En las dos entradas anteriores de este serie presenté, primero, las teorías que llamé “humanistas” sobre la empresa, y su alternativa neoclásica, centrada en la maximización del valor para el accionista, como objetivo propio de la empresa o como recibido de la contribución de la empresa al óptimo de la sociedad
La empresa, vista desde la teoría de los stakeholders (III)

Y acabé introduciendo la teoría de los stakeholders y su tesis de que la empresa debe crear valor para todos los stakeholders, o para toda la sociedad.

El valor a que se refiere la teoría de los stakeholders podía ser puramente económico o no. Si era económico, no parece arriesgado decir que lo que proponía la teoría de los stakeholders era volver al paradigma neoclásico, ahora mejorado. Y esta vuelta admite dos interpretaciones.

La primera, instrumentalista, reafirma la gestión de la empresa en interés de los shareholders, pero reconoce que la complejidad del mundo actual no garantiza que eso se pueda conseguir fácilmente: el interés de los accionistas exige que la dirección se gane la cooperación de otros stakeholders. Esta solución ofrece una mayor legitimidad a la tesis de la maximización del valor para los stakeholders, pero no soluciona los problemas y debilidades de esa teoría.

Esto ha sido obviado por los muchos que han escrito sobre quiénes son los stakeholders, cómo identificarlos, cómo negociar con ellos, etc., sin entrar en el tema del objetivo de la empresa. Por tanto, podemos decir que, desde este punto de vista, la teoría de los stakeholders no es una teoría de la empresa ni de la gestión de la empresa, sino un enfoque o unas sugerencias para facilitar la tarea de los directivos que, para contentar a sus accionistas, deben tener en cuenta las motivaciones de los otros grupos de interés.

La otra interpretación de la tesis de la maximización del valor para todos, más amplia, enlaza también con la idea de que el objetivo de toda actividad económica es maximizar el valor económico para todos, y que el objetivo de la empresa debe ser hacer posible ese óptimo.Pero, como ya hemos dicho, los supuestos de ese óptimo no se cumplen, de modo que necesitamos un modelo que permita asegurar que, efectivamente, cumple esa función social de maximizar el valor para todos.

El problema es triple: primero, cómo identificar los obstáculos concretos que, en cada caso, impiden el cumplimiento del óptimo; segundo, cómo encontrar las soluciones adecuadas en cada caso, y tercero, cómo poner en práctica esas soluciones, de manera eficiente y sin crear conflictos graves.

Hay, de manera simplificada, tres modos de resolver estas cuestiones. Uno, descentralizado e impersonal, deja al mercado libre y competitivo, y a los intereses de los que participan en él, la identificación de los problemas y la búsqueda de las soluciones, que se pondrán en práctica por el interés que las partes tienen en su desarrollo. Otro, centralizado, es la vía legal y regulatoria: la opinión de los expertos, el criterio de los políticos y las presiones de las partes interesadas ofrecen la información y proponen las soluciones, que llevan a decisiones, democráticas o no, y que luego se ponen en práctica mediante medidas coactivas (impuestos, prohibiciones) o de estímulo (subvenciones).

La tercera vía es la de la teoría de los stakeholders; se trata de una vía descentralizada, a nivel de la empresa. La identificación de los problemas empieza con la identificación de los stakeholders, que se supone que tienen la información necesaria y los intereses para impulsar la búsqueda de las soluciones (por cierto, estos criterios no siempre afloran en los trabajos académicos sobre quiénes son esos stakeholders, etc.), y sigue con el diálogo con ellos. La búsqueda de soluciones puede estar delegada en los stakeholders, o resultar del diálogo con ellos, o tomarse unilateralmente por parte de la empresa. Y la puesta en práctica la lleva a cabo la organización, con más o menos colaboración de los stakeholders.

En la práctica, las tres soluciones están presentes en todos los casos. Lo que a nosotros nos interesa es si la aportación de la teoría de los stakeholders es viable, si es una alternativa preferible a las otras dos y en qué condiciones lo es. Y no es fácil ofrecer soluciones a estas cuestiones, quizás porque en los trabajos académicos se ha avanzado poco en las tres etapas, identificación, determinación de soluciones y puesta en práctica de los mismos. Conocemos bastante bien las limitaciones del mercado y de los procesos de decisión política y administrativa, pero tenemos todavía demasiadas incógnitas sobre los procesos de análisis, decisión e implementación cuando la empresa interactúa, abierta y voluntariamente, con sus grupos de interés. Pero es hora de dejar descansar al lector.

 

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