Publican los periódicos que el señor Jeff Bezos, fundador y CEO de Amazon, superada la primera fase de la pandemia, se acerca a Creso (siglo VI a.c.), el último rey de Lidia, al que se consideraba el hombre más rico del mundo en un país de gran prosperidad. La fortuna personal de Bezos (descontado el pellizco que le supuso el divorcio de su esposa) asciende a 172.000 millones de dólares, que se dice pronto. La cifra representa un nuevo récord para la persona más rica del mundo y se asienta en el aumento del valor de la acción de la compañía de venta on line, consecuencia de que durante el confinamiento la gente se ha vuelto loca comprando las cosas más peregrinas en Amazon. Para hacernos una idea, Bezos tiene más dinero que el PIB anual de Uruguay y Paraguay, sumados y multiplicados por dos.
Se veía venir

Y, claro, a leer la noticia uno se acuerda de Mario Benedetti y de los versos del soneto del dinero, incluido en su libro “Canciones del que no canta”. El poeta se pregunta por qué será el dinero un maleficio y, a continuación, nos informa: “El dinero no tiene desperdicio/ los más pobres lo ganan con paciencia/ y los más ricos por correspondencia/ o sobornando a ruines sin prejuicio”.

Así son las cosas. Mientras unos llenan aún más su bolsa de los dineros (que puede reventar algún día y dejarlos sin nada), otros, los invisibles, los desheredados, se sienten desprotegidos, pero como son pobres y viven lejos les prestamos poca atención porque padecemos, como escribió Adela Cortina, aporofobia. Francisco llamo a esta circunstancia la globalización de la indiferencia: hemos olvidado la dignidad de las personas que, junto a todos y cada uno de nosotros, habitan este planeta y, si queremos recuperarla, el nosotros tiene que acabar imponiéndose al yo individualista que hundió sus raíces en el dinero como el nuevo becerro de oro al que todos adoramos como conseguidor de todas las cosas, como un equivocado principio y fin.

Oxfam acaba de publicar un informe (9 de julio del año del coronavirus) en el que sostiene que el hambre provocada por el COVID-19 podría llegar a matar más que el propio virus en los próximos meses. Según sus estimaciones, hasta doce mil personas podrían morir cada día por esta causa a finales de este año, un dato que supera la cifra máxima de fallecidos por el coronavirus a nivel mundial, algo más de diez mil diarios en el mes de abril. La pandemia ha agudizado la crisis de la hambruna en los países que ya la padecen y se abren nuevos focos en países africanos, en el Sahel africano occidental, pero también en India, Brasil, Venezuela, Siria y, como siempre, Haití. Los países del llamado primer mundo no son inmunes al problema. El postcovid ha inundado las calles de las grandes ciudades de occidente con miles/millones de personas que diariamente hacen colas para buscar las bolsas de comida que les facilitan organizaciones benéficas, bancos de alimentos y ONG.

Parece claro que una crisis excepcional como la que estamos sufriendo nos debería llevar -racionalmente- a soluciones extraordinarias y, a mi juicio, heterodoxas. El mundo vive un auténtico cambio de época, un momento transformador que no podemos desaprovechar utilizando, ahora sí, la fuerza que atesora la buena política para reconstruir, no reformar, las instituciones obsoletas que hoy no solucionan los problemas de la imperante desigualdad. Y necesitaremos la ayuda de todos. No podemos dejar pasar esta oportunidad, como no podemos conformarnos con dejar las cosas como están, como si no hubiere pasado nada. Ha escrito Daron Acemoglu que, si la primera versión de estado de bienestar surgió de la Gran Depresión y de la II Guerra Mundial, ahora estamos cada vez mas de acuerdo en que necesitamos instituciones mejoradas y socialmente más responsables y nuestra obligación es intentar la renovación de un estado de bienestar postpandemia. Y para poder conseguirlo y salir adelante necesitaremos soluciones innovadoras, decisión y toda la capacidad moral y el capital ético de cada uno. No tenemos otra opción.

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