“Seguid creyendo, seguid avanzando, seguid construyendo, seguid alzando la voz. Cada generación tiene la oportunidad de rehacer el mundo”, les ha dicho Barack Obama a quienes han querido escuchar/leer su hermoso discurso con motivo del centenario del nacimiento del gran Madiba, el siempre recordado y admirado Nelson Mandela.
¡Esto no puede seguir así!

No será fácil rehacernos. Hoy –lo sabemos todos– estamos viviendo uno de los cambios más grandes de la historia humana: la globalización en un mundo digital. Un cambio de época y un proceso repleto de interrogantes e incertidumbres. El futuro de los seres humanos está siempre lleno de dudas y, por eso, también de miedos. Por nuestra propia naturaleza, y porque nos enfrentamos a los azarosos movimientos de la historia, frente a la que casi siempre nos encontramos desprotegidos y a la intemperie. Conocemos, seguramente, los problemas, pero no sabemos cómo resolverlos; hemos optado por convivir con ellos y eso nos está llevando a una peligrosa y creciente desconfianza en las instituciones, los gobiernos, las empresas y los medios de comunicación, y seguimos viviendo cada día, no sin esfuerzo, en un mundo donde la única certeza que atesoramos los humanos es la propia certeza de la incertidumbre. Si nuestra moderna Sociedad quiere ser mas justa y mejor, si olvidando su hiriente desigualdad pretende perpetuarse en el tiempo (y esa es una muy humana vocación), precisa afianzar algunas bases que parecemos haber olvidado; al fin y al cabo, regenerar es facilitar la restauración y el desarrollo de los tejidos, de las instituciones que nos faltan, de las que hemos dejado consumirse o de aquellas que se encuentran gravemente corrompidas y enfermas, incluso desahuciadas. Y para hacer ese trabajo el tiempo se agota y las oportunidades escasean. Necesitamos una nueva narrativa que nos ayude a recrear una Sociedad cuyos fundamentos morales se han hecho frágiles y en la que muchos de sus valores han perdido su significado. Y necesitamos lideres que, desafortunadamente, no tenemos.

Si no avanzamos recordando, tropezaremos. Ningún proyecto -salvo las revoluciones- se construye desde el olvido. Paremos mientes en algunos de los acontecimientos que nos han ocurrido en el ultimo año, todos inimaginables hace tan solo doce meses: leyes de desconexión, referéndum y fallida proclamación de la republica de Catalunya; fuga de Puigdemon y “compañeros mártires”, aplicación del art. 155 de la Constitución, prision de lideres independentistas catalanes, Facebook y sus filtraciones, sentencia del caso Gurtel, sentencia del caso “la manada”, master varios “by the face” y dimisión de Cifuentes, el grave e inaceptable problema de la desigualdad, los refugiados y la globalización de la indiferencia, populismos de toda ralea, moción de censura, Sanchez presidente del gobierno, tocata y fuga de Rajoy, Casado presidente del PP, Corinna y el comisario Villarejo, corrupción, corrupción, corrupción y Trump, siempre Trump... ¿Hay quien de más? ¿Que han hecho los políticos para solucionar, como es su deber, algunos de esos problemas?

Y, mientras, los ciudadanos a verlas venir porque los políticos (y algunos dirigentes empresariales) se han acostumbrado a socializar las consecuencias de sus erróneas decisiones y a hacernos participes de su incompetencia y de su mala gestión, olvidando que los ciudadanos (y los mandamases más que nadie) tenemos el derecho y el deber de ser responsables, y la necesidad de ser responsables si queremos permanecer libres. Pero los políticos parecen ser de otra raza y viven pensando en mantener el poder y en ganar las próximas elecciones olvidando, y eso es muy grave, a las próximas generaciones.

Mi paisano Manolo, hombre educado que no decía tacos y hablaba sin alzar la voz, lo tenía claro. Era borrachin y cuando su mujer y sus hijos le afeaban su conducta y le rogaban frecuentemente y sin éxito que dejara su afición a la bebida, él terminaba las reuniones diciéndoles: “Señores, esto no puede seguir así. O se marchan ustedes, o me quedo yo.”

Por razones diferentes, yo quiero quedarme y, cuando pienso en estas cosas, me acuerdo siempre de Borges y de su reflexión cuando afirmaba que algún día mereceremos no tener gobiernos, y a lo mejor -visto lo visto- ese deseo debería hacerse realidad y son los políticos los que deberían irse.

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