Cuando en noviembre de 2016 Donald Trump ganó las elecciones y llegó a la presidencia de los Estados Unidos la ciudadanía parecía llevarse las manos a la cabeza. Lo mismo había pasado en 2015 cuando Syriza (acrónimo de sus siglas en griego antiguo que responde a “Coalición de la Izquierda Radical”) fue el partido más votado en las elecciones y su líder, Alexis Tsipras, llegó a la presidencia del país.
La responsabilidad social como necesidad

No hablaré de las vicisitudes en España por darle mayor perspectiva, pero en 2017, por poner solo algunos ejemplos, el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia consiguió pasar a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales con el 21,3% de los votos, el ultraderechista Alternativa para Alemania se posicionó como la tercera fuerza política del país con 12,6% del voto general y el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) de extrema derecha ganó 32% del voto total. El pasado marzo de 2018 con las elecciones en Italia, la historia se ha vuelto a repetir con el aumento notorio del Movimiento Cinco Estrellas y la Liga Norte en Italia, dos partidos con postulados radicales, críticos con Europa, reaccionarios y, sobre el papel, con pocas cosas en común pero capaces de llegar a un acuerdo de gobierno.

¿Qué está pasando en nuestras sociedades? ¿Qué conduce a que la ciudadanía de los EEUU, que ha visto crecer su PIB de forma incontestable en los últimos años, por encima del 2,5% los dos años inmediatamente anteriores al acceso de Trump al poder, vote mayoritariamente por un candidato al que los medios occidentales catalogaban en reiteras ocasiones como peligroso para los Estados Unidos y para la estabilidad mundial?

Mi respuesta como enamorado de la RSE y politólogo es clara: la desigualdad, ese es el verdadero reto de nuestro tiempo. Atajar la desigualdad, dar respuesta al desafío global de que nadie quede atrás, será la mejor de las garantías para dar con gobiernos estables y realistas, que pongan al ciudadano en el centro del sistema y logren alejar el fantasma de los populismos; unos populismos, cuyos sinsabores, bien conoce nuestra sociedad occidental.

Con ello, mi mensaje es claro: o la administración, los gobiernos en sus distintos niveles y las direcciones empresariales trabajan con criterios responsables y por tanto se toman la Responsabilidad Social como un “must” (el “debe ser” del inglés), como algo necesario, o nuestros sistemas políticos y modelos democráticos podrán verse tentados por la deriva populista y autoritaria.

El presente mensaje no pretende ser alarmista e irrazonado, por el contrario, pretende poner el acento en la importancia de la responsabilidad social bien entendida, una responsabilidad social alejada del marketing y cercana a su razón de ser: entender que buscar la protección medioambiental, la transparencia en nuestro obrar y, sobretodo, la acción decidida por no dejar a nadie atrás, debe ser el común denominador de gobiernos, administraciones y sociedad civil; porque no podemos avanzar dejando a nadie en el camino, porque hoy, más que nunca, la responsabilidad social es una necesidad.

Desigualdad real y desigualdad percibida

Y no son pocos los que se preguntan ¿existe verdaderamente esa desigualdad en la sociedad occidental? ¿No tenemos hoy día unos estándares de calidad de vida muy superiores a los de hace años? Mi respuesta es meridianamente clara: sí. Afortunadamente nuestra calidad de vida mejora conforme pasan los años, así lo muestran indicadores como el índice de Desarrollo Social o el índice de personas en riesgo de pobreza y/o exclusión social (AROPE por sus siglas en inglés). Basta dar una mirada atrás para ver las comodidades con las que vive gran parte de nuestra ciudadanía y cómo éstas han variado si las comparamos con la situación que, de forma mayoritaria, vivieron nuestros antepasados. Pero sigue habiendo pobreza, sigue habiendo exclusión social y en ello se deberá seguir trabajando.

Lo importante ya no es solo, si existe más o menos desigualdad real, sino lo que percibe nuestra ciudadanía. Si nuestros ciudadanos se sienten desatendidos, si nuestras acciones de responsabilidad social no logran dar respuesta a quienes más lo necesitan, estaremos abonando el campo de los fanatismos y los extremismos. Las promesas vacías de un mundo mejor conducen al beneficio exclusivo de unos pocos, unos pocos que podrán variar pero, que dejan desatendidos a otros muchos. Sólo la defensa férrea de los derechos humanos y un anclaje en los valores del humanismo acarrearán la igualdad real.

De ahí mi apuesta por comunicar y por comunicar bien, por poner en conocimiento los avances de nuestra sociedad, de mostrar el compromiso de administraciones, gobiernos y entidades en favor de unos y otros, de poner en valor la importancia de nuestras acciones comprometidas y desinteresadas en favor de la responsabilidad social. Solo así lograremos un mundo más justo y más comprometido donde los fantasmas del populismo pasen a formar parte del pasado.

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