
Según datos de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) citados en la carta, en 2024 la inversión mundial en energía alcanzó un récord de 2 billones de dólares, con dos dólares destinados a tecnologías limpias por cada dólar en combustibles fósiles. En el sector eléctrico, las renovables y otras tecnologías limpias superaron a los fósiles por diez a uno. Esta tendencia responde tanto a la urgencia climática como a la necesidad de reforzar la seguridad energética y el crecimiento económico.
Pese a los avances, la carta advierte que las inversiones se concentran en unas pocas regiones, dejando atrás a los países más vulnerables. En África, por ejemplo, solo llegaron 40.000 millones de dólares —apenas el 2% del total—, una cifra insuficiente para garantizar el acceso universal a la energía. Se estima que, de no actuar, 550 millones de personas seguirán sin electricidad en 2030 y que cada año mueren 600.000 personas por enfermedades respiratorias vinculadas al uso de combustibles contaminantes para cocinar.
En el sudeste asiático, el déficit de financiación asciende a 47.000 millones de dólares anuales hasta 2035. Las pequeñas islas del Pacífico, con gran potencial solar y eólico, se ven limitadas por la falta de almacenamiento asequible y de interconexiones eléctricas. En América Latina, pese a contar con uno de los mixes energéticos más limpios del mundo y abundantes recursos naturales, la dependencia de los fósiles y la falta de financiación estable obstaculizan su despegue.
Para enfrentar estos retos, se ha creado el Global Energy Transitions Forum, un espacio que busca movilizar financiación, reducir riesgos de inversión y facilitar la cooperación internacional. La carta subraya la importancia de iniciativas regionales como la Partnership for Renewable Energy in Africa, el ASEAN Power Grid o la Iniciativa Africana de Industrialización Verde, que muestran cómo los países pueden liderar su propia transformación energética.
El objetivo compartido es claro: triplicar la capacidad global de renovables y duplicar la eficiencia energética para 2030, además de impulsar combustibles sostenibles que sustituyan a los fósiles. Todo ello con la meta de alcanzar los 11 teravatios de capacidad instalada en energías limpias en esta década.
La carta recuerda que la próxima COP30 en Brasil será clave para fijar nuevas Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés) más ambiciosas y, sobre todo, traducirlas en inversiones concretas que transformen la vida de millones de personas. Para ello, pide reformar la arquitectura financiera internacional y garantizar que los bancos de desarrollo apoyen con fuerza la transición energética justa.
“El mundo ya está avanzando hacia un futuro renovable; lo que necesitamos ahora es asegurarnos de que nadie quede atrás”, concluye la carta conjunta, que hace un llamamiento a líderes políticos y al sector privado a unir fuerzas para construir un futuro sostenible, equitativo y próspero para todos.