
El desperdicio hídrico —es decir, el uso ineficiente o excesivo del agua— continúa siendo un problema estructural que afecta tanto a países con escasez como a aquellos con sistemas más avanzados de abastecimiento. Este fenómeno puede producirse en el ámbito doméstico y urbano, en la agricultura o en el sector industrial, y está vinculado a fugas, infraestructuras obsoletas, fraudes, errores de medición o hábitos poco responsables.
Tal y como recoge BBVA, una de las vías más prometedoras para reducir estas pérdidas y mejorar la eficiencia de las redes de distribución es la aplicación de inteligencia artificial, capaz de analizar grandes volúmenes de datos y anticipar incidencias antes de que se conviertan en un problema mayor.
La fundación We Are Water, colaboradora de agencias de la Organización de Naciones Unidas, identifica el agua no registrada (ANR) como uno de los principales desafíos en la cadena de suministro hídrico, tanto en Latinoamérica como a escala global. Se trata del agua que se pierde antes de llegar al usuario final, ya sea por fugas en la red, errores técnicos o usos fraudulentos.
A nivel mundial, el volumen de agua no registrada supera el 40% del agua potable producida, lo que equivale a unas 45.000 piscinas olímpicas. En Ciudad de México, por ejemplo, el desperdicio alcanza el 40% y en determinadas zonas llegó al 55% en 2024.
En España, los datos son distintos. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2022 —último ejercicio con cifras disponibles— las pérdidas reales en las redes de suministro (fugas, averías o roturas) ascendieron a 695 hectómetros cúbicos (hm³), el 16,3% del total distribuido. A ello se sumaron 406 hm³ de pérdidas aparentes, vinculadas a errores de medición o consumos no registrados.
A este escenario se añade el concepto de estrés hídrico, que se produce cuando la demanda de agua supera los recursos disponibles o cuando la calidad no es suficiente para cubrir las necesidades de la población y los sectores productivos. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) sitúa el estrés hídrico mundial en el 18% en 2022, un porcentaje estable respecto al año anterior. No obstante, advierte de que en Asia occidental y el norte de África la presión sobre el recurso ha aumentado un 12% desde 2015.
En términos sectoriales, la agricultura concentra el 72% de las extracciones mundiales de agua, seguida de la industria (15%) y los servicios (13%).
Dado que el regadío es el principal consumidor de agua a nivel global, la incorporación de inteligencia artificial resulta especialmente relevante en este ámbito. Andrés Molina, director del Instituto del Agua y de las Ciencias Ambientales de la Universidad de Alicante, subraya la importancia de modernizar los sistemas de riego mediante tecnologías como el goteo o el riego localizado.
La monitorización en tiempo real de la humedad del suelo o del estado del cultivo permite decidir con precisión dónde es necesario aportar agua y dónde no. En esta línea, Xavier Martínez, director de la Unidad Tecnológica de Agua, Aire y Suelos de Eurecat, destaca que hoy se dispone de muchos más datos que hace una década: sensores ‘in situ’, información satelital, variables meteorológicas o indicadores sobre el estado de las masas de agua.
La IA permite integrar toda esa información para ajustar el riego parcela a parcela, teniendo en cuenta la evapotranspiración de las plantas, la humedad del suelo o las previsiones meteorológicas. El resultado es una agricultura de precisión que optimiza recursos sin comprometer la productividad.
Su implantación, no obstante, es desigual. Las zonas más expuestas a sequías o con mayor riesgo de escasez son, según los expertos, las que más han avanzado en tecnificación. En palabras de Molina, allí donde el recurso es escaso y costoso, la eficiencia deja de ser una opción para convertirse en una necesidad.
En el entorno urbano e industrial, la complejidad de las redes de abastecimiento multiplica los puntos vulnerables. Antes de llegar a hogares o fábricas, el agua pasa por plantas potabilizadoras y después circula por infraestructuras extensas y, en muchos casos, antiguas.
Martínez explica que desde hace años se emplean modelos hidráulicos para simular el comportamiento de estas redes, pero la inteligencia artificial está permitiendo mejorar su precisión. El análisis en tiempo real de patrones de presión o consumo facilita la detección temprana de fugas o sobrepresiones.
Incluso a nivel doméstico pueden identificarse consumos anómalos —por ejemplo, picos nocturnos inesperados— que alerten de posibles pérdidas. La tecnología de telemando, ya implantada en muchas redes, permite monitorizar en tiempo real la presión en válvulas y conducciones. Cuando se registra una caída repentina, es probable que exista una fuga, lo que posibilita actuar con rapidez.
En las redes de mayor escala también se utilizan correladores acústicos —micrófonos de alta sensibilidad— capaces de identificar variaciones en los patrones sonoros asociados a pérdidas. La inteligencia artificial interviene en el análisis de estos datos, aumentando la exactitud y reduciendo los tiempos de respuesta.
Más allá de detectar fugas, la IA abre la puerta al mantenimiento predictivo, es decir, a anticipar fallos antes de que se produzcan roturas. La dificultad radica en que las tuberías son infraestructuras subterráneas, lo que complica su inspección directa.
Sin embargo, el cruce de variables como la antigüedad de la red, los materiales, el tipo de suelo, los caudales o las presiones históricas permite construir modelos cada vez más afinados. Según Martínez, una vez caracterizadas las fugas previas, los sistemas pueden calibrarse para prever escenarios similares en el futuro.
Molina coincide en que la capacidad de procesar grandes volúmenes de datos y valorar múltiples factores de forma simultánea supone un salto cualitativo en la gestión del ciclo integral del agua.
La inteligencia artificial no genera nuevos recursos hídricos, pero sí puede contribuir a utilizarlos de forma más eficiente. Reducir pérdidas, optimizar el riego y planificar mejor las infraestructuras son pasos fundamentales para aliviar la presión sobre un recurso cada vez más tensionado.
No obstante, como advierten los expertos citados por BBVA, la tecnología debe ir acompañada de inversión en infraestructuras, políticas públicas adecuadas y un consumo responsable por parte de todos los sectores. Solo así será posible avanzar hacia una gestión sostenible del agua en un contexto de cambio climático y creciente estrés hídrico.