de planteamientos y, además, lo divulguen para infundir en la sociedad el anhelo de hacerla entre todos un poco mejor.  Porque las empresas son, además de las administraciones públicas, quienes tienen el poder de mover a los ciudadanos y configurar así el conjunto de valores sociales que nos rigen.

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