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Si alguna tarea podemos aportar, en medio del reposo domiciliario causado por la crisis sanitaria, es la de abrir la tapa de algunos viejos y nuevos libros para entender el mundo que se nos vislumbra. Una exploración al modelo social que se avecina se encuentra ya en nuestra historia más reciente.

Desde hace algunos días La Organización Mundial de la Salud considera al Viejo Continente como el epicentro de la pandemia global con ocasión del renombrado Coronavirus (COVID-19). Puede que el fatídico liderazgo cambie de ubicación en un abrir y cerrar de ojos, pero llevar este título conlleva amplios riesgos sociales.

En un principio la señalización de su origen en China-Wuhan fue utilizada por el presidente de Estados Unidos como una herramienta para culpabilizar, justificando con ello la discriminación y el rechazo por una nación y sus ciudadanos. Diferentes situaciones de xenofobia y racismo se han presentado en los medios y no solo en EEUU. La realidad es que llevar esta “gran corona” está causando aversiones, pero sobre todo concede un respaldo para aquellos que quieren irradiar el desprecio por grupos sociales minoritarios, extranjeros o migrantes.

Figuras como el presidente Donald Trump hacen un flaco favor, cuando se obstinan en llamarle “el virus chino”, un atributo que empeora y desfigura la percepción de la problemática que estamos viviendo. Como si este virus fuera el resultado exclusivo del comportamiento de un país. No hay nada más discriminatorio en la historia que asignar a una problemática mundial un apellido basado en la soberanía de un Estado-nación.

Pero antes de abordar el porqué de este error histórico al nombrar las pandemias, debemos recordar que en el fondo somos unos simples microbios desde el origen de los tiempos. En donde según las diferentes clasificaciones bacterianas cada uno está luchando por sobrevivir, en la más clara evidencia de los procesos de selección natural descritos por Darwin hace 161 años. Sin duda, una revelación que nos ha permitido acercarnos a muchas más verdades para las que antes estábamos enceguecidos o correspondían al monopolio de los designios de una voluntad divina.

El «árbol de la vida» desde la visión biológica, divide los dominios de la existencia en tres ramales: bacteria, archaea y eucarya. La especie humana proviene de este último grupo, las eucariotas, por la especialización celular de su composición molecular. Es así, como compartimos nuestro humilde origen con tres grandes reinos, el de los animales, las plantas y los hongos.

Esto y mucho más es lo que la ciencia y la microbiología nos están dejando ver, así como que los agentes infecciosos han estado aquí desde antes o desde siempre. El primero en detallar un virus técnicamente fue un neerlandés, Martinus Beijerinck, al acabar el siglo XVIII, en 1899, señalando que estas moléculas invaden las células para su multiplicación y necesitan de ellas para su permanencia, de ahí que parasiten en otros organismos.

Volviendo al problema de la señalización discriminatoria, habría que preguntarle a Trump además, si ya tuvo tiempo de ver la película Parásitos, sobre la que renegó por haber ganado el Óscar a Mejor Película, pero más que eso porque es extranjera, coreana, como si se tratara de un cuerpo extraño invadiendo su organismo.

No necesitamos de explicaciones reduccionistas para aproximarnos a un fenómeno social o biológico como el COVID-19, la complejidad de su origen es mucho más amplio y va más allá del alcance de nuestros limitados ojos. Lo que sí parece claro, mientras la comunidad científica y médica nos resuelven el marrón vírico, es que la historia se repite de forma persistente. Desde la antigüedad diferentes reinos han tendido a identificar los problemas de patógenos y enfermedades con una población específica.

La sífilis, por ejemplo, una más de las pandemias registradas a nivel mundial fue señalada por el encuentro ocasionado en la conquista de América, aunque otros lo desmienten, y así mismo ocurrió con la viruela, considerada como el arma secreta que los conquistadores trasladaron a América para completar la extinción indígena, –aunque es claro que no lo sabían–. En todo caso, en cuanto a la sífilis, se trató de una infección extendida por buena parte de Europa, Asia y norte de África, durante el siglo XV y sucesivos. “Cada país culpó al adversario de su propagación”, recuerda Juan Eslava Galán, escritor dedicado al género histórico, quien en su libro, La conquista de América contada para escépticos, detalla además que: “los franceses llamaron –a la sífilis– morbo italiano, los italianos y los alemanes morbus gallicus (enfermedad francesa); los españoles, mal francés o mal portugués; los portugueses y los Países Bajos, mal español; para los rusos fue la enfermedad polaca; para los turcos, la enfermedad cristiana; para los japoneses, el morbo chino”.

No parece que estemos descubriendo nada nuevo en el comportamiento humano. Solo la cruzada por culpabilizar el origen de un mal casi innato a la naturaleza misma. Es cierto, que los excesos sobre los recursos naturales y biológicos puedan estar pasando factura, pero la razón científica y el análisis deben imponerse a la xenofobia; que vale recordar proviene el griego xénos, “extranjero”, odio o rechazo por lo diferente y lo desconocido.

Por otra parte, es evidente que el mundo va a cambiar, siempre lo ha estado haciendo. La democracia parece ahora un invento mal diseñado frente a la habilidad digital de los datos para influir. La economía capitalista sigue dejando en desventaja a los más pobres, algunos ubicados en los lugares más desconectados del intercambio global. Por último, el medio ambiente se simula enloquecido por la extracción insaciable de la acción humana.

En cuanto a los virus, solo hace falta ver como las Enfermedades o Infecciones de Transmisión Sexual (ETS) cambiaron para siempre el comportamiento humano. El VIH introdujo un látex en medio del placer de dos cuerpos desconocidos y algunas veces no tan desconocidos. El coronavirus, una vez reducido a su mínima expresión, dejará estragos en todos los ámbitos sociales y económicos, y quizás transforme incluso nuestra forma de relacionarnos, la cercanía de los besos cordiales se podría ver interrumpida por la presencia de una mascarilla; la socialización del saludo podrá tener como intermediario otro elemento de látex o implicar una mayor distancia respetuosa-temerosa.

No sabemos si cambiaremos poco a poco o será definitivo, lo cierto es que los virus, tanto para escépticos como para negacionistas, están aquí para nunca irse, forman parte de nuestra propia existencia y seguiremos aprendiendo a convivir con ellos, ya que la vida como la entendemos va mas allá de la simple supervivencia.

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