Justicia social, también para el pueblo ruso

Putin no es el pueblo ruso. Mi amiga Svetlana y su marido Aleksandr me alojaron en su humilde casa de los confines de la estepa rusa, en una aldea de nombre casi impronunciable llamada Novomyshastovskaya. Esa familia representaba hasta ese momento lo más pobre de lo pobre que yo había tenido oportunidad de ver en Rusia, y también lo más generoso. Viven a dos centenares de kilómetros de Crimea, en un lugar vacío sobrevolado por el frío y por esos cuervos negros y rasantes de los últimos lienzos de Van Gogh.

Gracias a su apoyo, a su preciado pan, a sus arenques en salazón y a las verduras que cultivan, resistí con ellos hasta que los temporales del estrecho de Kerch me permitieron cruzar el mar de Azov y presenciar en 2014 la invasión de Crimea, esa península geoestratégica que se adentra en el mar Negro.

Ayer recibí una carta de Svetlana, en ruso. “Miguel, tú estuviste aquí con nosotros y viste que los rusos quieren la paz; donde llegan los rusos, ayudan a la gente a reconstruir ciudades, así fue en Chechenia, en Siria… Por donde han pasado los americanos solo han dejado destrucción por todas partes (…) Ustedes periodistas, ¿Por qué no escriben la verdad? ¡Despertad, escuchad a nuestro presidente [Putin]!”

La hija de Galina, una buena amiga de Dubná –ciudad a unos cien kilómetros al norte de Moscú–, me dice que en Rusia hay dos opiniones. La de quienes ven la tele (que consideran que Europa, la marioneta de EEUU, quiere destruir su país) y la de quienes no la ven (que piensan que Putin le ha metido en una ratonera). “Mi madre ve la tele”, me dice. “Mi padre no”.

La mayor parte de los rusos siguen la guerra por televisión y no se alimentan de información, sino de propaganda. En los informativos, los rusos no escuchan las palabras guerra ni invasión, porque Moscú ha prohibido a los periodistas utilizar esos términos bajo amenaza de penas de hasta 15 años de cárcel. En Ucrania la información sufre igual. No es casual que los datos del conflicto los difunda el “Ministerio de Propaganda y Guerra Psicológica”.

El delito contra la información no es el único que las partes perpetran en una guerra. Hay otro delito peor, un delito de generalización, un delito de amoralidad tanto o más grave que la propaganda, que afecta a las poblaciones involucradas en la guerra. En Francia las campanas han sonado a rebato por el pueblo ucraniano, pero no se ha escuchado ninguna que recuerde al pueblo ruso, al pueblo llano, al que ve y no ve la televisión, al que nunca ha podido elegir en libertad al líder que los ha llevado hasta la guerra. Ese delito de percepción contra un pueblo, ese delito ético que traspasa las líneas de la justicia social, consiste precisamente en confundirles con sus líderes hasta creer que todos los rusos son Putin. Es tan descabellado como afirmar que todos los norteamericanos apoyaron las locuras políticas de Trump.

Mi querido amigo Marlén, brillante economista, me escribe desde Chipre a los tres días de comenzar la guerra contra Ucrania. Hace años que abandonó las antesalas del Kremlin y dejó de pagar mordidas al gobierno de Putin. Y me dice: “Estoy avergonzado y desesperado. Llevo tres noches sin dormir. Rusia, país del que soy ciudadano, se ha convertido en la Alemania fascista.”

Desde Krasnodar, al sur de Rusia, mi amiga Nellya dice que se ha borrado de Facebook porque hay “demasiada propaganda que está hiriendo gravemente al pueblo ruso”. Nelly es una mujer joven, informada y bien documentada. Le pregunto por lo que piensan los rusos de todo esto. Dice que piensan que EEUU y Europa se han olvidado de la Historia: “Hay sangre en las manos de todos los países, no solo en las manos de Rusia”, dice. “El mismo mundo que ahora nos juzga es el mundo que ha olvidado que fueron rusos quienes salvaron al mundo del nazismo. Pero siempre se nos ha despreciado. Eso es lo que piensan ahora todos los rusos, Miguel”.

Su tía Irina se siente también entristecida. “Rezo por Ucrania y por el pueblo ruso –me escribe–. Estamos recogiendo ayuda para el pueblo ucraniano, porque somos un pueblo ruso y ucraniano, somos eslovenos, somos uno. Estoy muy dolida por la crueldad de este mundo, por lo que dicen de nosotros, pero justamente nosotros no podemos cambiar nada. Solo podemos rezar.”

Las sanciones de Occidente ya han hecho malabares en las manos de Putin y se han vuelto contra su propio pueblo. A la herida salud financiera del Kremlin se une ahora una estocada económica sigilosa, de la que apenas se habla, y que afecta al corazón de las economías domésticas de familias rusas que ya vivían al borde de la supervivencia. A la carestía súbita que ha provocado la guerra en la cesta de la compra rusa, al desplome del rublo, al desabastecimiento progresivo de alimentos en los supermercados, se unen otros señuelos que apuntan hacia un aislamiento inevitable del pueblo llano ruso.

Mi amiga Lena, desde la ciudad francesa de Toulouse, me dice que su ex marido no ha podido transferirle este mes desde Moscú la pensión alimenticia de su hija. Ante las sanciones de Occidente, Putin tomó esta semana la decisión de impedir que ciudadanos rusos transfieran divisas a Europa. No hay forma legal de sacar euros o dólares del “corralito” no declarado impuesto por el Kremlin.

