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Enero, además de ser el mes de los buenos propósitos, es también el momento en el que se reactiva el debate económico y empresarial global con la celebración de Davos. Y, todavía más, en este 2026 que nos tiene en vilo desde que ha comenzado. Vivimos uno de los contextos más complejos y exigentes de la década.
Geopolítica aparte, el tablero ha cambiado

El multilateralismo en la UCI y el mundo reduce la cooperación justo cuando los riesgos son más sistémicos que nunca.

Ya no hablamos solo de aranceles o barreras comerciales, sino de una disputa abierta por recursos críticos, control de infraestructuras y capacidad de influencia.

El nuevo patrón de cooperación internacional
Más allá de lo que uno intuye por lo que escucha y lee, los datos así lo confirman. El Global Cooperation Barometer 2026 muestra que la cooperación global se ha estancado. Persisten algunos “irreductibles galos” en ámbitos técnicos o comerciales muy concretos, pero el patrón dominante es claro: alianzas más reducidas, pragmáticas y selectivas, impulsadas casi siempre por el interés nacional o económico.

Ahí es donde el tablero ha cambiado. Las reglas no han desaparecido, pero han dejado de ser compartidas. La cooperación se convierte en una variable estratégica que se activa en función del acceso a recursos críticos, al control de infraestructuras clave o al retorno esperado.

En este nuevo tablero, gana quien elige mejor cuándo, con quién y para qué coopera.

Inteligencia artificial: el caso más visible de interdependencia
La inteligencia artificial es un buen ejemplo de esta nueva cooperación selectiva. Sin acceso a semiconductores avanzados no hay entrenamiento de modelos, ni escalabilidad operativa, ni retorno económico. El diseño de chips está en Estados Unidos y, en menor medida, en Reino Unido. La fabricación avanzada se concentra en Taiwán y Corea del Sur. Los equipos críticos de litografía dependen de Países Bajos, con Japón como proveedor clave. China es el mayor consumidor mundial, y, aunque los cuellos de botella tecnológicos están controlados por aliados de Estados Unidos, estos dependen a su vez del mercado chino para alcanzar escala, rentabilidad y volumen de facturación.

No es cooperación armoniosa, sino rivalidad estratégica gestionada sobre una interdependencia que no se puede romper sin asumir costes significativos.

Esta lógica de concentración y dependencia se reproduce también en el ámbito de la sostenibilidad. En la ambición climática europea se abren nuevas vulnerabilidades estratégicas si tenemos en cuenta que hasta el 70–80 % de la fabricación de tecnologías limpias se concentra en China.

Fragmentación geopolítica: más riesgo, menos previsibilidad
La cooperación en seguridad, geopolítica y confianza institucional, por su parte, se sitúa en mínimos históricos, con una caída superior al 10 % desde 2014. El resultado es un mundo más fragmentado, más unilateral y mucho menos previsible. RIP al multilateralismo. Este cambio no es neutral para las empresas y no solo constituye un factor de riesgo en sí mismo, sino que actúa como amplificador de unos riesgos cada vez más interconectados.

Un entorno empresarial marcado por riesgos convergentes
El Global Risks Report 2025 dibuja un mapa inquietante, anticipando un escenario global turbulento, marcado por el riesgo geoeconómico, con riesgos de carácter simultáneo y sistémico, que reducen márgenes de maniobra y exigen anticipación, resiliencia y buen gobierno.

En los próximos dos años, los principales riesgos no vendrán tanto de shocks aislados, sino de vulnerabilidades convergentes. No queda otra que prepararse para un entorno más inestable, con fragmentación regulatoria, ciberataques amplificados por IA y presión sobre cadenas críticas, digitales y energéticas

A ello se suma el impacto económico de eventos climáticos extremos, cada vez más frecuentes y disruptivos para operaciones y costes. También los riesgos derivados de la concentración de la cadena de valor de tecnologías limpias y de una transición energética expuesta a volatilidad de precios y dependencias externas.

La sostenibilidad entra así de lleno en el radar de riesgos empresariales, no como ambición reputacional, sino como factor de coste, de acceso a capital y de continuidad operativa.

¿Dónde avanzará la cooperación?
En este nuevo tablero, ¿dónde avanzará la cooperación? Allí donde existan incentivos claros y marcos de gobernanza sólidos, pero se debilitará cuando entran en juego intereses geopolíticos, poder y soberanía.

Gobernar en la era de la fragmentación requiere rediseñar la estrategia empresarial
Tres recomendaciones prácticas desde el buen gobierno:

  1. Incorporar la fragmentación global como riesgo estratégico, evaluando su impacto en mercados, regulación, cadenas de suministro y acceso a capital.
  2. Robustecer la resiliencia de la empresa, identificando activamente socios fiables, profundizando en estos ecosistemas de cooperación preferente y reduciendo exposición a algunos mercados.
  3. Aunque la sostenibilidad ya no ocupa el centro del debate político, sería un error interpretar este desplazamiento como irrelevancia. No ha desaparecido, ha mutado dejando de ser aspiracional para convertirse en estructural, vinculada a costes, dependencias y capacidad real de operar. Las empresas con modelos energéticos eficientes, cadenas de suministro diversificadas y relaciones sólidas con sus stakeholders son más resilientes. La sostenibilidad bien gobernada reduce vulnerabilidad.

La empresa del futuro no competirá sola ni se salvará aislándose. Competirá cooperando mejor, eligiendo con quién, para qué y bajo qué valores.

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