
La lucha contra el cambio climático atraviesa un momento decisivo. Aunque evitar que la temperatura media mundial supere los 1,5 °C respecto a la era preindustrial ya no parece posible, todavía existe margen para reducir la magnitud y duración de ese exceso. Así lo sostiene el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), que reclama acelerar la descarbonización de la economía mundial y transformar los compromisos internacionales en medidas concretas.
Según el organismo de Naciones Unidas, limitar el pico de calentamiento a una horquilla de entre 1,7 y 1,8 °C, previsiblemente hacia mediados de siglo, exigiría recortar las emisiones globales un 18 % para 2030, un 45 % para 2035 y un 69 % para 2040. El objetivo sería reducir al mínimo el tiempo durante el cual se supera el umbral de París y recuperar una trayectoria compatible con los 1,5 °C antes de que termine el siglo.
El secretario general de la ONU, António Guterres, ha insistido en que superar temporalmente ese límite no debe interpretarse como una derrota definitiva. Por el contrario, considera imprescindible mantener la ambición climática y evitar que el aumento de las temperaturas alcance niveles todavía más peligrosos.
El informe también identifica avances que permiten mantener cierto margen de actuación. Desde la aprobación del Acuerdo de París en 2015, las energías renovables han experimentado una expansión significativa, mientras que el crecimiento del suministro energético procedente del carbón y del petróleo ha sido inferior al previsto. Además, las políticas climáticas aplicadas en numerosos territorios han contribuido a contener las emisiones.
No obstante, estos progresos resultan insuficientes frente a la magnitud del desafío. Si los gobiernos mantienen sus políticas actuales, el calentamiento global podría alcanzar los 2,8 °C durante este siglo y continuar aumentando posteriormente.
La directora ejecutiva del PNUMA, Inger Andersen, ha advertido de que cada incremento adicional de temperatura intensifica los riesgos asociados a la crisis climática. Las inundaciones mortales, las olas de calor extremas y los incendios forestales registrados en numerosos países durante este año evidencian las consecuencias de retrasar la acción. Por ello, ha defendido la necesidad de limitar cuanto antes el máximo calentamiento y trabajar para regresar a los 1,5 °C a finales de siglo.
Aunque las emisiones mundiales se estancaron en 2025, su evolución fue muy desigual entre países. Estados Unidos registró el mayor incremento absoluto, con 133 megatoneladas adicionales de dióxido de carbono equivalente (MtCO₂e), una unidad que permite expresar conjuntamente el impacto climático de distintos gases de efecto invernadero.
El aumento estuvo relacionado principalmente con una mayor demanda de electricidad y el repunte de la generación energética mediante carbón. La diferencia respecto a otros países fue considerable: Turquía ocupó el segundo lugar, con 24,4 MtCO₂e adicionales, seguida de Irán, con 18,9, e Indonesia, con 17,4.
El PNUMA identifica además la retirada formal de Estados Unidos del Acuerdo de París como uno de los dos factores que explican el deterioro de las proyecciones climáticas respecto al informe anterior. El segundo corresponde a una revisión de las estimaciones históricas de emisiones.
A esta situación se añade la falta de actualización de determinados compromisos internacionales. Estados Unidos es el único país incluido en el Anexo I de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que no ha presentado su inventario de emisiones desde 2024. Asimismo, junto con Argentina y Arabia Saudí, figura entre los tres integrantes del G20 que todavía no han comunicado nuevos objetivos de reducción para 2035.
Uno de los aspectos más relevantes del análisis del PNUMA es la advertencia sobre la interpretación de los datos internacionales. Aunque la distancia entre los compromisos climáticos y las políticas efectivamente aplicadas para 2030 parece haberse reducido respecto al año anterior, esa evolución no responde a una mayor ambición de los gobiernos.
La explicación está en un cambio metodológico relacionado con Estados Unidos. Tras su salida del Acuerdo de París, su contribución nacional dejó de incorporarse a los cálculos globales y fue sustituida por una estimación de emisiones basada en las políticas actualmente vigentes, que contempla niveles superiores.
Como consecuencia, la aparente reducción de la denominada brecha de implementación responde fundamentalmente a una modificación de los cálculos y no a una disminución efectiva de las emisiones previstas. Si se excluye este ajuste, el informe concluye que la distancia entre los objetivos anunciados y su ejecución apenas ha variado.
