Este Panamá, regalo de una alumna a quien dirigí su proyecto fin de grado, me recuerda el esfuerzo de tantos graduados que dedican su tiempo a servirnos cafés, acercarnos una americana al probador, vendernos la entrada del cine o llamarnos a cualquier hora del día para recordarnos las ventajas de una tarjeta de crédito. Ante todos ellos me quito el sombrero por saber sobrevivir en esta hoguera de las ilusiones.
El sombrero Panamá
Fotografía del autor

Una ex alumna me regaló un sombrero Panamá tejido en Manabí. Ella llegó a España en la pubertad para reencontrarse con su madre y caminó con un paso seguro por las aulas de la enseñanza secundaria y la universidad hasta llegar postgraduarse en Políticas Sociales y Bienestar. Una alumna de alto potencial humano y profesional, con agudo pensamiento crítico que me descubrió la realidad de las ecuatorianas que trabajan como internas en España. Durante sus estudios desempeñó diversas ocupaciones poco cualificadas y ahora, con su bagaje, puede tener la malvada fortuna de lograr empleo como planchadora por horas, cuidadora de niños o camarera.

Fui su tutor del proyecto fin de máster y, en alguna de nuestras conversaciones, la animé a regresar a Ecuador para desarrollar una carrera profesional en el campo de la innovación social, aplicando sus competencias al desarrollo sostenible y al apoyo de los menores más vulnerables, y allá se fue. Y de allá volvió al cabo de un año con experiencias agridulces y un panamá que me acompaña mientras escribo estas líneas.

Lisset me regaló el sombrero con un sincero agradecimiento por mis apoyos, un estupendo Montecristi con ala rematada por una tejedora manabita….pero cuando lo miro siento impotencia. Impotencia porque no puedo hacer más y debo observar, silencioso, como ha regresado a sus trabajados por horas omitiendo parte de sus datos en el curriculum.

Ante el sombrero siento impotencia porque un ingeniero industrial al que he dado clase algunos fines de semana en un Máster en Administración y Dirección de Empresas (MBA), y al que he felicitado por sus intervenciones en público y su inteligencia emocional –esa que tanto vale-, de lunes a viernes mezcla ingredientes de yogures premium en la fábrica de una empresa láctea.

Miro al panamá y también veo a Lorena, quién tras compaginar sus estudios con el trabajo de dependienta a jornada parcial, ha logrado graduarse en Ingeniería electrónica y acreditarse en dos idiomas extranjeros. Tras su titulación ha podido alcanzar una cierta estabilidad laboral…como dependienta a jornada completa con carácter indefinido. Este sombrero de ala grande también proyecta la sombra de Noé, graduado en Economía que, tras cursar un MBA, ha logrado un contrato como auxiliar administrativo y es reconocido por sus superiores por su habilidad para  archivar facturas y puntear pagos de bancos.

También pienso en Ana, que ha logrado graduarse en Derecho a pesar de sus condiciones socioeconómicas y familiares drásticamente adversas pero que continúa como cuando inició sus estudios universitarios, limpiando casas y portales. O la premiada pintora y graduada en Bellas Artes que me acerca trajes al probador de una conocida cadena de ropa.

Y cuando voy de compras por el centro comercial y me saluda algún antiguo alumno desde un mostrador o detrás de la máquina de palomitas del cine, estoy percibiendo un boulevard de los sueños rotos. El hecho de que sea ésta una realidad macro no me hace creer que no podamos actuar desde la acción individual y la pequeña historia. Por ello me propongo sugerir a los medios y a la opinión pública que regalen más tiempo y espacios a poner rostros a la estadística, pues los indicadores cuantitativos sobre el empleo son rigurosos pero no permiten ver con claridad los árboles del bosque. Y lo que no se ve, llegamos a creer que no existe.

Ante todas estas personas, tituladas superiores y postgraduadas, que manejan con soltura algunos idiomas extranjeros, hábiles con las nuevas tecnologías y que conocen países y realidades sociales plurales, competentes en el diseño y ejecución de proyectos, y que nos sirven el café por la mañana, nos venden el periódico, nos acercan la ropa al probador, cuidan a nuestros hijos y nos preguntan sonrientes si queremos la hamburguesa con pepino o sin él, ante todas ellas, me quito el sombrero.

P.D. Escribo esta nota escuchando a Pablo Moro en Spotify. Entre párrafos reviso los correos atrasados de la Universidad y ojeo el último, enviado por un sindicato independiente, que notifica que “los días de asuntos particulares, al igual que las vacaciones, también podrán disfrutarse cuando finalice la situación de Incapacidad Temporal”. En la calle el calor y la luz del verano se resisten a dejar paso al otoño y prefieren quedarse, eternamente, en un “veroño”.

 

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