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El jueves pasado asistí a la presentación del anuario de Media Responsable en Madrid. Dos datos estremecedores entresacados de contexto y una opinión muy interesante, por la que debemos llegar al fin del buenismo (con la que coincido plenamente) y una opinión con la que estoy profundamente en desacuerdo, la de que la organización no le debe nada al entorno en el que opera, me han hecho pensar sobre el origen del problema que aqueja al mundo en el que vivimos, el mundo del consumismo desaforado. En estas líneas, una clave: el problema es de las alcachofas.

 

 

El pasado jueves fue la presentación del Anuario de Media Responsable. Más que un foro de buenas prácticas asistimos a una reflexión en voz alta respecto a la responsabilidad social en tiempos de crisis. Entre todas las ponencias, entresaco varios datos que juntos, impactan. En la época de oro de la responsabilidad social la relación de los sueldos más bajos a los más altos en una corporación han pasado de una relación 1 a 30 en Europa, 1 a 35 en EUA a una relación de 1 a 470. Es normal que mucha gente de bien esté indignada con los altos ejecutivos, con el plan de rescate del gobierno y el dinero que no llega a los de siempre. Es de suponer que esa indignación aumente en la medida que las consecuencias de la crisis se hagan más evidentes y amplíen su impacto, porque todo hace pensar que vamos directos a los 4 millones y medio de parados en España, con lo que este aspecto va a repercutir en la morosidad de las economías familiares, en las empresas y en la caída del consumo.

 

En estos tiempos precarios en los que lo que dábamos por supuesto ya está en entredicho, el trabajo, cómo despiden las empresas a sus trabajadores pasa a ser un tema importante. Pasa a ser una empresa responsable aquella que no despide indiscriminadamente a sus trabajadores y lo hace de buena forma.

Otro dato impactante. Estamos gastando el 130% de los recursos del planeta. No me queda muy clara la base de cálculo pero algo me hace pensar que el dato no es bueno… para el planeta. Más si pensamos que seguramente el 80% de la población aguanta con el 5% de los recursos, más o menos.

 

Aparte de estos dos datos, me llamó especialmente la atención la intervención de Alberto Andreu, de Telefónica, cansado de tanto buenismo, en referencia a la actividad filantrópica de las empresas, alejada de la realidad del negocio y del foco estratégico de la organización.

 

 Coincido plenamente con Alberto en que una organización que decida hacer obra social, ya sea desde la propia corporación, ya sea desde una fundación bajo su paraguas, debería hacerla alejándose lo más posible de las actividades filantrópicas, de una forma estructurada, profesional, y con un hilo conductor paralelo al del negocio que lo posibilita (y al que apoya). Por poner un ejemplo, es maravilloso que Telefónica promueva las tecnologías de la información en el área de educación en países en desarrollo (un 10 a la iniciativa proniño), y es de dudosa utilidad que una constructora promueva que su personal y familiares regale su tiempo a mayores en tres residencias españolas. De esta forma, aparte del presupuesto asociado a ambas acciones, se entiende un impacto tan diferente entre estas líneas de acción social. 

 

Como no se puede estar de acuerdo en todo, disiento profundamente en otro de sus comentarios: la empresa no le debe nada a la sociedad en la que opera (no está en deuda). Pero mi comentario no está contra la empresa sino contra la naturaleza humana y un invento, por llamarlo de alguna forma, que ha condicionado para siempre nuestra forma de vida. Hubo una época muy lejana en la que los hombres eran nómadas y la naturaleza era por igual temida y venerada. Los dioses eran naturales: el Dios tierra, el Dios Sol, la Diosa Luna, el Dios Viento y el Dios Agua.

 

 

En diferentes culturas encontraremos los mismos conceptos con diferente nombre y género. Me vais a perdonar lo inculto y las vagas referencias de cuándo empezamos a estropearlo, pero me acuerdo de una imagen de una película del Oeste, después de que los vaqueros pudieran con los indios (ya les dedicamos un post hace unas semanas) en el que unos granjeros se pelean con unos vaqueros, impidiéndoles el libre y tradicional tránsito de ganado entre pastos de invierno y verano (lo que hoy hacemos con los trajes).

 

 

El hombre en un momento determinado empezó a trabajar la tierra y se hizo sedentario. Pasaron los años y se formaliza la propiedad de la tierra. De ese punto (que dista en la memoria 100 años, 500, 2000 u 8000, en función de las regiones, culturas y civilizaciones) a la situación actual han pasado dos telediarios en el calendario de la humanidad. Hoy el hombre se sabe dueño de la Tierra y de la Naturaleza. La comprende, la domina y la manipula. Se lo cree al 99% y se comporta como si tal al 99,9%.

 

 

Se compran los terrenos, se compran las minas, se compran las playas, se compran las islas. Déjame que te formule una pregunta: ¿De verdad crees que alguien debe ser dueño de una isla o de una playa o de una gruta? De ahí a que le perdamos el respeto a la Tierra y de que las organizaciones arrasen con los recursos de todos por el simple hecho que han pagado por ello (a alguien que no debería haber sido nunca dueño de ese recurso, que es de todos) con el simple objetivo de hacer más y más dinero, sólo hay un paso.

 

 

¿Para qué querrá alguien, por ejemplo 9 millones de dólares? En toda su vida o en un solo año, como es el caso de Raúl, por poner un ejemplo. La respuesta es muy sencilla; para querer más. Este fin de semana coincidí en una conversación en la que un antiguo futbolista había ganado esa cantidad en 9 años como profesional, lo había administrado correctamente y el capital en vez de desaparecer, había crecido. Hoy es el día en el que su círculo ha cambiado, y una Cayenne ya no es un coche digno, ya que es un standard, no comparable con los vehículos y colecciones exclusivas.

 

 

Conclusión: empezamos cercando la tierra para plantar y recoger alcachofas para nuestros hijos y acabamos comprando islas y amasando cantidades ingentes a consta de los otros y de los recursos del planeta.

 

 

Retomando el tema que nos ocupa. Vamos a acabar con el buenismo. Afirmativo. Segundo aspecto. Las organizaciones no le deben nada al entorno en el que operan. Negativo. Si somos sinceros, las pequeñas hicieron, han hecho y harán pequeños expolios. Conozco más de un arrantzale que lamenta hoy que ya no hay anchoas haber utilizado un poquito de dinamita de más para la pesca hace unos años. Tal vez en el pasado haya sido más crédulo.

 

 

Hoy cuando pienso en las grandes, pienso que hacen las cosas "en su proporción". Desde mi punto de vista, muchas acciones ligadas con la acción social dentro de las actividades de la RS no dejan de ser un retorno mínimo o una actitud de respeto mínimo hacia el entorno extendido en el que la corporación opera.

 

Hace unos años habría pensado que era bueno. Ahora pienso que es estrictamente necesario, una vez que los vaqueros les ganaron a los indios y los granjeros a los vaqueros, si no queremos vernos todos nosotros de vuelta plantando alcachofas.

 

 

Mikel BILBAO

 

Desarrollo y Relaciones

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