Acabo de leer un estudio de Pew Research Center que refleja cómo ha variado el índice de satisfacción vital en Europa desde 1991 hasta ahora. Preguntaron a los encuestados cómo se sentían personalmente en aquél momento respecto a su nivel de satisfacción con la vida, en una escala de 1 a 10 siendo 1 "la peor vida posible para usted" y 10 "la mejor vida previsible para usted".
La satisfacción vital tiene cuatro aliados: agradecer, aceptarse, decidir y abrazar

En el gráfico se puede ver cómo han ido evolucionando los diferentes países, aunque todos tienen algo en común: la sensación de felicidad va en aumento.

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Imagen: satisfacción vital en Europa, según un estudio de Pew Research Center

Desde mi punto de vista es una noticia esperanzadora, porque se refiere a cómo se siente la población. Es decir, no parte de datos cuantificados como niveles de PIB, esperanza de vida, generosidad, apoyo social, libertad y corrupción, tal como se hace en el Índice Mundial de Felicidad 2019, sino que se centra en la sensación personal que manifiestan los ciudadanos consultados.

Entiendo que cuando los autores dicen "feel" (sensación) se refieren a la acepción segunda del DRAE, "percepción psíquica de un hecho".  Si estoy en lo cierto, el estudio nos demuestra que cómo vivimos las experiencias es tan importante, como mínimo, que a qué experiencias nos estamos refiriendo.

Y ello es esperanzador porque pone de relieve algo que tenemos olvidado en nuestra sociedad:  la sensación de felicidad depende de nosotros mismos mucho más de lo que habitualmente creemos, tanto o más que el nivel de bienestar que puedan proporcionarnos nuestros gobiernos, autoridades, parientes o terceros en general.

Algo tan conocido desde la antigüedad y tan relegado actualmente comienza de nuevo a tener el protagonismo que se merece a través de la neurociencia.  

Por ejemplo, Alex Korb es un neurocientífico que estudia los intercambios químicos que se producen en el cerebro entre neuronas y neurotransmisores en función de ciertos tipos de comportamientos, y recomienda que incorporemos algunas rutinas para incrementar nuestra sensación de felicidad: 1) hacer una lista de las cosas por las que nos sentimos agradecidos, porque aumenta la dopamina; 2) aceptar nuestros sentimientos y aprender a gestionarlos en vez de reprimirlos, porque ayuda a regular el sistema límbico; 3) tomar decisiones en vez de procrastinar, porque reduce la ansiedad y el estrés), 4) abrazar, porque favorece la segregación de oxitocina, endorfinas y dopamina.

Agradecer, aceptarnos, decidir y abrazar son comportamientos concretos que podemos convertir en rutinas para trabajar en pro de mayores niveles de satisfacción vital. Gran noticia (si puede llamarse noticia a descubrir la rueda), porque también sabemos desde tiempos inmemoriales que las personas felices son más propensas a hacer el bien, a asumir compromisos para mejorar las cosas y a colaborar con otras personas en pro del bien común.

De forma que las personas que consigan por sus propios medios mantener niveles adecuados de felicidad estarán más preparadas para hacer frente a los excesos de esta sociedad nuestra tan consumista que se empeña en "hacernos felices" mediante el derroche y el expolio a la madre naturaleza. 

Es decir, luchar contra la emergencia climática depende en parte de que los ciudadanos hagamos el esfuerzo de mantener / mejorar nuestro nivel de felicidad. Está en nuestras manos:  bienestar personal - bienestar social - respeto en su más amplio sentido es un trinomio ganador.  ¿Nos ponemos a ello?

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