
El slow travel ha ganado terreno en el panorama turístico español. Según un informe reciente de Felicesvacaciones.es, el 55 % de los viajeros nacionales prefieren destinos singulares y estancias más largas, en lugar de itinerarios apresurados y congestionados. Más allá de sumar destinos, esta forma de viajar apuesta por conectar profundamente con la cultura local, respetar el entorno y fomentar el bienestar personal.
Al sustituir vuelos y desplazamientos rápidos por opciones más sostenibles —tren, bicicleta o caminatas— el slow travel reduce significativamente la huella de carbono. Además, al favorecer estancias prolongadas en destinos menos masificados, mitiga la presión sobre enclaves turísticos muy demandados, como ocurre en lugares como Barcelona o las Baleares. Este enfoque también contribuye a una distribución más equitativa del turismo en el territorio.
Los expertos advierten que el slow travel también alienta la pausa y la desconexión: se reduce el estrés, se disfruta más del entorno y se vive una experiencia más auténtica. Además, este modelo aporta ventajas económicas tanto para el viajero como para las comunidades receptoras. Se calcula que quienes adoptan esta filosofía gastan menos en transporte y alojamiento, pero invierten más en productos y servicios locales. Así, contribuyen de forma más directa al desarrollo económico de las zonas visitadas. Asimismo, el auge del turismo lento está impulsando nuevas oportunidades laborales, especialmente en sostenibilidad, marketing digital turístico y gestión del territorio.
Sin dudas, este verano, el slow travel se perfila como una opción ideal para quienes buscan unas vacaciones distintas: menos apresuradas, más conscientes y responsables. Promueve una inmersión de calidad, una experiencia memorable y un impacto positivo —para el viajero y para los destinos—, marcando un cambio de paradigma en la forma de descubrir España.