¿Qué sucede con las emociones y los deseos en la nueva normalidad?

En estos tiempos revueltos que vivimos muchísimas personas intentan poner de su parte para aclarar la situación, o al menos, la parcelita de la situación que cada uno ve desde su perspectiva.Quizás por eso asistí ayer a un coloquio en el que uno de los participantes presentó la serie de ventajas que aporta a la sociedad el teletrabajo, haciendo además hincapié en que deberíamos decir "trabajo a distancia".  No recuerdo exactamente la importancia que asignó a cada uno de los factores, pero sí que enumeró unos cuantos relacionados con

  • la gestión del espacio (nuevos usos para los edificios de oficinas, hostelería y servicios que ahora permanecen vacíos),
  • la disminución de los desplazamientos urbanos (con las variantes de transporte público y vehículos de movilidad personal),
  • la robotización (aplicada sobre todo para tareas repetitivas y poco cualificadas)…
  • las compras a distancia, con la correspondiente comodidad para el comprador y repercusión en las cadenas de suministro,
  • más oportunidades de que las personas, al trabajar desde casa, disfruten de la vida familiar y organicen sus propios horarios.

y algunos otros, todos ellos con una característica común: ventajas para las organizaciones.

Estoy de acuerdo con todas esas reflexiones; evidentemente, estamos dibujando una nueva sociedad en la que se irán consolidando todos esos cambios, y otros muchos que de momento ni siquiera vislumbramos.

No obstante, lo que me llamó poderosamente la atención es que en ningún momento se refirió a cómo vivimos / viviremos las personas todo ese alud de dramáticos cambios. 

Obviar esa faceta de la vida es frecuente en personas que están acostumbradas a centrarse únicamente en "datos objetivos" como beneficios, cuenta de resultados, posicionamiento en el mercado, etc., utilizando indicadores como el cash flow,  ROI, EBIT, EBITDA, etc. para gestionar la organización. Durante muchos años se ha aceptado como algo natural que las organizaciones (y nuestra vida en general) se amolden a la forma de ver la vida propia de las facetas de la personalidad que en Análisis Transaccional (AT)  se denominan "Padre" y "Adulto" (te dejo aquí una pequeña aproximación al tema), todo muy racional y medido.

Eso significa que se excluye una tercera faceta de la personalidad, "Niño", que representa el mundo de las emociones y los sentimientos, porque se ha creído que son cosas, como su nombre indica, propias de la infancia.  Excluir al "Niño" de la ecuación significa, obviamente, que vivimos incompletos y que, por lo tanto, nuestras decisiones serán tomadas de forma sesgada.

Tal como explica Yuval Noah Harari (2016, 103) en Homo Deus, Breve historia del mañana, “incluso los economistas que han obtenido el Premio Nobel toman solo una ínfima parte de sus decisiones utilizando lápiz, papel y calculadora: el 99% de nuestras decisiones (entre ellas, las elecciones más importantes de la vida, relacionadas con cónyuges, carreras y hábitats) las toman refinadísimos algoritmos que llamamos sensaciones, emociones y deseos”.

De modo que no estaría mal que tuviéramos en cuenta esta característica humana para enfrentarnos con todo nuestro bagaje a la nueva e inquietante realidad. De hecho estamos constantemente percibiendo síntomas de que las personas necesitamos sabernos plenas: cuando no se tiene en cuenta esta necesidad, en  bastantes  empresas que aplican el teletrabajo se están detectando sentimientos de soledad, ansiedad, incertidumbre, desapego, abandono, desasosiego, impotencia… y otros relacionados con la perspectiva que se vislumbra, como miedo a perder oportunidades de promoción profesional, a quedarse sin trabajo, a caer en un ERTE, a no poder hacer frente a las obligaciones económicas contraídas, etc.

No es fácil gestionar esa barahúnda, lo sé.  Pero también sé que, si se arrinconan o ignoran ese cúmulo de sentimientos, las personas no tienen suficiente fuerza para hacer frente con éxito a tanta incertidumbre, porque su interés, su inteligencia y sus recursos en general se centran en aliviar ese terrible malestar… y como ya sabemos que no se puede repicar campanas y estar en la procesión, hacer un trabajo excelente y poner todo de su parte para que la organización se mantenga en el mercado puede pasar a segundo plano.  ¿Y a qué organización le puede interesar tener un equipo de personas distraídas, o, como mínimo, poco implicadas en el negocio?

Las organizaciones que lo han comprendido diseñan planes de acompañamiento a todos sus partícipes cuidando de favorecer relaciones de persona a persona, enseñando a gestionar las emociones, creando un clima de respeto y apoyo mutuo independientemente del rol profesional de cada persona, facilitando formas de interrelación centradas en beneficios compartidos, dotando a las personas responsables de equipo de herramientas como liderazgo ético, liderazgo distribuido y otras formas de acompañamiento que, en conjunto, conforman una formidable manera de apaciguar en parte tanta inquietud.

Porque en esta tesitura, si las personas de una organización se hunden, se llevan con ellas a la organización.  Es el típico caso de egoísmo bien entendido: hagamos que se sientan mejor para que la organización sufra menos y/o progrese adecuadamente.

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