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Cinco años después de la crisis de la COVID-19, Naciones Unidas advierte de que persisten importantes carencias para afrontar una nueva emergencia sanitaria mundial. Los líderes internacionales se reunirán la próxima semana en la ONU con el objetivo de avanzar en cooperación, financiación y equidad, mientras continúa pendiente una pieza clave del Acuerdo Pandémico de la OMS.
El mundo sigue sin estar listo para otra pandemia

La próxima pandemia llegará, aunque nadie pueda anticipar cuándo. La cuestión es si el mundo habrá aprendido las lecciones que dejó la COVID-19. Según advierte Naciones Unidas, cinco años después de una crisis que provocó millones de muertes, paralizó buena parte de la economía mundial y sometió a una presión extrema a los sistemas sanitarios, la preparación internacional continúa siendo insuficiente.

La próxima semana, líderes mundiales se reunirán en la ONU para abordar esta brecha en un escenario marcado, además, por la aparición de nuevas enfermedades infecciosas, los efectos de la crisis climática y los conflictos, factores que incrementan los riesgos para la estabilidad y la seguridad globales.

Más de siete millones de muertes y profundas desigualdades

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de siete millones de personas perdieron la vida a causa de la COVID-19. Pero el impacto de la pandemia fue mucho más amplio: alteró las economías, interrumpió el funcionamiento de los sistemas sanitarios y evidenció las enormes diferencias existentes entre países en el acceso a vacunas, pruebas diagnósticas y tratamientos.

El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, definió la respuesta internacional como una historia marcada simultáneamente por el ingenio y el fracaso humanos. Mientras las vacunas pudieron desarrollarse a una velocidad sin precedentes, la falta de preparación y las desigualdades existentes hicieron que muchas de las personas más vulnerables fueran también quienes tuvieron mayores dificultades para acceder a la atención sanitaria.

La experiencia demostró, además, que las amenazas infecciosas no se detienen en las fronteras nacionales. Un brote localizado puede adquirir rápidamente una dimensión internacional. Por ello, la vigilancia epidemiológica, el intercambio de información, la investigación y el desarrollo y el acceso a vacunas, diagnósticos y tratamientos se han convertido en asuntos que requieren una respuesta coordinada entre países.

Salud humana, animal y ambiental: un mismo desafío

La prevención también obliga a ampliar la mirada. Naciones Unidas recuerda que más del 60% de las enfermedades infecciosas emergentes se transmiten a las personas desde los animales. Este vínculo refuerza la necesidad de abordar conjuntamente la salud humana, animal y ambiental y de mejorar la vigilancia en los espacios donde interactúan estos tres ámbitos.

Esta perspectiva resulta especialmente relevante en un contexto internacional atravesado por las crisis climáticas y otros factores capaces de incrementar los riesgos sanitarios.

Al mismo tiempo, una de las principales asignaturas pendientes continúa siendo la equidad. Durante la COVID-19, los países con mayores recursos y capacidad de fabricación estuvieron en una posición mucho más favorable para conseguir vacunas, pruebas y tratamientos que aquellos con menos recursos.

Sin embargo, la desigualdad sanitaria no se limita al acceso a estos productos. También afecta a la disponibilidad de conocimientos, capacidades técnicas, financiación y recursos. Para Naciones Unidas, reducir estas diferencias es una de las razones fundamentales por las que la prevención, preparación y respuesta ante pandemias deben abordarse como una responsabilidad internacional y no únicamente como una competencia de cada Estado.

El Acuerdo Pandémico todavía debe completar su recorrido

Uno de los principales avances surgidos tras la COVID-19 fue la adopción, en mayo de 2025, del Acuerdo Pandémico de la OMS, el primer acuerdo mundial vinculante dedicado a la prevención, preparación y respuesta frente a las pandemias.

El proceso, sin embargo, todavía no ha concluido. Los países deben consensuar el anexo relativo al Acceso a Patógenos y Participación en los Beneficios (PABS). Este mecanismo busca permitir el intercambio de muestras de virus y, como contrapartida, garantizar que los países que lo necesiten puedan acceder a las vacunas, diagnósticos y tratamientos desarrollados a partir de ellas.

Una vez que la Asamblea Mundial de la Salud adopte este anexo, el tratado podrá abrirse a la firma y ratificación de los Estados. Para que entre jurídicamente en vigor serán necesarias 60 ratificaciones.

El acuerdo contempla también la creación de una Red Global de Suministro y Logística, destinada a facilitar el traslado de suministros médicos durante las emergencias, y un nuevo Mecanismo Financiero de Coordinación para reforzar y ampliar las capacidades de prevención, preparación y respuesta.

Prepararse antes de que los hospitales estén bajo presión

La agenda internacional tiene ahora varios frentes abiertos. Entre ellos figuran prevenir los brotes y contenerlos antes de que se extiendan; fortalecer las capacidades de preparación, investigación y desarrollo; garantizar respuestas capaces de mantener los servicios sanitarios esenciales; y disponer de capacidad adicional de producción distribuida geográficamente y respaldada por cadenas de suministro sostenibles.

Para que estas medidas sean viables, Naciones Unidas señala como elementos fundamentales una financiación sostenible y predecible y una arquitectura jurídica que permita coordinar la cooperación internacional.

La principal enseñanza de la COVID-19 es que la preparación no puede comenzar cuando una emergencia ya ha saturado los hospitales. Debe construirse durante los periodos entre pandemias, fortaleciendo los sistemas sanitarios, desarrollando mecanismos de alerta temprana y consolidando la cooperación entre países.

Guterres ha insistido en que el mundo no puede volver a cometer los mismos errores cuando aparezca una nueva pandemia y ha situado la colaboración internacional en el centro de la respuesta. La lógica es sencilla: en una amenaza sanitaria capaz de atravesar fronteras, proteger a las personas en cualquier lugar contribuye a proteger a las personas en todas partes.

Una emergencia pandémica se produce cuando el brote de una enfermedad transmisible se extiende ampliamente por varios países, supera la capacidad de los sistemas sanitarios, genera importantes alteraciones sociales o económicas y exige una actuación internacional coordinada. Precisamente porque no es posible saber cuándo ocurrirá la próxima, la preparación previa se convierte en una cuestión esencial de salud pública mundial.

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