
La digitalización ha cambiado la manera de trabajar, estudiar, comunicarse, consumir información y acceder a numerosos servicios. Cada una de estas actividades depende de una infraestructura tecnológica que permanece en gran medida fuera de la vista de quienes la utilizan.
Antenas, redes de telecomunicaciones, cables, servidores, centros de datos y millones de dispositivos permiten que la información circule prácticamente de forma instantánea. Sin embargo, el funcionamiento y la fabricación de toda esta infraestructura necesitan energía y recursos naturales.
Esta realidad está impulsando un concepto cada vez más relevante dentro de la transición ecológica: la conectividad sostenible.
El término no se limita a disponer de una conexión rápida o de una buena cobertura. La conectividad sostenible busca que el desarrollo de las tecnologías digitales sea compatible con la reducción de su impacto ambiental y, al mismo tiempo, contribuya a ampliar el acceso a las oportunidades que ofrece la digitalización.
Esto supone prestar atención a todo el ciclo de vida tecnológico. La huella comienza con la obtención de los materiales necesarios para fabricar dispositivos y equipos, continúa durante su funcionamiento y termina con la gestión de los aparatos cuando dejan de utilizarse.
La energía necesaria para mantener redes y servidores es otro de los elementos centrales. A medida que crecen el tráfico de datos, los servicios digitales y las necesidades de almacenamiento y procesamiento, aumenta también la importancia de mejorar la eficiencia de estas infraestructuras.
Los centros de datos ocupan un lugar especialmente relevante en este debate. Estas instalaciones concentran los sistemas informáticos necesarios para almacenar, procesar y distribuir grandes cantidades de información.
Su funcionamiento requiere electricidad, mientras que determinados sistemas utilizados para refrigerar los equipos también necesitan agua. Por ello, mejorar su eficiencia energética e hídrica y avanzar en el abastecimiento mediante fuentes renovables son cuestiones cada vez más vinculadas al desarrollo sostenible de la economía digital.
El desafío adquiere todavía mayor importancia ante el crecimiento de tecnologías que necesitan una elevada capacidad de computación, entre ellas la inteligencia artificial.
La sostenibilidad digital también obliga a mirar qué ocurre con teléfonos móviles, ordenadores y otros equipos tecnológicos cuando son sustituidos.
Prolongar su vida útil, facilitar la reparación, reutilizar componentes y recuperar materiales son principios relacionados con la economía circular que pueden contribuir a disminuir la generación de residuos electrónicos y la demanda de nuevos recursos.
Desde esta perspectiva, una conectividad más sostenible no depende únicamente de cómo funcionan las redes. También requiere reconsiderar la fabricación, utilización, reparación y final de vida de los dispositivos que permiten acceder a ellas.
La sostenibilidad de la conectividad incorpora además una dimensión de inclusión. Tener cobertura disponible no significa necesariamente poder beneficiarse plenamente de la transformación digital.
El coste de los dispositivos y de la conexión, la calidad del servicio y las capacidades necesarias para utilizar las tecnologías condicionan las posibilidades reales de acceso. Reducir la brecha digital implica, por tanto, avanzar hacia una conectividad que permita participar de manera efectiva en un entorno donde cada vez más actividades dependen de internet.
La transición digital plantea así dos desafíos simultáneos: conectar a más personas y hacerlo reduciendo la presión ambiental de las infraestructuras necesarias para conseguirlo.
La tecnología no solo genera impactos ambientales. También ofrece herramientas que pueden utilizarse para mejorar la gestión de recursos y apoyar las respuestas frente al cambio climático.
El análisis de datos, los sensores y otras soluciones digitales pueden contribuir a controlar consumos energéticos, observar cambios ambientales, gestionar determinadas infraestructuras con mayor eficiencia o mejorar los sistemas de información y alerta.
Por eso, el debate sobre conectividad sostenible no plantea frenar la digitalización, sino orientar su desarrollo para que sus beneficios puedan aprovecharse reduciendo al mismo tiempo sus costes ambientales.
En un mundo cada vez más conectado, la calidad del progreso digital dependerá también de la energía, el agua y los materiales necesarios para sostenerlo, de los residuos que genere y de su capacidad para llegar al conjunto de la sociedad. Integrar eficiencia, energías renovables, circularidad e inclusión será fundamental para acercar dos transformaciones que necesariamente tendrán que avanzar juntas: la digital y la ecológica.