¿Cómo es posible que, pudiendo elegir libremente cualquier carrera que les impulse en su proyección profesional futura, las mujeres no encuentren atracción por los estudios y ocupaciones del ámbito científico y tecnológico? Escenarios que, de otra parte, ofrecen salidas ocupacionales muy empoderadas económicamente, y que, dado los tiempos que corren y los que están por venir en un futuro inmediato, garantizarían una encomiable estabilidad e impulso laboral en dicho sector.
Vocaciones STEM: La cruda realidad

A pesar de que, en la última década, se han llevado a cabo innumerables iniciativas privadas y públicas, nacionales e internacionales, con el fin de impulsar el entusiasmo de las alumnas hacia las carreras académicas y profesionales STEM, parece que la representación de mujeres en estos campos ha sufrido una involución importante, reduciéndose ésta en cuatro puntos porcentuales respecto a las cifras alcanzadas en 2006.

Entonces, ¿cómo es que, aún con dichas iniciativas estas carreras siguen sin atraer a las mujeres? ¿Cómo es que ellas dejen pasar la interesante oportunidad de contribuir a esta transformación social y económica también, con y desde su óptica? ¿Tendrán razón los teóricos biologicistas cuando sugieren en sus estudios que, en general, las mujeres no poseen capacidades cognitivas para afrontar este tipo de estudios? ¿Será quizás, que este tipo de carreras tienen muy mala prensa y recae sobre ellas la maldición de ser terrenos hostiles y competitivos, que ni tan siquiera, atraen en un porcentaje significativo a los estudiantes varones? Ciertamente, muchas incógnitas difíciles de despejar pero que urge atajar.

Los datos que arrojan diferentes estudios elaborados sobre la brecha de género en los ámbitos STEM ratifican que la segregación de estudios típicamente masculinas y femeninas no es fortuita, sino que responde a una socialización diferenciada de mujeres y hombres que se perpetúa aún más en la trayectoria profesional. Y esto es así porque, a lo largo de la historia, las sociedades patriarcales han atribuido una serie de características a la masculinidad y femineidad que, en la mayor parte de las veces, parece que tiene poco que ver con el hecho biológico de haber nacido hombre y/o mujer, y más con el aprendizaje de la identidad de género.

Así, las mujeres, según la herencia de los estereotipos de género, han venido saturando los espacios privados inclinándose para ello, hacia carreras más “humanas” asociadas al cuidado de los otros y de la mente (educación, salud, carreras sociales…), mientras que los hombres se han decantado históricamente por disciplinas innovadoras y creativas que, conducen a la conquista del poder en los espacios públicos (científicas, tecnológicas...) reproduciendo así, un modelo social sexista que impone una barrera a ambos géneros en el momento de acceder a los estudios universitarios y, posteriormente, a las oportunidades de empleo.

Mucho empleo STEM, pocas mujeres candidatas

En la configuración de esta identidad, los hombres han tenido la suerte de salir más empoderados. Y resulta del todo inexplicable que, siendo que las empresas de ocupaciones catalogadas como STEM ofrezcan una mayor oferta laboral y que, además, estas profesiones estén mejor retribuidas que otras –la brecha salarial entre hombres y mujeres se reduce casi a la mitad–; estos sectores de actividad continúen empleando a un porcentaje ínfimo de mujeres en relación al porcentaje de hombres que trabajan en estos ámbitos.

Estos modelos mentales sobre cómo las mujeres y los hombres deben ser y comportarse en diferentes esferas de la vida, son construcciones sociales y, por tanto, su grado de permeabilidad cambia a lo largo del tiempo y en función del contexto sociocultural. Esto abre, sin duda, una puerta a la esperanza. Intervenir para favorecer la convivencia de realidades plurales en carreras y sectores profesionales donde no hay representación de hombres y mujeres, requiere una clara apuesta por romper los estereotipos de género vinculados a estudios y ocupaciones tradicionalmente masculinas y femeninas.

Dicho lo anterior, y teniendo en cuenta que caminamos hacia una sociedad altamente tecnológica y digital, en la que el mercado laboral estará marcado por profesiones científico-tecnológicas-digitales, se atisba un problema de gran calado. Como poco, la brecha de género STEM se agrandará aún más y, por ende, se extenderá al resto de facetas de la sociedad. Porque, si el desarrollo de las naciones está asociado a los avances científicos, tecnológicos y digitales, se estará construyendo un brillante universo al margen del punto de vista femenino, lo que acrecentará aún más los efectos negativos de la desigualdad.

Es, a esta realidad social desigual e injusta, a la que hay que dar respuesta. Únicamente, comprendiendo en hondura las barreras personales, ambientales y sociales que enfrentan las mujeres en ámbitos STEM, ayudaría a poner en marcha proyectos fundamentados que contribuyeran a la construcción de un nuevo imaginario en el que las alumnas primero y, las profesionales después, vivieran con vocación su natural encaje en estas áreas pudiéndolas elegir con libertad y desarrollarlas con satisfacción plena.

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