Para Sonia Sánchez vivir y pasear por un bosque formaba parte de una vida que ya es pasado. Sonia vive en El Salvador, un país que tiene el 70% de tu territorio prácticamente sin árboles. Un pasado colonial de cultivos de añil y café lo dejó bajo mínimos. Sin embargo, hasta hace pocos años tenía suerte: en el municipio de Santo Tomás, donde habita con sus hijas, aún había un lugar frondoso que, además, favorecía la recarga hídrica de su cantón, El Porvenir.
El bosque de la vida y la salvadoreña Sonia Sánchez

La zona había resultado devastada en el terremoto de 2001, el seísmo que causó más de mil muertos y destruyó 277.953 viviendas en el pequeño país centroamericano. Una de ellas, la de Sonia. Fue entonces cuando comenzó a ser consciente de que tenía derechos y podía reclamarlos. Para 2009 había creado, junto con unas compañeras, el Movimiento de Mujeres de Santo Tomás, en el que hoy están 24 defensoras dispuestas a denunciar las injusticias de su gente.

Fuer por entonces cuando los vecinos se fueron enterando de que resucitaba un proyecto que creían abandonado, porque en el pasado ya se habían opuesto a su desarrollo: el poderoso grupo inmobiliario Inversiones Robles estaba comprando su bosque y pensaba construir, justo en ese lugar, la urbanización de lujo “Brisas de Santo Tomás”, que ahora luce como una inmensa fortaleza en medio de lo que queda de la floresta. rosaysonia

Con Sonia recorrí el lugar para la investigación DesTieRRRadas de la ONG Alianza por la Solidaridad y pude ver las 416 viviendas unifamiliares construidas sobre lo que eran 30.000 árboles y arbustos, de ellos 1.300 centenarios, según me explicaba su defensora. He hecho la cuenta y tocan a 72 ejemplares y unas cuantas ramas por cada casita con su jardín correspondiente. No pude llegar a ver la mini-presa que también han hecho un riachuelo que atraviesa la zona, con objeto de dar  suministro de sus lujosos propietarios. Lo que queda después, que ella me enseñaba con lágrimas en los ojos un caluroso día del verano, no da ni para un charco de ranas. “Nos han secado varios pozos artesanales, no haya agua para los cultivos. Nos han robado el bosque”, clamaba bajo un sol implacable.

Pero Sonia no es de las que se resignan y el movimiento de mujeres que lideraba pronto se dejó oír entre sus vecinos, y empezaron a pensar que les habían dado el ‘gato’ del expolio por la ‘liebre’ del progreso. Así que comenzaron a organizar protestas y para cuando comenzó la tala, en 2015, los y las defensoras de los recursos naturales del municipio estaban en pie de guerra.

“Entonces comenzaron las amenazas, las demandas. Una noche me llamaron por teléfono anónimamente y me dijeron: ‘Nos ofrecen 3.000 dólares por desaparecerte a tí o a alguien de tu familia’. Les contesté: “Pídeles más que es poco. Y volvieron a llamar pidiéndome dinero a cambio de no hacerlo”. No le dijeron de quien partió la orden… También fue demandada judicialmene por Inversiones Robles, acusada de coacción y de difamación y calumnias contra la empresa. “Tras un año en proceso jurídico, con mucha presión emocional, con muchos gastos, fuí absuelta, pero nadie reconoce el daño que me hicieron”.

De resulta de estas batallas, Sonia perdió su trabajo y ahora depende de los ingresos de una de sus hijas. La otra, menor, sufrió una agresión sexual de la que aún no se ha terminado de recuperar. El culpable sigue suelto.

“Vivo siempre alerta, pendiente de quien es mi enemigo. He sufrido ya dos allanamientos policiales en mi casa.. En el primero, decían que buscaban a alguien que tenía escondido y después que tenía material ilícito. Pero no había nada”. Sin embargo, en lugar de lograr desarticular su movimiento, consiguieron que se involucrar más en la lucha por la justicia social, ahora desde la Red de Defensoras de Derechos Salvadoreñas, a la que dedica su tiempo. “Visibilizarnos es darnos vida”, me decía a las puertas del centro social donde va desgranando su historia.

No lejos de este lugar se veía la entrada a ‘Brisas de Santo Tomás’. Por el portón de acceso a la urbanización salen grandes coches de cristales tintados. “En San Salvador hace mucho calor y aquí han venido a buscar frescor, a costa de nuestro bosque. Es triste que me acusen de ir contra el desarrollo, obviando que han metido 416 familias en una zona en la que la distribución del agua se ha racionado por su presencia. Hemos estado días y días sin agua porque este país tiene un problema muy serio con el agua”.

Como otras DesTieRRRadas, Sonia también también ha sufrido acoso de los compañeros. “Las mujeres en resistencia no somos consideradas igual. Hubo un compañero de movilización que me acosó sexualmente, no entendía que no busco marido en la lucha”.

A estas alturas, ha perdido la confianza en autoridades, jueces policías… Asegura que “siempre están de lado de las empresas y si denunciamos amenazas nos dicen que sin sangre no pueden hacer nada porque no hay violencia”. Pero prefiere quedarse con lo positivo, con ese cambio que la ha llevado a convertirse en una líder ambiental y feminista, porque ya no entiende lo uno sin lo otro. “Como defensoras de derechos tenemos un rol asignado de cuidado y protección de los demás y del territorio. Ya somos 120 mujeres en El Salvador en esta red, que se ha consolidado y seguiremos trabajando juntas para ser más, tantas como árboles en un bosque”.

Para saber más de DesTieRRRadas de Alianza por la Solidaridad: https://www.alianzaporlasolidaridad.org/destierrradas

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