¿Puede ser humilde un directivo? Bueno, no solo puede, sino que debe serlo
La humildad en la dirección de empresas

Al menos eso es lo que he tratado de explicar en un artículo publicado recientemente en el Journal of Business Ethics, titulado “La humildad en la dirección” (aquí). La humildad no tiene buena prensa en el mundo de la empresa; parece que un directivo humilde debe ser apocado, tímido, algo cobarde, que se arruga ente los demás, que no sabe tomar decisiones… un mal líder, vamos. Pero planteémoslo de otra manera.

La humildad nos lleva a conocernos como somos (“humildad es andar en verdad”, decía Santa Teresa de Ávila). No deja que nos engañemos resaltando nuestras capacidades y realizaciones, ni subrayando nuestras deficiencias. Nos ayuda a valorar a los demás por lo que son, sin rebajarlos ni ensalzarlos, porque no planteamos las relaciones como una competición que afecta a nuestro ego. Nos abre a la opinión de los otros, que nos ayuda a conocernos mejor. Pensemos en el comportamiento de un directivo humilde en un equipo de trabajo: cómo escucha a los demás (que deben tener algo bueno que decir, ¿no?), cómo sopesa sus opiniones, cómo les anima a aportar, cómo delega, cómo admite sus errores y cómo asume los errores de su equipo, cómo reconoce los méritos de su equipo cuando llegan los éxitos…

Sí, un directivo humilde será, probablemente, un buen directivo. Claro que las vías por las que esto se pone de manifiesto son demasiado personales, de modo que, por ejemplo, no me parece correcto decir que un directivo humilde tendrá mayores beneficios; esto puede ser asi, o no, y la calidad profesional, humana y moral del directivo no depende de la cuenta de resultados. Ni de la opinión de los demás.

En el articulo ofrezco algunas ideas para desarrollar la capacidad de ser humilde. Y llego a una conclusión que siempre me ha parecido importante al tratar de las virtudes: solo el que se atreve a lanzarse a practicarlas entenderá por qué son buenas para él, para los demás, para la empresa y para la sociedad. Mientras uno siga mirando las cotizaciones de la bolsa como criterio de éxito, o mientras uno siga pensando en cómo le valoran los demás como lo más importante para su carrera, más difícil le resultará entender por qué ha de ser humilde. A lo más, buscará aparentar ser humilde… y el fracaso está servido.

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