Por respeto y devoción a Tony Judt no he querido titular este articulo “Algo va mal”, como su ultimo libro, publicado en septiembre de 2010, un mes después de que el escritor falleciese en Nueva York, dando ejemplo de enorme dignidad frente a la enfermedad. En tiempo de confinamiento y pandemia, he vuelto a releer ese hermoso ensayo y otra obra más, un bestseller, de Antonio Munoz Molina (“Todo lo que era sólido”), publicada en febrero de 2013.
Algo no va bien

Las dos obras fueron escritas cuando todavía no habíamos superado la gran crisis económica qué se inició en 2007 -de la que aprendimos nada- y son, a mi juicio, sendos y extraordinarios manifiestos cívicos, aldabonazos en nuestra conciencia, declaraciones de principios que vindican lo público -el común- y la necesaria exigencia de responsabilidad que nos compete como ciudadanos libres y que debemos de exigir, inexcusablemente, a nuestros gobernantes.

Desde que se decretó el estado de alerta, la gran mayoría de los ciudadanos hemos demostrado una responsabilidad ejemplar: confinados sin rechistar en nuestras casas,  hemos aguantado el tirón y lo que hiciera falta con disciplinada paciencia, haciendo de tripas corazon, llorando por los muertos, sufriendo con los enfermos y solidarizándonos cada tarde con los que nos ayudan a seguir viviendo y , con riesgo propio, nos hacen fácil y cómoda nuestra reclusión. Y, además, hemos descubierto a los otros, a las personas que estaban a nuestro lado pero a los que nosotros, empeñados en un estilo de vida egoísta y precipitado,  antes no veíamos...

Los ciudadanos estamos dando la talla. ¿Podemos decir lo mismo de nuestros políticos?.  Cuando principia mayo, y en plena pandemia, la guerra política y partidaria se ha hecho insoportable, además de intolerable y canalla. “Nunca se ha mentido tanto como en nuestros dias, ni de manera tan desvergonzada, sistemática y constante”, leemos en la ´La función política de la mentira moderna´, de Alexandre Koyré. Nuestros representantes se han tomado esa reflexión del filosofo como exigencia bíblica: mienten, se faltan al respeto, se insultan y convierten sus apariciones públicas en un memorial de agravios frente al contrario; también en sede parlamentaria y, sobre, cuando hay televisión por medio. Y, claro, todo eso lo vemos, escuchamos y leemos nosotros, los ciudadanos, cada día, a todas horas, y esperamos que esos políticos, elegidos por todos nosotros para arreglar nuestros problemas, los resuelvan y den ejemplo. No resuelven nada y, además, crean problemas mas gordos.

Nuestra política sobre la pandemia es una suma de algunos aciertos, no pocos sacrificios, equivocaciones, incompetencias, imprudencias, inacción, torpeza y deslealtades fuera de lo común. Es verdad que nadie podía estar preparado para una crisis como la del COVID-19 para la que no existía un manual de instrucciones, pero los que nos lideran -y a los que pagamos centenares de asesores- deberían haberlo escrito con rigor y transparencia. No es así, y no ha sido así: nuestros representantes -en cualquier ámbito- están donde están porque cuentan con la confianza política de los lideres de sus partidos. Y esa confianza ha permitido que “...los mediocres arrimados a los partidos han llegado a ocupar los puestos mas altos sin poseer ningún mérito, sin saber nada, sin adquirir a lo largo del tiempo otra habilidad que la de simular que hacen algo o que han aprendido algo”, como señala Muñoz Molina.

¿Cual es nuestro objetivo común como nación, ahora, en la primavera de 2020? Creo que estaremos de acuerdo si digo, rotundamente, que es doblegar la pandemia y minimizar los efectos de la recesión económica, mas abrupta y extensa que la de 2008, con caídas estimadas del 9 por ciento de nuestro PIB y tasas del desempleo cercanas al 20. No hay otra tarea mas importante ni mas urgente. No la hay y no puede haber otra. Nos estamos jugando el futuro de nuestro pais y no puede existir otro objetivo que no sea la reconstrucción, salvo para los malnacidos que buscan siempre réditos espurios y, al hilo del coronavirus, medran, engañan y se enriquecen. Y, si el objetivo es común, la estrategia para alcanzarlo también debe serlo, al fin y al cabo, la estrategia es una respuesta global e inteligente para lograr un objetivo. Si la estrategia no es global, será una táctica y, por tanto, parcial; si no es inteligente, seria una estupidez, y no estamos para tonterías.

Hay que partir de un principio: todos los argumentos políticos deben empezar con una valoración de nuestra relación no solo con los sueños de un futuro mejor, sino con los logros del pasado: los nuestros y los de quienes nos precedieron. Y la izquierda, escribe Judt, “ha sido insensible a esta necesidad durante demasiado tiempo”. Hay que trabajar de consuno, hombro con hombro, escuchando, dialogando, consensuando e informando  a los ciudadanos, como adultos que somos, desde la transparencia, el compromiso y la verdad. Todos deben, debemos, participar en una estrategia de reconstrucción porque todos somos responsables y deudores de esa tarea. Mas responsable que nadie (quien tiene el poder, tiene la responsabilidad) el Gobierno, que está obligado a liderar el proceso, y si no lo hace las urnas se lo demandarán.

Habra que pactar, entre todos nosotros -sin exclusiones y sin postureos- y con Europa. Lo he dicho algunas veces: necesitamos diseñar el futuro y sellar un compromiso histórico entre todas las fuerzas políticas, economicas y sociales. Eso lo piden 9 de cada 10 españoles. Otras veces lo hicimos y hay que volver a intentarlo; hay que conseguirlo para trocar nuestra esperanza en confianza, una obligación inexcusable para los políticos porque -como nos enseñara Borges- son ellos los que deben tomar la extraña resolución de ser razonables, olvidando sus diferencias y acentuando sus afinidades.

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