Me atrevería a afirmar que todas las concepciones de la empresa siguen el mismo patrón, tratando a contestar tres preguntas, que venimos haciéndonos desde el famoso artículo de Coase (1937): por qué existen empresas, hasta dónde llegan las empresas (o sea, que se hace dentro de la casa y qué se hace fuera), y cómo se organizan las cosas en la empresa
Otra vez las teorías sobre la empresa

El razonamiento general sería el siguiente. La empresa produce bienes y servicios para el mercado, para atender necesidades de los consumidores. Para llevar esto a cabo, la empresa busca recursos fuera, habitualmente en otros mercados: primeras materias, recursos financieros, trabajadores, etc.; los pone bajo la organización deldirectivo, producen y vende esos productos o servicios. Lo que queda dentro son unos costes, unos ingresos y unos beneficios, que se queda el propietario. Esto vale para todas las explicaciones.

El modelo neoclásico tradicional es muy sencillo. La competencia en el mercado se encarga de fijar los precios de venta (y los que hay que pagar a los recursos productivos). La presión del mercado lleva a los directivos a organizar la producción, de modo que el beneficio sea máximo. Bajo ciertas condiciones, el beneficio máximo lleva al óptimo social. La empresa cumple su función social: proporcionar bienes y servicios de manera eficiente. Punto final.

Pero las condiciones del óptimo no se cumplen nunca. Hay costes de transacción; hay que incentivar a los propietarios de recursos para que entran en la dinámica de cooperación que la empresa necesita; hay que animarles a que inviertan en capital humano, físico u organizacional específico; hay que procurar que los recursos desarrollen sus competencias o sus capacidades efectivas. ¡Ah!, y hay que conseguir que los directivos no engañen a los propietarios, dedicándose a jugar al golf en lugar de ganar más, o quedándose con parte de los beneficios. Y así van saliendo las distintas teorías de la empresa: costes de transacción, agencia, nexo de contratos, activos específicos, derechos de propiedad, competencias o capacidaades, conocimientos… Como en la historia del elefante descrito por un grupo de ciegos, cada uno cuenta un trozo de la realidad. Pero siempre sobre la base de que lo que hay que hacer es crear valor, valor económico, y eso es la eficiencia.

¿Qué aportan las teorías que incluyen la ética, la responsabilidad social, el bien común, las teorías humanísticas, el capitalismo responsable, la sostenibilidad, el capitalismo consciente y tantas otras? Fundamentalmente, dos cosas. En primer lugar, efectos medibles en dinero, no considerados en las teorías tradicionales: por ejemplo, el hecho de que la producción lleva consigo externalidades (contaminación, congestión, cambio climático, generación de conocimiento científico, conocimiento tácito, etc.), o nuevos riesgos (el que invierte en capital humano específico de la empresa contribuye a los beneficios de esta, pero él puede quedarse arrinconado y salir perdiendo). De alguna manera, es volver al modelo básico, presentado más arriba, y complicarlo con los fallos que se producen en ese planteamiento, que vienen a ser los fallos del mercado, tal como los conocemos desde siempre.

La otra cosa que aportan algunas teorías, como expliqué hace unas semanas en una serie sobre las teorías de stakeholders, es un concepto más amplio de valor creado en la empresa o a propósito de lo que hace la empresa: aprendizajes evaluativos, por ejemplo, que no son traducibles en dinero. Cuando decimos que la empresa es una comunidad de personas, no estamos dando un nombre más bonito a los que forman parte de la empresa (propietarios, directivos, empleados, etc.), sino diciendo que ahí, en esa comunidad, “pasan cosas”, cosas que no vienen dadas por los contratos, ni se miden en dinero, ni tienen solo implicaciones monetarias.

 

 

 

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