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El miedo, que es capaz de parar el mundo, es también capaz de tirar por la borda todo el trabajo de años y años despertando la conciencia medioambiental, luchando por visibilizar las desigualdades de género, tratando de construir en los barrios vida para el barrio –cosa de la que no se preocupan las instituciones-, reinventando nuevas formas de aprender que desvían la importancia exclusiva del contenido y la memorización. El miedo tiene muchos aliados, y realmente paraliza el planeta. Sólo hay una cosa que puede hacerle frente: el amor.

El miedo es capaz de parar el mundo. Algo que no han sido capaces ni las desigualdades, ni las injusticias, ni tan si quiera la guerra ni la pobreza. Aun así, en los últimos tiempos se han seguido usando viejas fórmulas de protesta callejera, organizaciones vecinales, huelgas, etc. La sensación es siempre resultado nulo, oídos sordos, ningún cambio. Sin embargo hay ejemplos de cómo algunas de estas movilizaciones tienen calado en la población, muestran cambios en el pensamiento y en la acción colectiva, realzan la resiliencia, la cooperación o la autogestión. El 15M, la primavera árabe, las protestas de Chile… son algunos de ellos.

El miedo trae de su mano el control. Cuando el poder se ve mermado por la organización social, cuando los privilegios penden de un hilo, cuando se respira en el aire demasiada libertad y demasiada alegría, llega una crisis, una catástrofe, una desgracia. Llega el miedo, usado por el poder para ejercer el control. Tomado como excusa para el aumento policial, para la imposición de absurdas leyes que maquillan represión; expuesto públicamente en los medios para justificar el desmoronamiento de la construcción colectiva y autogestionada.

El miedo, que es capaz de parar el mundo, es también capaz de tirar por la borda todo el trabajo de años y años despertando la conciencia medioambiental, luchando por visibilizar las desigualdades de género, tratando de construir en los barrios vida para el barrio –cosa de la que no se preocupan las instituciones-, reinventando nuevas formas de aprender que desvían la importancia exclusiva del contenido y la memorización…

El miedo tiene muchos aliados, y realmente paraliza el planeta. Sólo hay una cosa que puede hacerle frente: el amor.

He visto a personas salir, a pesar de todo, con una sonrisa debajo de las mascarillas. He visto barrios organizándose para alimentar a sus vecinas y vecinos. He visto artistas compartiendo sin recibir nada a cambio –como suele ser habitual–. He visto maestras y maestros trabajando hasta las tantas para cubrir las necesidades de sus familias, los he visto reinventarse sin tener medios, las he visto recibiendo a los niños y niñas con ilusión. La misma que he visto en ellos, en los peques, deseosos de volver al cole y aprender. De jugar, cantar, reír, explorar y descubrir. Estoy viendo a maestras dando más protagonismo al bienestar y a la expresión creativa, porque es lo que ellos realmente necesitan.

He visto abrazos y contacto de piel, sin miedo, porque es una de nuestras necesidades primarias. He visto personas bailando en la calle, bajo la lluvia, sin miedo. Defendiendo la cultura, la libertad, la alegría. He visto a la policía venir y no poder hacer nada contra ellas, porque no estaban haciendo nada malo.

Todos estos actos, que he tenido la fortuna de ver, tienen algo en común; todos dan más importancia al amor que al miedo. Y por eso, han ganado.

Ésta, amigos y amigas, es la revolución del amor. Es el momento. Está presente en los detalles, en el cuidado, en las sonrisas y los abrazos, en la dedicación, la confianza, en la música y en las flores, en la valentía y la fuerza, en el respeto, la escucha, el saber y el compartir, en los niños y niñas, en la risa y el canto. Está presente en todas las personas, todas tenemos y necesitamos amor.

¡GRACIAS por creer en lo que realmente mueve montañas y cambia el mundo!

PD: este no es un escrito negacionista del virus, pero sí denuncia el uso del mismo para generar miedo y parálisis en la población. No ganará, el miedo, no. Tenemos la fórmula.

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