Inversión sostenible en los mercados emergentes: el camino a seguir

El mundo entero está experimentando los efectos del Covid-19 y lo seguirá haciendo durante algún tiempo. Pero, así como el coronavirus paraliza algunos sistemas inmunológicos y deja  otros indemnes, el impacto financiero de las medidas de contención dejará a algunos en mejor situación que a otros.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) prevé que la caída del producto interior bruto mundial inducida por la pandemia podría dejar sin empleo a 25 millones de personas más. La OIT también teme que hasta 1.600 millones de personas que trabajan en sectores no reglados de la economía puedan perder su empleo. Consecuentemente, muchas de estas personas no tendrán acceso a la protección social.

La resistencia de cada país a la pandemia está muy correlacionada con su capacidad de intervenir financieramente, pero también con otros factores como:

  • la preparación tecnológica
  • la fuerza de las redes de comunicaciones
  • el nivel de educación
  • la sofisticación de la prestación de servicios de salud

Es evidente que el peaje que el Covid-19 cobra en los países emergentes será especialmente fuerte. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (ODS) abordan directamente muchos de estos pilares de la infraestructura social y tecnológica básica. Sin embargo, el progreso del mundo hacia estos objetivos ha sido lento. Y, según el informe de julio de la ONU, la Perspectiva de Desarrollo Sostenible 2020, el Covid-19 lo ha frenado aún más.

En ciertos casos, las limitaciones en las interacciones cara a cara dificultan directamente la educación y la atención sanitaria. Estas reglas pueden incluso detener la venta de productos básicos de seguros o la concesión de microcréditos. Las pequeñas empresas serán las más afectadas por las interrupciones del negocio, con poco capital de trabajo y un acceso restringido a la financiación.

Igualmente, las cuestiones domésticas preocupan a gran parte del mundo desarrollado. Esto significa que la demanda de capital para financiar los ODS - que no son exclusivos de los mercados emergentes, pero sí relevantes allí - se está haciendo más débil. La percepción común de que la inversión en línea con los ODS es en gran medida de naturaleza filantrópica restringe injustamente el capital disponible. En la vida real, los ODS se alinean estrechamente con la política local (actual, pero sobre todo futura) y aprovechan la demanda latente.

A menudo, estas actividades de impacto pasan inadvertidas a primera vista, ya que se trata de líneas de negocio básicas, no de filantropía indirecta. De hecho, esto es lo que hace que los mercados emergentes sean tan fértiles para los stock pickers que buscan un doble rendimiento, financiero y social.

Cerrando la brecha

Durante el punto álgido de la pandemia, muchos mercados emergentes no pudieron, o en algunos casos no quisieron, hacer frente al virus con medidas monetarias y fiscales. De esta manera, se mantuvieron claramente alejados de sus homólogos desarrollados. Sería erróneo suponer que las medidas masivas de estímulo y apoyo que se han activado en los mercados desarrollados son, en cualquier caso, las herramientas adecuadas para el resto del mundo. Para tener éxito, tales medidas requieren una entrega eficiente y específica. También dependen de la seguridad de que la inflación galopante y la devaluación de la moneda tras un préstamo a gran escala no cortarán la cuerda salvavidas de hoy en el futuro.

Sin embargo, al socavar específicamente a las pequeñas empresas, el coronavirus corre el riesgo de ampliar la brecha de productividad que se ha abierto entre los mercados desarrollados y los emergentes. Existe un claro vínculo entre la consecución de los ODS que se dirigen a esas empresas y el potencial de ganancia económica colectiva.

En su reciente informe sobre la productividad mundial, el Banco Mundial dice que la profundización del capital (un aumento de la relación capital-trabajo) es el núcleo de la brecha de productividad de los mercados emergentes. Para analizar la cuestión de manera sencilla, diríamos que hay dos aspectos que decepcionan en los mercados emergentes: la eficiencia operativa y la calidad de la base de financiación. A largo plazo, existen claros vínculos entre ambas.

Los inversores a largo plazo buscan cualidades como la estabilidad monetaria y normativa, y una política prudente. Los mercados emergentes siempre han tenido dificultades para hacer frente a la la volatilidad causada por los movimientos en los flujos de capital extranjero, y el tamaño de dicha marea en relación con los fondos nacionales. Normalmente esto se manifiesta en la depreciación de la moneda. Más recientemente, los bajos tipos de interés, la política fiscal expansiva y unas tasas de ahorro más altas causadas por la pandemia pueden haber empezado a corregir ese equilibrio. Además,  la participación individual en los mercados de valores ha aumentado drásticamente.

El camino a seguir

La globalización ha llegado a su punto máximo. Las disputas comerciales, la falta de respeto por la propiedad intelectual y últimamente las restricciones de viaje han ayudado a provocar este cambio, pero el golpe de efecto no tiene por qué ser totalmente negativo. Las tendencias de la digitalización han recibido un gran impulso. Desde la perspectiva de la sostenibilidad, el resultado es probablemente positivo a largo plazo. EE.UU. está comenzando un nuevo capítulo bajo un nuevo presidente, que sucede a una administración conocida por erigir barreras al comercio y al movimiento de personas. En esta misma línea, es alentador que 15 naciones acaben de firmar la Asociación Económica Regional Integral de Asia y el Pacífico, con el potencial de añadir 200.000 millones de dólares en comercio para 2030. Las necesidades de capital no tienen nacionalidad y los mercados financieros siguen funcionando, en gran medida, sin fronteras. Es hora de abordar la inversión sostenible en los mercados emergentes con un sentido similar de renovación.

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