
En un mundo cada vez más marcado por la prisa, la indiferencia y el culto al individualismo, el voluntariado emerge como un gesto de valentía y rebeldía. Ser voluntario hoy no solo significa ayudar, sino también desafiar la apatía, apostar por la empatía y creer que todavía es posible transformar la realidad.

El último Edelman Trust Barometer lo deja claro: el 63 % de las personas confía más en las empresas que en los gobiernos para resolver los grandes retos sociales y ambientales y les exige mayor responsabilidad para actuar en aquellas materias sobre las que tienen impacto directo. Pero, al mismo tiempo, la ciudadanía penaliza cada vez más cualquier intento de greenwashing o social-washing. No basta con comunicar sostenibilidad: hay que demostrarla.

2025 es un momento clave para la sostenibilidad empresarial y la transparencia corporativa, marcado por ser el primer año en el que ya se presentan informes acordes a la Directiva de Informes de Sostenibilidad Corporativa (CSRD), bien por empresas obligadas o por aquellas que han decidido anticiparse. También por ser el año en el que se concreta el paquete Omnibus de la Comisión Europea.

Imagina que el 83% de tus clientes abandonara tu marca mañana al descubrir que tu compromiso con la sostenibilidad es superficial. Según PwC, esto ya ocurre: los inversores penalizan a las empresas que tratan los criterios ESG como un mero trámite. En la era de la transparencia radical, cumplir normativas es el mínimo. La pregunta incómoda es: ¿Buscamos solo evitar multas o construir relevancia para 2030?

La inteligencia artificial no es ciencia ficción. Creo que este axioma lo tenemos claro. Hemos vivido ya diferentes olas digitales y evoluciones tecnológicas que nos han hecho darnos cuenta de que no se trata de futuro sino de presente.

La sostenibilidad y la responsabilidad social corporativa (RSC) son parte del día a día de cualquier empresa que quiera estar preparada para el futuro. Con nuevas normativas europeas como la CSDDD y la CSRD, las empresas están llamadas no solo a gestionar sus impactos sociales y ambientales, sino también a comunicar su compromiso de forma transparente.

La adaptación al cambio climático es una tarea colectiva. Exige poner en juego una pluralidad de conocimientos y estrategias, capaces de responder a problemáticas complejas y cambiantes.

“I’m only human after all…” (Solo soy humano después de todo) Así arranca Rag’n’Bone Man el estribillo de su famoso tema “Human”. Y creo que, pocas frases describen mejor el reto al que se enfrentan los líderes actuales en una era en la que la Inteligencia Artificial se cuela por cada rendija de nuestro día a día.

Es difícil ignorarlo: apagones, incendios y fenómenos como la DANA han paralizado territorios, alterado suministros y puesto en riesgo la seguridad alimentaria. No son hechos aislados, sino señales de un planeta extenuado que exige una urgente readaptación. La sostenibilidad ya no es reputación ni tendencia: es clave para la competitividad, el liderazgo y la supervivencia empresarial. Debería ser el ADN del negocio.

Cada vez que hablamos de inclusión laboral, solemos pensar en procesos, herramientas, formación, cultura corporativa, pero hay una serie de preguntas que deberían ir antes que todas estas cuestiones, para que esta inclusión sea real: ¿puede la persona desempeñar su puesto de trabajo teniendo una discapacidad? ¿Se preocupa la empresa de adaptar ese puesto de trabajo?