
Las olas de calor se han convertido en uno de los fenómenos climáticos más habituales y perceptibles durante los veranos en España. Sus consecuencias físicas son ampliamente conocidas, pero sus efectos pueden ir más allá del agotamiento, la deshidratación o los golpes de calor y alcanzar también al bienestar psicológico.
Así lo recoge el informe Influencia del medioambiente urbano en la salud de las personas, elaborado por el Instituto de Biodiversidad y Medioambiente BIOMA en el marco de la Cátedra Sanitas de Salud y Medioambiente de la Universidad de Navarra. El documento señala que la exposición a temperaturas extremas puede perjudicar la calidad del sueño y alterar funciones cognitivas como la atención, la memoria o la capacidad para tomar decisiones. También puede agravar trastornos de salud mental preexistentes.
Uno de los momentos especialmente sensibles llega cuando el termómetro apenas ofrece tregua durante la noche. Las llamadas noches tropicales dificultan que el organismo descanse y se recupere adecuadamente, sobre todo cuando se suceden durante varios días. Esta situación puede aumentar la vulnerabilidad de quienes tienen antecedentes de ansiedad, depresión o estrés, así como de personas con enfermedades crónicas.
La acumulación de noches de descanso deficiente puede traducirse en irritabilidad, apatía, problemas de concentración o una mayor sensación de desbordamiento frente a actividades cotidianas. El impacto puede ser más acusado entre quienes ya presentan problemas de salud mental, padecen enfermedades crónicas o disponen de una red de apoyo limitada.
“El calor extremo actúa como un estresor ambiental. No siempre desencadena por sí solo un problema de salud mental, pero sí agrava condiciones previas, empeora el sueño y reduce la capacidad de autorregulación emocional. Por eso conviene prestar atención a cambios como una irritabilidad persistente, apatía marcada o ansiedad que se intensifica durante varios días de altas temperaturas”, explica María Calle, psicóloga de Blua de Sanitas.
El aumento de las temperaturas plantea, además, un reto de salud pública. La Cátedra Sanitas Salud y Medioambiente, del Instituto BIOMA de la Universidad de Navarra, estudia precisamente la relación entre la salud de la población y diferentes características del entorno urbano, entre ellas la calidad del aire, el calor, la disponibilidad de espacios verdes y la movilidad.
El índice Harmony, desarrollado por el Instituto BIOMA, relaciona estos factores con más de 28.200 casos anuales de enfermedad y muerte en España. Dentro de este conjunto de riesgos ambientales, las altas temperaturas —y particularmente las olas de calor— ocupan el segundo lugar por su impacto sobre la morbimortalidad, únicamente por detrás de la contaminación atmosférica. En concreto, representan el 9,1% del impacto total contabilizado por este índice.
A ello se suma que la Organización Mundial de la Salud identifica los trastornos de salud mental entre las causas de hospitalización relacionadas con la exposición al calor extremo.
Las consecuencias de un clima más cálido tampoco terminan en la salud individual. El cambio climático está modificando los ecosistemas de los que dependen numerosos aspectos del bienestar humano.
“La mayor frecuencia de las olas de calor y de los periodos de sequía puede reducir la disponibilidad de agua, concentrar contaminantes y favorecer la proliferación de determinados microorganismos y vectores de enfermedades. Estos cambios afectan a la biodiversidad y al equilibrio de los ecosistemas, pero también pueden repercutir en la calidad del agua, la seguridad alimentaria y la salud de la población”, explica Jesús Miguel Santamaría, director del Instituto de Biodiversidad y Medioambiente BIOMA de la Universidad de Navarra.
Santamaría subraya la necesidad de abordar estos desafíos desde la perspectiva One Health —un enfoque que entiende de forma integrada la salud humana, animal y ambiental—: “Proteger la resiliencia de los ecosistemas frente al cambio climático es también una forma de prevenir riesgos para la salud humana”.
En las ciudades, la infraestructura verde adquiere especial relevancia. Los árboles, las áreas ajardinadas y los espacios con sombra contribuyen a disminuir las temperaturas y a amortiguar el denominado efecto isla de calor urbano. Al mismo tiempo, la evidencia científica recopilada en el informe vincula el contacto con entornos naturales con menores niveles de estrés, ansiedad y depresión, además de beneficios para el bienestar psicológico y las relaciones sociales.
Ante episodios de temperaturas elevadas, los expertos de Sanitas aconsejan adaptar las rutinas cotidianas. Entre las principales recomendaciones se encuentran:
“El objetivo debe ser anticiparse. Igual que se recomienda protegerse físicamente del calor, también hay que cuidar las condiciones que sostienen el equilibrio emocional: sueño, hidratación, rutina y acompañamiento”, señala María Calle. La psicóloga de Blua de Sanitas añade que, cuando el calor comienza a afectar al estado de ánimo o a la capacidad de desenvolverse con normalidad, solicitar ayuda a tiempo puede evitar que el malestar se prolongue.
En estas circunstancias, los servicios digitales de salud también pueden facilitar una primera orientación, especialmente durante las vacaciones o cuando las altas temperaturas aconsejan reducir los desplazamientos. Según Sanitas, la videoconsulta permite evaluar síntomas emocionales vinculados al calor, determinar si se trata de un episodio puntual o si requiere seguimiento y proporcionar recomendaciones adaptadas a cada situación.
El impacto de las olas de calor muestra así una dimensión que va más allá del termómetro. La adaptación de las ciudades, la protección de los ecosistemas y la atención al bienestar psicológico forman parte de una misma respuesta ante unas temperaturas extremas capaces de afectar simultáneamente al medioambiente y a la salud de las personas.