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Un nuevo informe de World Vision revela las profundas diferencias en el acceso a los alimentos entre países: mientras que en algunas economías basta con trabajar poco más de una hora para comprar una cesta básica, en otras se necesita casi un mes de ingresos. La organización advierte de que el encarecimiento de la comida amenaza la salud, el desarrollo y las oportunidades de millones de niños y niñas.
Comer bien, un lujo para millones de niños

El acceso a una alimentación suficiente y nutritiva continúa siendo uno de los grandes desafíos sociales a escala mundial. Aunque las cifras globales del hambre muestran una evolución favorable, millones de familias siguen sin disponer de ingresos suficientes para cubrir sus necesidades alimentarias. Esta realidad afecta especialmente a la infancia, que soporta las consecuencias más graves de la pobreza y la desigualdad.

Así lo advierte la ONG World Vision en su informe Price Shocks, que analiza las dificultades económicas que afrontan los hogares para adquirir alimentos en 62 países. A través de su quinta encuesta anual sobre el coste de la cesta de la compra, la organización compara los precios de un conjunto estándar de productos alimentarios con los salarios medios de cada país, poniendo de manifiesto las enormes diferencias en el poder adquisitivo de las familias.

Los resultados muestran una brecha especialmente pronunciada entre las economías más ricas y aquellas con menores recursos. En países como Irlanda, Estados Unidos y Reino Unido, una persona trabajadora puede adquirir la cesta analizada con poco más de una hora de salario. En España, el tiempo necesario asciende a dos horas y media. Sin embargo, en otros territorios hacen falta jornadas enteras, semanas e incluso prácticamente un mes de ingresos.

La situación más extrema entre los ejemplos recogidos se observa en la República Centroafricana, donde comprar los mismos alimentos exige cerca de 30 días de trabajo.

Cuando comer se convierte en una decisión imposible

Detrás de estas diferencias económicas se encuentran historias de familias obligadas a modificar radicalmente su alimentación. Es el caso de Khin, una mujer que vive en la región de Yangón, en Myanmar, y tiene ocho hijos a su cargo.

El conflicto, los desplazamientos y las dificultades económicas han reducido considerablemente su capacidad para comprar comida. Productos que antes formaban parte de la dieta familiar, como el pescado o el pollo, han dejado de estar a su alcance. Ahora debe recurrir a los ingredientes más económicos para alimentar a sus hijos.

«Hay días en los que mis hijos comen arroz solo con aceite y sal. Esto ya no es algo ocasional; se ha convertido en una realidad cotidiana», relata Khin en el testimonio recogido por World Vision.

Su experiencia ilustra una problemática que trasciende las fronteras de Myanmar. Cuando los precios aumentan y los ingresos resultan insuficientes, numerosos hogares se ven obligados a reducir las cantidades de comida, sustituir alimentos nutritivos por opciones más baratas, contraer deudas o desprenderse de sus pertenencias para poder subsistir. En las situaciones más graves, directamente dejan de comer.

El informe también evidencia que las dificultades persisten pese a la mejora de algunos indicadores internacionales. Según la edición de 2026 de El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (SOFI), el hambre mundial se ha reducido por tercer año consecutivo. No obstante, los progresos son desiguales y aproximadamente una de cada tres personas sigue sin poder permitirse una dieta saludable.

La infancia, la más perjudicada por la crisis alimentaria

Las consecuencias de una alimentación insuficiente van mucho más allá de la sensación de hambre. Durante la infancia, la falta de nutrientes esenciales puede comprometer el crecimiento, el desarrollo cerebral y las defensas del organismo, además de incrementar el riesgo de enfermedades y mortalidad.

De acuerdo con las estimaciones recogidas en el Informe Mundial sobre las Crisis Alimentarias, en 2025 alrededor de 35,5 millones de niños y niñas sufrían malnutrición aguda en todo el mundo. De ellos, casi 10 millones se encontraban en una situación grave.

Estas carencias también pueden repercutir en las posibilidades de aprendizaje y en el bienestar futuro de quienes las padecen. Algunos de sus efectos persisten durante años e incluso hasta la vida adulta, sin que siempre sea posible revertir completamente los daños.

Desde esta perspectiva, World Vision insiste en que el precio de los alimentos no debe interpretarse únicamente como una variable económica. Su evolución está directamente relacionada con el ejercicio de derechos fundamentales, especialmente el derecho de la infancia a una alimentación adecuada, a la salud y a un desarrollo pleno.

Los conflictos y el cambio climático agravan la inseguridad alimentaria

La presión sobre los presupuestos familiares no responde exclusivamente a las variaciones de los precios. Las guerras, los desplazamientos forzosos, la inestabilidad económica y los impactos del cambio climático también deterioran las condiciones necesarias para garantizar el abastecimiento de alimentos.

Estos factores pueden destruir medios de vida, interrumpir las cadenas de suministro, alterar el funcionamiento de los mercados y dificultar que las comunidades accedan a productos nutritivos.

El análisis de World Vision refleja que el encarecimiento de la alimentación sigue siendo una tendencia preocupante. Entre los 47 países para los que existen datos comparables, 33 registraron incrementos en el coste de la cesta de la compra, frente a 14 donde se produjeron descensos. Además, la subida media fue considerablemente superior a la reducción media observada.

Esta evolución amenaza con profundizar las desigualdades existentes y aumentar la vulnerabilidad de los hogares que ya destinan buena parte de sus recursos a cubrir necesidades básicas.

World Vision reclama medidas urgentes para garantizar el derecho a la alimentación

Ante este escenario, la organización humanitaria reclama una respuesta coordinada de los gobiernos, las empresas, los donantes y las instituciones internacionales. Su principal reivindicación es que la posibilidad de acceder a alimentos suficientes y saludables ocupe un lugar prioritario en las políticas públicas y en las estrategias de cooperación.

Entre las actuaciones propuestas destaca el fortalecimiento de los sistemas de protección social y la ampliación de los programas de alimentación escolar, herramientas fundamentales para proteger a los niños y niñas cuando sus familias atraviesan dificultades económicas.

World Vision también considera imprescindible aumentar la inversión en sistemas alimentarios locales capaces de resistir futuras crisis y reforzar los medios de vida de las comunidades. Esta transformación requiere abordar simultáneamente los factores económicos, climáticos y vinculados a los conflictos que limitan el acceso a una nutrición adecuada.

Asimismo, la ONG subraya la necesidad de garantizar una asistencia alimentaria rápida y nutritiva a las poblaciones afectadas por la violencia y los desplazamientos, sin perder de vista la construcción de soluciones duraderas que permitan avanzar hacia la seguridad alimentaria.

Las conclusiones del informe recuerdan que reducir las cifras mundiales del hambre no resulta suficiente si persisten barreras económicas que impiden a millones de personas alimentarse adecuadamente. Garantizar que todas las familias puedan acceder a una dieta saludable constituye una cuestión de justicia social y de protección de los derechos de la infancia, especialmente en un contexto internacional marcado por las crisis económicas, los conflictos y la emergencia climática.

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