
Según el documento, en 2023 se destinaron 7,3 billones de dólares a actividades perjudiciales para la naturaleza, frente a apenas 220.000 millones a soluciones basadas en la naturaleza, sobre todo conservación clásica. El sector privado fue responsable de 4,9 billones de financiación “nature‑negative” y apenas aportó 23.000 millones a proyectos positivos para la biodiversidad, dejando al sector público el grueso del esfuerzo. Este desequilibrio, advierte el WEF, supone un riesgo sistémico para la economía global y una gran oportunidad perdida para la inversión.
50 oportunidades de inversión en 13 sectores
El informe identifica más de 50 oportunidades de inversión “listas para desplegar” dentro de las cadenas de valor de 13 sectores clave, desde agricultura y alimentación hasta minería, moda, construcción, tecnología, automoción o gestión de residuos. Entre ellas figuran soluciones como la agricultura de precisión, fertilizantes sostenibles, alternativas proteicas, reciclaje avanzado de plásticos, biomanufactura química, recuperación de minerales de residuos o nuevos modelos de turismo ecológico.
Estas oportunidades se agrupan en cuatro arquetipos: mejoras operativas de rápida amortización, soluciones escalables que ya han demostrado viabilidad, innovaciones emergentes con alto potencial de transformación y oportunidades de ecosistema que exigen coordinación a gran escala entre múltiples actores. La mayoría genera beneficios ambientales y también co‑beneficios climáticos y sociales, desde reducción de emisiones y contaminación hasta creación de empleo y mayor resiliencia de las comunidades.
Naturaleza y rentabilidad, una misma agenda
El WEF subraya que la inversión “nature‑positive” no debe verse solo como filantropía o responsabilidad social, sino como un vector central de competitividad y gestión de riesgos. Cita estimaciones según las cuales la economía verde en sentido amplio —incluyendo agua, reciclaje o energía limpia— alcanzó cerca de 8 billones de dólares de capitalización bursátil en 2024 y ha superado al conjunto del mercado de renta variable global desde 2008. La clave, según el informe, es dejar de limitar la financiación a proyectos de conservación y restauración y ampliar el foco a la transformación de procesos, productos y cadenas de suministro en todos los sectores.
Qué deben hacer los bancos y los inversores
El documento propone cinco líneas de acción para que las instituciones financieras movilicen capital a gran escala hacia la economía de la naturaleza.
El WEF concluye que ya existe una “batería” amplia de proyectos listos para recibir capital y que pueden pasar de intervenciones aisladas a transiciones sectoriales si encuentran financiación adecuada y marcos regulatorios favorables. Casos como el préstamo sindicado de 700 millones de euros coordinado por ING para la cafetera Sucafina, ligado a objetivos de trazabilidad, deforestación cero y agricultura regenerativa, ilustran cómo la banca puede empezar a alinear rentabilidad, clima y naturaleza en operaciones de gran volumen. El reto, apunta el informe, es redirigir paulatinamente los 4,9 billones de flujos privados “nature‑negative” hacia estas 50 oportunidades concretas, de forma que la protección de los ecosistemas pase de ser un coste a ser un motor central de crecimiento económico.