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Son muchos los artículos que en estos días analizan el impacto político de la crisis del coronavirus. El carácter global de la enfermedad suscita el debate en torno a qué sistema político está sabiendo responder más eficazmente al reto sanitario y, por derivación, económico y social de la COVID-19, lo que puede traducirse en un claro factor de legitimación tanto a nivel interno como a nivel externo en cada sociedad.

El Estado, el artefacto político por excelencia de la Modernidad, tan duramente criticado y menospreciado en las últimas décadas, resurge como actor fundamental en un tiempo de inseguridad creciente. Y en momentos tan delicados y fundamentales, tanto los analistas de todo tipo como los propios ciudadanos echan de menos a otro de los actores esenciales de la vida política: los líderes. No solo se los percibe como ausentes, sino que los que supuestamente deberían actuar como tales lo hacen con frecuencia como contraejemplo. 

En un contexto crecientemente complejo, multidisciplinar e interdependiente como el que vivimos, la figura del líder carismático en sentido weberiano resulta cada vez más improbable, al menos en el marco democrático de una sociedad abierta. El aumento de la complejidad y de la interdependencia es precisamente la causa de que los modelos de gobierno hayan sido sustituidos por los modelos de gobernanza: la respuesta a los problemas de una comunidad política no puede venir de la sola acción de los gobiernos o del Estado, sino de la acción coordinada de los distintos actores sociales, económicos y políticos implicados.

Un contexto de gobernanza no implica la desaparición o inutilidad de los líderes, sino un cambio sustancial en los atributos de los que se solía investir al líder político desde los tiempos de Maquiavelo: la virtú, la decisión, la determinación, la intuición. En contextos menos “teológicos” como los que vivimos, la máxima verdad a la que podemos aspirar es a una serie de consensos básicos. Para Michael Sodaro, es precisamente el consenso uno de los valores sobre los que se sostienen las democracias, entendido como el “esfuerzo por reconciliar diferencias sobre la base de la cooperación, la negociación justa y la disposición mutua a hacer concesiones”. La otra cara de la moneda o la condición de posibilidad del consenso es la tolerancia mutua, que en palabras de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en Cómo mueren las democracias, junto con la contención institucional, constituyen “los guardarraíles de la democracia”, la salvaguarda de su supervivencia.

Una respuesta democráticamente eficaz a la compleja y dramática situación provocada por el coronavirus pasa necesariamente por acuerdos, consensos o pactos incompatibles con las incomprensibles dinámicas de confrontación, descalificación y hasta insulto personal tan presentes en estos días en el discurso público (político y mediático) y en las redes sociales de nuestro país. Necesitamos, tanto en los diferentes gobiernos como en la oposición y en los partidos políticos, líderes habilitantes o motivadores más que líderes ejecutores o ejecutivos; líderes que, desde la prudencia y la discreción, sean capaces de cooperar y llegar a acuerdos que sustenten decisiones necesarias para dar respuesta a los graves e ignotos problemas a los que nos enfrentamos. Líderes ejemplares y empáticos que no sucumban a la tentación del envanecimiento o de la excepcionalidad, que solo puede conducir a un despotismo inaceptable.

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