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Durante años la sostenibilidad empresarial se contó con placas solares en la portada, informes de cien páginas y objetivos a 2050. Funcionó mientras nadie pidió la factura. La factura llega ahora en forma de parada de producción, de garantía que pierde valor o de recibo de la luz que desordena la cuenta de resultados.
Larry Fink no ha dejado la sostenibilidad: la ha metido en la sala de máquinas

Me encanta leer las cartas anuales de Larry Fink porque permiten seguir este cambio. En 2016 el presidente de BlackRock ya atribuía al clima, la diversidad y la calidad del consejo un impacto “real y cuantificable”. En 2020 popularizó la frase “el riesgo climático es riesgo de inversión”. Después retiró la etiqueta ESG y bajó el tono, en parte porque la sigla provoca reacciones viscerales en Estados Unidos, y BlackRock gestiona el dinero de quienes reaccionan.

La tesis de fondo, sin embargo, se ha reforzado. Su Investment Institute habla ahora de transición y resiliencia, y señala cuellos de botella muy físicos: redes, almacenamiento, baterías, materiales críticos y capacidad de generación, a los que suma la demanda eléctrica de la inteligencia artificial.

El cambio va más allá de BlackRock. En el último estudio de FTSE Russell entre grandes propietarios de activos, la gobernanza, la fiscalidad y los derechos de los accionistas aparecen como su principal prioridad de sostenibilidad, por delante de otros asuntos tradicionalmente asociados al ESG. Cuando el riesgo se vuelve complejo, la ventaja está en decidir mejor.

La pregunta que importa es si una empresa podrá operar con energía suficiente y asequible, si su cadena de suministro aguantará una crisis geopolítica y si sus activos resistirán riesgos físicos cada vez menos excepcionales. Son preguntas de competitividad.

El agua lo ilustra bien, y en España mejor que en casi ningún sitio. La sequía de 2023 dejó pérdidas cercanas a los 5.500 millones de euros, según Aon. Este verano en Galicia hemos tenido múltiples restricciones de agua, algo difícil de imaginar hasta hace muy poco. El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea calcula que, con tres grados de calentamiento, España acusaría pérdidas en torno a unos 1.500 millones anuales, concentrados en agroalimentario, energía y abastecimiento urbano. WWF ha llevado ese diagnóstico al balance de la banca en un informe con la Universidad de Alcalá: el riesgo hídrico erosiona ingresos, calidad crediticia y valor de las garantías. Es análisis de riesgos puro.

Hay además otra frontera que empieza a moverse. Por primera vez, FTSE Russell pregunta específicamente a los inversores por los riesgos vinculados a tecnología e inteligencia artificial como una cuestión de sostenibilidad y aproximadamente uno de cada cuatro ya los considera prioritarios. La frontera entre sostenibilidad, tecnología y gestión del riesgo empieza a desdibujarse. Que un fallo de IA pueda convertirse en un problema de sostenibilidad habría sonado extraño hace apenas unos años. Hoy ya forma parte de la agenda de los grandes inversores.

Y sin embargo seguimos tratando todo esto en compartimentos estancos. Sostenibilidad mide emisiones, riesgos revisa mapas, operaciones busca proveedores alternativos y finanzas calcula el coste de capital. El riesgo, entretanto, llega mezclado. Una sequía encarece a la vez la energía y las materias primas, y una restricción geopolítica frena una tecnología limpia. Cuando la demanda eléctrica de la inteligencia artificial tensiona la red y un evento extremo para la fábrica, el golpe alcanza al mismo tiempo a clientes, aseguradoras y bancos. Los riesgos rara vez respetan el organigrama.

Para justificar la inversión basta con sumar el coste de no gestionar estos riesgos: paradas, primas de seguro, volatilidad de suministro, litigios, financiación más cara, mercados que se cierran.

En mi experiencia, lo que suele fallar es la traducción de la ambición estratégica: se aprueban objetivos ambiciosos sin saber qué le pasa al margen, al activo o a la liquidez si el escenario se tuerce. Tres preguntas ayudan a cerrar esa distancia.

  • ¿Cuáles son nuestras dependencias físicas y geográficas (agua, energía, proveedores, datos) y cuánto duelen si fallan?
  • ¿Hemos traducido los escenarios climáticos y geopolíticos a impacto en márgenes, activos, crédito y liquidez?
  • ¿Qué inversiones protegen a la vez la continuidad y la capacidad de crecer?

El propio estudio de FTSE Russell describe una integración cada vez más profunda de estos factores en la práctica cotidiana de inversión, aunque hoy sean menos visibles. Es lo que pasa con todo lo que baja a la sala de máquinas: se ve menos y pesa más.

La sostenibilidad bien gobernada no promete un mundo sin riesgos. Prepara a la empresa para seguir creando valor cuando el contexto deja de ayudar. Esa es la parte menos vistosa del debate y también la que decide.

Hace cinco años escribíamos sobre descarbonización. Hoy empezamos a escribir sobre continuidad del negocio. Dentro de unos años probablemente hablaremos de la empresa físicamente operable: con agua, energía, infraestructuras, proveedores y tecnología suficientes para seguir funcionando cuando algo falle.

Larry Fink cambiará de etiqueta tantas veces como le convenga, pero la sala de máquinas seguirá donde está. Lo único que cada consejo de administración tiene que decidir es si baja a verla antes o después de que algo se rompa.

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Opiniónetiqueta ESG

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