Este resultado pone de manifiesto uno de los principales obstáculos de la gobernanza climática internacional: la diferencia persistente entre los compromisos que asumen los países y las transformaciones que realmente llevan a cabo.
El análisis también muestra que la responsabilidad climática está distribuida de manera desigual. Durante 2025, países como China, India, Indonesia y Rusia registraron incrementos o variaciones en sus emisiones, aunque sus trayectorias presentan diferencias importantes.
En India, el despliegue de las energías renovables permitió interrumpir una tendencia de rápido crecimiento de las emisiones. China, por su parte, podría aproximarse a su máximo nivel de emisiones durante los próximos años, un punto a partir del cual comenzarían a descender.
La perspectiva de la última década refleja, sin embargo, que las reducciones todavía están lejos de compensar los aumentos. Un total de 124 países incrementaron sus emisiones, acumulando 7,2 gigatoneladas adicionales de CO₂ equivalente, mientras que otros 63 lograron reducirlas en conjunto 1,8 gigatoneladas.
El peso de las principales economías continúa siendo determinante. El G20, sin incluir a la Unión Africana, representa aproximadamente el 76 % de las emisiones globales. De los 17 miembros considerados en el informe, únicamente 14 han presentado nuevos objetivos climáticos para 2035.
Además, las contribuciones nacionales comunicadas desde el año pasado apenas modifican las perspectivas globales: su efecto sobre las emisiones proyectadas es prácticamente nulo.
Las diferencias también son significativas cuando se analiza la contaminación por habitante. Estados Unidos, Rusia, China y la Unión Europea mantienen emisiones per cápita superiores a la media mundial de 6,4 toneladas de CO₂ equivalente por persona. En cambio, India e Indonesia registran niveles considerablemente inferiores.
Estas desigualdades reflejan la importancia de considerar tanto las emisiones actuales como las acumuladas históricamente al abordar las responsabilidades de los distintos países frente a la crisis climática.
Ante este escenario, el PNUMA reclama pasar de los anuncios a la ejecución efectiva de los acuerdos internacionales. El informe considera prioritario acelerar las medidas establecidas durante el primer Balance Mundial del Acuerdo de París, desarrollado entre 2021 y 2023 para evaluar los avances colectivos frente al cambio climático.
Entre las principales prioridades se encuentran triplicar la capacidad instalada de energías renovables y duplicar el ritmo anual de mejora de la eficiencia energética antes de 2030. También se plantea avanzar en el abandono de los combustibles fósiles en los sistemas energéticos, reducir las emisiones de gases distintos del CO₂ y detener y revertir la deforestación.
Sin embargo, el organismo advierte de que los avances alcanzados hasta ahora son insuficientes en la mayoría de estos ámbitos.
El informe establece asimismo objetivos específicos para reducir la dependencia de las fuentes de energía más contaminantes. Para mantener el escenario de menor exceso de calentamiento, la participación del carbón en el suministro energético total debería disminuir al menos un 55 % para 2035 respecto a 2025. En el caso del petróleo, la reducción necesaria sería del 15 %, mientras que para el gas se situaría en el 5 %.
Las exigencias aumentarían durante la siguiente década. Para 2040, el peso del carbón debería haberse reducido un 75 %, el del petróleo un 30 % y el del gas un 35 %, siempre tomando como referencia los niveles de 2025.
El próximo gran escenario de negociación será la COP31, que se celebrará en Antalya, Turquía, donde comenzará el segundo Balance Mundial del Acuerdo de París.
Este proceso permitirá revisar nuevamente los avances colectivos y podría servir para reforzar las prioridades internacionales de reducción de emisiones. El PNUMA plantea aprovechar esta instancia para ampliar los objetivos cuantificados hasta 2035 y 2040, así como concretar las metas ya acordadas.
El desafío no consiste únicamente en aprobar nuevos compromisos, sino en garantizar que se traduzcan en políticas energéticas, industriales y ambientales capaces de transformar las tendencias actuales.
El mensaje central del informe es que superar los 1,5 °C no elimina la necesidad de actuar, sino que aumenta su urgencia. Cada décima de grado que pueda evitarse contribuirá a reducir los impactos sobre los ecosistemas y las poblaciones. La diferencia entre un planeta que alcance temporalmente los 1,7 °C y otro que avance hacia los 2,8 °C dependerá, en buena medida, de las decisiones que adopten los gobiernos durante los próximos años.