Natasha, otra amiga originaria de Moscú, llegó hace seis meses a España y esta semana se ha quedado sin acceso operativo a su cuenta bancaria rusa. Los ahorros de toda su vida que guardaba en divisas están cautivos en Rusia. Y aún peor. Ella teletrabaja para una empresa rusa y no sabe cómo se las apañarán en adelante para ingresarle en euros el importe de su nómina.

En 2012, la nómina de Natasha era de 40.000 rublos mensuales, el equivalente a mil euros. Su salario apenas ha subido desde entonces. La diferencia es que los 40.000 rublos son hoy, al cambio de estos días, 320,00 euros.

Un WhatsApp de mi amigo Artur me sorprende escribiendo las últimas líneas de este artículo. “No aguanto más el lavado de cerebros a gran escala”, dice. “No a la guerra, no a la rusofobia”.

 

(ENGLISH VERSION)

Social justice, also for the Russian people

Putin is not the Russian people. My friend Svetlana and her husband Aleksandr put me up in their humble house on the edge of the Russian steppe, in a village with an almost unpronounceable name called Novomyshastovskaya. This family represented up to that moment the poorest of the poor that I had had the opportunity to see in Russia, and also the most generous. They live two hundred kilometres from the Crimea, in an empty place overflown by the cold and by those black, hovering crows of Van Gogh's late canvases.

Thanks to their support, their precious bread, their salted herring and the vegetables they grow, I resisted with them until the storms in the Kerch Strait allowed me to cross the Sea of Azov and witness in 2014 the invasion of Crimea, that geostrategic peninsula that juts into the Black Sea.

Yesterday I received a letter from Svetlana, in Russian. "Miguel, you were here with us and you saw that the Russians want peace; where the Russians come, they help people rebuild cities, it was like that in Chechnya, in Syria... Wherever the Americans have gone they have left only destruction everywhere (...) You journalists, why don't you write the truth? Wake up, listen to our president [Putin]!"

Galina's daughter, a good friend from Dubna - a city about a hundred kilometres north of Moscow - tells me that there are two opinions in Russia. Those who watch TV (who think that Europe, the US puppet, wants to destroy their country) and those who don't (who think that Putin has put them in a mousetrap). "My mother watches TV," he tells me. "My father doesn't.

Most Russians follow the war on television and are fed not by information but by propaganda. In the news, Russians do not hear the words war or invasion, because Moscow has banned journalists from using these terms under threat of up to 15 years in prison. In Ukraine, reporting suffers in the same way. It is no coincidence that information about the conflict is disseminated by the "Ministry of Propaganda and Psychological Warfare".

The crime against information is not the only one that the parties perpetrate in a war. There is another, worse crime, a crime of generalisation, a crime of amorality as serious or more serious than propaganda, which affects the populations involved in the war. In France, the bells have been tolling for the Ukrainian people, but not a single bell has been rung for the Russian people, the ordinary people, those who do and do not watch television, those who have never been able to freely choose the leader who led them into war. This crime of perception against a people, this ethical crime that crosses the lines of social justice, consists precisely in confusing them with their leaders to the point of believing that all Russians are Putin. It is as far-fetched as claiming that all Americans supported Trump's political follies.

My dear friend Marlén, a brilliant economist, writes to me from Cyprus three days after the war against Ukraine began. He left the Kremlin's antechamber years ago and stopped paying bribes to Putin's government. He says: "I am ashamed and desperate. I haven't slept for three nights. Russia, the country of which I am a citizen, has become fascist Germany".

From Krasnodar, in southern Russia, my friend Nellya says she has deleted herself from Facebook because there is "too much propaganda that is seriously hurting the Russian people". Nelly is a young, informed and well-researched woman. I ask her what Russians think about all this. She says they think the US and Europe have forgotten history: "There is blood on the hands of all countries, not just Russia," she says. "The same world that is now judging us is the world that has forgotten that it was Russians who saved the world from Nazism. But we have always been despised. That's what all Russians think now, Miguel".

His aunt Irina is also embarrassed. I pray for Ukraine and for the Russian people," she writes to me. We are collecting aid for the Ukrainian people because we are a Russian and Ukrainian people, we are Slovenians, we are one. I am very hurt by the cruelty of this world, by what they say about us, but we cannot change anything. We can only pray.

Western sanctions have already juggled Putin's hands and turned against his own people. The Kremlin's wounded financial health is now being joined by a stealth economic lunge, barely spoken about, that strikes at the heart of the domestic economies of Russian families already living on the brink of survival. In addition to the sudden depletion of the Russian shopping basket caused by the war, the collapse of the rouble, and the progressive shortage of food in supermarkets, there are other signs that point to the inevitable isolation of ordinary Russians.

My friend Lena, from the French city of Toulouse, tells me that her ex-husband has not been able to transfer their daughter's child support from Moscow this month. In the face of Western sanctions, Putin this week took the decision to prevent Russian citizens from transferring currency to Europe. There is no legal way to take euros or dollars out of the undeclared "corralito" imposed by the Kremlin.

Natasha, another friend originally from Moscow, arrived in Spain six months ago and this week has been left without operational access to her Russian bank account. Her life savings in foreign currency are held captive in Russia. And worse. She teleworks for a Russian company and does not know how they will manage to pay her salary in euros from now on.

In 2012, Natasha's salary was 40,000 roubles a month, the equivalent of a thousand euros. Her salary has hardly gone up since then. The difference is that 40,000 roubles is today, at today's exchange rate, 320.00 euros.

A WhatsApp from my friend Artur surprises me by writing the last lines of this article. "I can't stand large-scale brainwashing anymore," he says. "No to war, no to Russophobia".

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